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martes, 13 de marzo de 2018

Xi Jinping

Casi todos los observadores están de acuerdo en que la supresión del límite de mandatos presidenciales en China es de importancia cardinal, pero no he visto a nadie que explique por qué. Hay desde luego una importancia que cabría calificar de administrativa, que cualquiera puede ver: aunque la dirección del PCCh (Partido Comunista de China) no está sometida a límites similares, la unión de los cargos de secretario general del Partido y de presidente de la República Popular China imponía esa limitación en la práctica. Pero fuera de eso, no se ve qué puede significar.

La medida significa, para empezar, que Xi se ha convertido en el tercero de los Grandes Líderes, tras Mao Zedong y Deng Xiaopin. El asunto no está exento de interés desde el punto de vista de la astrología china. Mao era serpiente, signo de sabiduría y astucia; Deng, dragón o el poder espiritual supremo. Xi es caballo, talentoso y hábil, atractivo y lleno de encanto pero afectado por un destino trágico. Se dirá que los chinos, y sobre todo los comunistas chinos, no son supersticiosos; y desde luego, se han tragado sus supersticiones al entronizar a Xi. Ha tenido que ser, sin embargo, por buenas razones. Máxime cuando tanto Mao como Deng tuvieron grandísimos aciertos en su vida (el primero hizo la revolución y el segundo la consolidó) pero sus carreras se vieron ensombrecidas al final. Mao, al llevar la revolución demasiado lejos, con la Revolución Cultural; Deng, con la matanza de Tien An Men para frustración de las esperanzas democráticas. Si ellos, cuyos animales emblemáticos prometen aciertos y prosperidad, tuvieron amargo final, ¿qué esperar del liderazgo perpetuo de Xi, cuyo animal emblemático anuncia la tragedia? Por suerte, Xi nació en 1954; de haberlo hecho en el siguiente año del caballo, 1966, llamado del «caballo de fuego», la cosa habría sido mucho más dudosa.

Hay, para que los chinos se arriesguen, razones de índole coyuntural, estratégica y hasta filosófica. Una razón coyuntural bien notoria es el empeoramiento del clima de seguridad mundial, con Trump y Putin. Éste último amenaza con perpetuarse en el poder, y está por ver que Trump no lo intente. China necesita en todo caso un líder que conozca a esos otros dirigentes mundiales, y que ellos lo conozcan a él. ¿Para qué esperar, si Xi es un candidato lo bastante bueno? Falta por explicar por qué. Xi es un sólido ideólogo y estratega. No es fácil combinar en un solo hombre ambas cualidades. Casi siempre predomina una o la otra. Por ejemplo, Mao fue un gran ideólogo pero pésimo estratega, sobre todo después de 1949; Deng, un gran estratega pero absolutamente pragmático toda su vida. Xi es ambas cosas a la vez, y por eso los chinos confían en que su presidencia vitalicia pueda representar el gran avance de China que él está prometiendo. Otro día hablaré de ambas cuestiones.

Hoy quiero centrarme en que no se puede ser ideólogo y estratega sin ser un filósofo notable; al menos eso creen los chinos. La filosofía oficial de China es la del Partido, el marxismo-leninismo pensamiento Mao Zedong teoría Deng Xiaopin, pero es una filosofía de la que sólo se habla en las grandes celebraciones. La filosofía cotidiana de China es el confucianismo. Durante los últimos lustros, el crecimiento económico de China y el aumento de la riqueza, por cierto no de forma igualitaria (Deng rompió en su día la «olla común»), han propiciado el surgimiento de una clase capitalista que ha denostado el marxismo-leninismo etc. La clase capitalista china volvió los ojos al confucianismo, la filosofía ancestral de China desde hace veinticinco siglos, como base sobre la que sostener la ética de los negocios. A Deng no le preocupó el asunto, pero las luchas recientes por el poder en el Partido revelan un intento de oponer frontalmente el marxismo-leninismo al confucianismo; Bo Xilai fracasó en el intento hace cinco años. Xi ha tratado preservar el marxismo-leninismo descendiendo al terreno del confucianismo. Él también es confuciano, como los grandes empresarios, pero acaso de otra escuela.

