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domingo, 11 de febrero de 2018

Tiempo de Guerra

El káiser Guillermo y el zar Nicolás eran primos hermanos por parte de madres; consobrini denominaban los latinos a esa relación tan especial. La correspondencia entre ellos revela que se llamaban recíprocamente Willy y Nicky. También revela que se animaban mutuamente a luchar por la paz en los días que antecedieron a la Primera Guerra Mundial. Sin duda eran sinceros, pero fue el conflicto entre Alemania y Rusia, más que ningún otro, el que desencadenó el conflicto europeo y, a la postre, el planetario. Tampoco 1914, hasta julio, anticipaba la catástrofe que seguiría. Como años «de riesgo» 1898, 1909 y 1912 lo habían parecido mucho más. Y ni siquiera el asesinato del heredero de la corona austro-húngara, el archiduque Francisco Fernando, y su esposa en Sarajevo hacían presagiar lo que siguió. Después de todo, no era el primer magnicidio que se conocía, y desde luego no el más importante: otro zar, Alejandro II había muerto en similares circunstancias unos lustros antes. El atentado de Sarajevo pareció a muchos otro acto terrorista, entre los muchos acaecidos en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX. Pero la policía austriaca descubrió oscuras conexiones entre Gabrilo Princip, el asesino, y el ministerio del Interior de Serbia. Ahí saltaron las alarmas por primera vez.


Así, menos de un mes antes de declararse la Gran Guerra, aunque muchos la temían pocos podrían haberla previsto en ese preciso momento. Europa vivía un período de relativa distensión, pero bastó una provocación (mayúscula, es cierto, pero simple provocación) para dar con todo al traste. ¿Y por qué, se preguntará el lector? Porque los Estados llevaban década y media o dos décadas armándose a toda velocidad y diseñando planes contra el previsible enemigo en la próxima contienda; y esperaban tener que utilizar las armas en cuanto la ocasión se presentara. Es cierto que los políticos deberían haber controlado la situación y sujetado las riendas de los estados mayores. Pero aquéllos no sabían en realidad qué estaba pasando, malgastaron un tiempo precioso en averiguarlo y aun así, cuando se enfrentaron a la realidad, trataron de huir de ella. El Reino Unido, por ejemplo, no tomó claramente partido hasta el día mismo de ruptura de hostilidades; en su lugar, pudo haber señalado desde el primer momento su determinación de hacer honor a la Triple Entente, y acaso Alemania se lo habría pensado dos veces antes de invadir Bélgica. Y no que, mientras Gran Bretaña deshojaba la margarita, el ejército alemán ya se había movilizado y luego ya era peligroso desmovilizarlo mientras el ruso, más lento, había empezado su propia movilización. Y Rusia pudo haber previsto que Serbia era capaz de medirse sola con Austria-Hungría, que necesitó del apoyo alemán, ya en 1915, para ocupar definitivamente Belgrado; de no haber mediado la garantía rusa, ese apoyo no se habría producido y la guerra de Serbia habría terminado en armisticio. Pero todo esto no son más que cábalas. En el momento crucial, mucha información que ahora tenemos era imposible de conocer, había que tomar decisiones con la disponible y el resultado fue el que conocemos.


Ahora vivimos también una distensión inquietante. El Estado Islámico ha dejado de existir y la guerra de Siria está en sus compases finales. No se escucha el fragor de la guerra de Ucrania como hace unos años. Washington y Pekín parecen haber llegado a un equilibrio, en todo caso inestable, en los mares de China. Incluso la guerra del Yemen, con su tremendo coste humano parece en vías de solución. Las guerrillas han desaparecido de América Latina; es verdad que las han reemplazado mafias y cárteles de la droga, pero no es lo mismo. Nunca las mafias han doblegado a una gran potencia, mientras que las guerrillas sí: recuérdese Vietnam y Afganistán. Para colmo, está esa parodia de los juegos olímpicos de invierno y la ridícula detente entre las dos Coreas, presentación en sociedad de la hermana del líder norcoreano incluida.


Sin embargo, los focos de tensión siguen latentes. En Siria se ha visto envuelto Israel, Rusia no suelta el bocado de Crimea y mantiene la tensión en Ucrania, la OTAN responde en la región del Báltico, China no ha cejado en el control de las islas que reclama, Arabia Saudí e Irán velan sus armas para un combate definitivo por la hegemonía de la región, en Estados Unidos y Europa asoman síntomas de una crisis institucional y política de largo alcance, y paz, verdadera paz social, no parece haberla en parte alguna.