La lucha de las escuelas confucianas es algo que ya se vio en el Japón del periodo Edo. Entonces los samurái eran confucianos de la escuela Sung y los comerciantes lo eran de la escuela Ming. Aunque los hombres de negocios chinos no expresan preferencias colectivas por una o la otra (lo más probable es que cada individuo tenga la suya), Xi ya ha manifestado predilección por la primera, más antigua y más aristocrática. Era hasta cierto punto inevitable ya que la escuela Ming, promovida por la dinastía manchú para obtener el apoyo del pueblo frente a la nobleza de origen mongol, denuesta las pretensiones aristocráticas y serviría de apoyo a la democracia: Sun Yat Sen, líder de la revolución nacionalista, era tan seguidor de la escuela Ming como el último emperador.

Así pues, la maniobra de Xi ha sido clara: propone a los grandes empresarios una alianza para constituir una aristocracia confuciana que dirija conjuntamente el país sobre el acuerdo de impulsar una economía moderna y capaz de ser líder mundial. Para ello es absolutamente preciso que la superioridad moral de esa aristocracia integrada por el Partido y los grandes empresarios, se plasme en un compromiso irrenunciable de lucha contra la corrupción, que sea ejemplo para la sociedad china con vistas a consolidar una clase media hegemónica a lo largo de la primera mitad del siglo XXI. Logro que posibilitará plantearse nuevos objetivos y, eventualmente, la instauración de una democracia representativa.


viernes, 16 de diciembre de 2016

China asume la regulación global

La economía, en palabras de Thomas Carlyle, ensayista escocés del siglo XIX, es una «ciencia lúgubre». Pero tiene sus momentos, y esta semana ha sido uno de ellos. Por primera vez, hemos visto a China en el papel de regulador global de los mercados, y el espectáculo ha merecido la pena.

No lo ha hecho por gusto, sino forzada por las circunstancias. La historia, en resumen, es la siguiente. En febrero de 2014, el yuan offshore se cambiaba a razón de 6 por el dólar. Empezó entonces una devaluación interrumpida sólo por pequeños repuntes, que lo llevaron a la cota de 6,9500 en noviembre de 2016. Se produjo el triunfo de Trump. Los chinos, aparentemente sorprendidos, tardaron un par de semanas en reaccionar. El 24 de ese mes, el yuan empezó a recuperarse. El 4 de diciembre, estaba en las proximidades de 6,8500. Entonces se desencadenó una tormenta monetaria, de la que nos hemos sentido lejanos por el hecho de que tiene lugar, todavía, sobre el Pacífico. Tres días antes, Trump había hablado con la presidenta de Taiwán. Esto enfureció a los chinos; la razón es que, desde 1972, en que Estados Unidos reemplazó a Taiwán por China en el consejo de seguridad de la ONU, ninguna administración había puesto en cuestión la doctrina One-China, hasta el punto de que Washington ni siquiera tiene representación diplomática en Taipeh. El departamento de Estado dijo que era un error; hasta Henry Kissinger dijo que era un error. Los chinos llamaron a Trump «inepto» a la cara. Enfurecido, Trump escribió en Twitter: «¿Nos preguntó China a nosotros si era correcto devaluar su moneda (endureciendo la competencia para nuestras empresas) y gravar pesadamente nuestros productos que van a su país (Estados Unidos no grava los suyos) o construir un masivo complejo militar en el mar de la China meridional? ¡No me lo parece!». Los mercados tomaron estas declaraciones como una promesa de que los días de un dólar fuerte habían retornado, y el yuan reinició una vertiginosa caída frente a la moneda norteamericana.

Fíjense bien cómo es la cosa: Trump acusa a China de devaluar el yuan, pero sus declaraciones lo deprecian a ojos vista. Le recuerda a uno aquello de construir un muro contra la inmigración, y de que México lo pague. Método Trump.

Tras unos días de desconcierto, China volvió a sujetar al yuan y éste apuntó cierta revaluación. China ya tiene claro que le interesa, porque un yuan demasiado débil fomenta la exportación de capitales, capitales que el país necesita en su nueva política de fortalecimiento de la demanda interior. Todo parecía retornar a la normalidad, cuando anteayer la Fed sube los tipos de interés. Nueva arremetida de los mercados para revalorizar el dólar. El mismo miércoles 14 de diciembre, los esfuerzos del Banco Nacional de China habían llevado el tipo de cambio a 6,9000; en el curso de horas, había saltado a 6,9500. Entonces se vio China obligada a intervenir en fuerza. Durante todo el jueves se desarrolló un pulso entre las autoridades chinas y los mercados; aquélla por contener la revaluación del dólar, éstos por llevarla hasta donde llegue. En el momento de escribir estas líneas, la cotización está en 6,9350.