Y no es que haya bandos claramente enfrentados. Ojo, que tampoco los había en 1914. Había tres focos de conflicto de larga duración: entre Francia y Alemania por Alsacia-Lorena, entre Austria y Serbia por Bosnia-Herzegovina, y entre Alemania y Rusia por Polonia y la región báltica (vieja área de influencia de los Caballeros Teutones). Pero Gran Bretaña no lo tenía en absoluto claro; no quería el programa naval alemán, que buscaba equiparar a ambas naciones en el mar, pero dudaba si frenarlo militarmente o por la diplomacia. Italia, en principio, era aliada de Alemania y Austria-Hungría en la Triple Alianza, pero acertó a mantenerse neutral en los primeros meses y luego se pasó a la Entente. Turquía también dudaba: Francia era su aliado tradicional (desde Francisco I) pero ésta la abandonó para unirse a Rusia, enemigo ancestral de Turquía, para hacer frente a lo que se percibía como la amenaza alemana; al final, los Jóvenes Turcos se inclinaron por Alemania y la derrota fue el fin del Imperio Otomano. En Estados Unidos, partidarios de uno y otro bando mantuvieron un precario equilibrio hasta 1917.


También hoy hay conflictos profundos, aunque no revistan tanta visibilidad como los de entonces. El más profundo a la par que menos visible para la opinión es el que existe entre Rusia y China por Siberia Oriental. Dos cosas ambiciona ahí Pekín: yacimientos inmensos de gas y tierra desértica para su población, ésta incontrolable en el largo plazo; lo cual ya dio lugar a conflictos en la época de Mao. La política impuesta por Deng Xiao Ping de sólo un hijo por pareja introdujo elementos de control a medio plazo, aunque tiende a envejecer la población y es insostenible a la larga. En todo caso, China ha firmado con Rusia un acuerdo para el gas y pospuesto todo conflicto en Siberia hasta 2070. (Esto lo argumento con suficiente detalle en mi novela Las guerras de China).


Rusia sabe que sólo ha ganado tiempo, unas décadas en las que tiene que prepararse a conciencia, y su respuesta es Eurasia, geoestrategia del Kremlin: la unión de Rusia y Europa occidental, la Europa cristiana, católica, protestante u ortodoxa, contra el Oriente confuciano-budista. Ése si sería un adversario a la altura de China, al menos para el próximo siglo o siglo y medio. Y ahí es donde encaja el conflicto de Ucrania. A otro nivel, está el conflicto entre Estados Unidos y Rusia, conflicto potencialmente nuclear, en el que lleva ventaja la segunda, que cuenta con armamento más moderno y sofisticado. (Esto lo relato en El fin de la Historia, novela en la que, no obstante, el balance que se hace de las fuerzas estratégicas de ambas potencias es rigurosamente exacto). De ahí que Washington recele de toda posible entente entre la Unión Europea y Rusia, de la que podría seguirse una superioridad estratégica sobre Estados Unidos. Y que su reacción, personificada en Trump, sea retirarse de todo posible conflicto directo con Rusia, mientras mantiene los lazos con Europa y emprende un rearme que se completará hacia 2030. Ése es, así pues, el plazo de que dispone Putin para llevar a cabo sus planes para Eurasia. La respuesta europea viene de Andreas Umland, investigador del instituto de Cooperación Euro-Atlántica de Lvov, ciudad del noroeste de Ucrania. Según él, la perspectiva para 2030 es una Rusia democratizada e integrada en la NATO, que no tenga nada que temer de un aliado como Estados Unidos y que se vea respaldada por todo Occidente frente a un eventual conflicto con China.


El periodo crítico, por tanto, son los próximos doce años. Si se declara una guerra general porque los esfuerzos de paz fracasan, ¿cuáles serán los bandos? ¿Estados Unidos y Europa contra Rusia y China? Eso parecería con arreglo a la actual correlación de fuerzas, pero ésta puede haber cambiado para 2030; también Gran Bretaña y Francia parecieron al borde de la guerra en el Alto Nilo, en 1898, y no obstante fueron aliados década y media después. ¿Todos contra China, como sugiere Umland? ¿O sólo Rusia y su satélite Europa contra China, si la OTAN se descompone antes, con Estados Unidos al margen hasta el momento de asestar un golpe que desarticule las fuerzas estratégicas de Rusia por segunda vez y emerger así de nuevo como superpotencia hegemónica? ¿O sólo Estados Unidos contra China por mantener abierto a la navegación el Canal de Formosa, mientras los demás toman posiciones para apostar a caballo ganador? ¿Qué papel se reserva para las potencias menores, como el Reino Unido, Arabia Saudí, Irán, Pakistán, la India e Indonesia? ¿Y cuál será el de América Latina y África?