Diríase que China se ha estrenado sin demasiada mala fortuna.


domingo, 27 de noviembre de 2016

El propósito de Trump y la economía mundial

Ahora que han transcurrido casi tres semanas de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos es quizá momento de mirar con frialdad los acontecimientos. Que ganó aupado en una coalición de fuerzas populares que, por sí solas, no llevarían al país a ningún lado, excepto a dejar de ser un socio confiable para quienes comparten valores e intereses, es indiscutible; que recibió ayuda de los servicios de inteligencia, también. Pero es precisamente esta inusual confluencia la que nos debe dar una pista de lo que realmente está en juego.

Trump es, ante todo, un hombre de negocios. Ha habido otros siete presidentes así desde 1900, pero sólo uno, Herbert Hoover (1929-1933), saltó directamente de los negocios a la Casa Blanca; los demás fueron antes senadores o gobernadores, y dos (Truman y George Bush padre) vicepresidentes. Es decir, seis hombres de negocios que dirigieron la política estadounidense en este siglo y el anterior pasaron por un estadio intermedio que los obligó a conciliar el enfoque empresarial con el que llamaríamos burocrático. La burocracia de Washington ha sido precisamente uno de los blancos de las diatribas de Trump.

¿Por qué los servicios de inteligencia, que son parte de la burocracia, apoyan al candidato que ataca a la misma? Esto apuntaría en la dirección de una fisura, o incluso una fractura entre los servicios de inteligencia y el resto de la burocracia federal. ¿Y por qué un hombre de negocios sería el candidato idóneo para resolver el problema, cualquiera que éste fuese? Porque la burocracia federal ha adoptado una visión sobre todo política de problemas que, en lo esencial son económicos. Aquí sólo puedo tratar de conjeturar cuál es la visión de los servicios de inteligencia, pero no hay otra forma de entender lo que está pasando.

Desde Bush padre y hasta Obama, EE.UU. ha estado enfrascado en organizar un nuevo orden mundial, una especie de reino global de la democracia, los derechos humanos y la economía de mercado. Hillary Clinton estaba comprometida con esa visión. Pero el problema, un cuarto de siglo después, ya no es ése. Bush hijo ya metió la pata en Irak por aferrarse a esa visión; la tensión entre la OTAN y Rusia en Ucrania es de la misma naturaleza. EE.UU. se ha enfrentado a la invasión de Crimea por Putin como se enfrentó a la de Kuwait por Saddan Hussein. Y no son la misma cosa. En esa dinámica EE.UU. sólo puede perder.

El gran problema es otro. China es una amenaza, no por su política, que puede ser tan pacífica como los dirigentes de Pekín quieran, sino por su tamaño. Su desarrollo económico absorbe tantos recursos que pone en riesgo el normal crecimiento de los demás. Por ejemplo, con el automóvil eléctrico. Cada día está más claro que es una de las tecnologías que habrán de sacar al mundo del estancamiento actual, y el litio es insustituible en sus baterías. Las reservas mundiales de litio son escasas, y el automóvil eléctrico competirá con los teléfonos móviles por ellas. En previsión de sus ingentes necesidades, las empresas chinas están tomando posiciones de control sobre las principales minas de litio del mundo.

Y éste es un problema al que Obama no se ha enfrentado, y que Clinton no tenía pensado cómo tratar. Ellos, la burocracia de Washington, estaban más por una labor diplomática que persuada a China de plegarse a la sentencia del Tribunal de La Haya sobre el Mar de la China Meridional, o que frene la expansión del gigante asiático en el Mar de la China Oriental, donde amenaza a Japón y Corea del Sur. Pero los verdaderos problemas no son éstos, porque nadie quiere una guerra. El verdadero problema es el otro, y Trump ha empezado a enfrentarse a él declarando muerto al TPP porque si este tratado no sirve para frenar el expansionismo económico de China, entonces no sirve para gran cosa.

Y el colofón son malas noticias para el mundo. Durante la primera fase de la globalización, hemos disfrutado de un consumo, barato por cuanto lo era la mano de obra china, y por el que los propios chinos no competían. Ahora empiezan a competir, y lo hacen en gran escala. El resultado no podrá ser más que un coste mucho más elevado de productos que hasta ahora eran accesibles para todos; la prosperidad china nos hace más pobres a todos. Ése es el sentido de esta economía post-crisis que no termina de arrancar, y que puede que no lo haga en décadas.