Todo esto, nuevamente, son sólo cábalas. Mientras tanto, ya se ha acuñado un término nuevo: guerra híbrida, aunque con mayor razón podría haberse denominado «ciberguerra». Las agencias de inteligencia estadounidenses están convencidas de que Rusia intervino en el Brexit y en las elecciones de su país, con éxito; en las holandesas y francesas sin él, y en las alemanas y en Cataluña con resultado todavía incierto. Y, realmente, se conoce de dos grandes agrupaciones de expertos informáticos, Cozy Bear y Fancy Bear, que totalizan más de un millar de informáticos y generan intensa actividad en las redes sociales, aparte de hackear los emails de quien quieran en el mundo. Pero puede que sea verdad lo que dice Putin, que sólo son jóvenes alocados y movidos por el patriotismo, no la agencia estatal que suponen el FBI y Scotland Yard. Pero esto ocurrió igualmente en 1914: todos pensaban que los británicos querían atacar a los alemanes antes de que éstos completaran su programa de paridad con la Royal Navy, cuando parece que únicamente coqueteaban con la idea de hacerlo. Con toda probabilidad, los proyectos geoestratégicos son menos firmes de lo que se desprende de los análisis, pero razones de seguridad empujan a gobiernos y estados mayores a prepararse adecuadamente para la eventualidad de que se hagan realidad. Todas las contiendas generales empiezan como guerras preventivas.


¿Por qué, si no, España ha aumentado un 60 por ciento su presupuesto militar en una época en que lo prioritario era la reducción del déficit? ¿Por qué Francia y Suecia ensayan medidas para reinstaurar el servicio militar obligatorio? Y sólo es el principio.


Hay una nota extremadamente preocupante, por comparación con 1914. Desde la aprobación del programa naval de Von Tirpitz en 1900 hasta Sarajevo pasaron catorce años. La Guerra pudo haber estallado mucho antes. Si no lo hizo fue por un potente movimiento por la paz encabezado por las socialdemocracias francesa y alemana (verdadero embrión del eje franco-alemán), que detuvieron en varias ocasiones la inercia que llevaba al conflicto. Hoy no se ve nada parecido en el horizonte.



viernes, 13 de octubre de 2017

Premier League, EFTA y negociar la independencia

A mí me ocurre lo contrario que al ministro Méndez de Vigo, que hoy lo veo peor que ayer y mejor que mañana. Y es que creo que el enfoque es radicalmente erróneo. Durante treinta y seis horas me he puesto en modo 155 (yo, que siempre he sostenido que no hacía falta aplicar ese artículo de la Constitución), pero no lo veo, mírelo como lo mire. ¿Qué sentido tiene sugerir al President Puigdemont que niegue lo que todos pudimos ver, que 72 «legítimos representantes» del pueblo catalán (la mayoría del Parlament) emulaban a los delegados de las Trece Colonias americanas que firmaron la Declaración de Independencia en Filadelfia el 4 de julio de 1776? ¿Volver, como dicen los periodistas, a la casilla de salida? ¿Hacer como que las autoridades catalanas nunca incurrieron en la profunda deslealtad de que los acusó ante doce millones de espectadores S.M. el Rey? Eso sería convertir todo en un estúpido malentendido, volvernos locos a todos. Puede que el Honorable lo haga, después de todo, y ¿para qué? Además, que rollo más malo, como decían los modernos. Negociar no se sabe qué en la comisión esa de reforma constitucional. Meses, acaso años de agravios y humillaciones para ambas partes. Si entramos por ahí, es que este país es masoquista.

Por otra parte, algunas de las más engorrosas dificultades para la independencia se van despejando. Una de las más importantes, si no la principal, era el destino del Barça. Ya la Premier League británica ha dicho que lo acoge. ¿Se dan cuenta de las ventajas que eso supone? Domingo sí, domingo no, Barcelona se llenará de hooligans, esos encantadores personajes que han dejado un reguero de sangre en sus viajes al Continente en competiciones europeas. Muchos de ellos son turistas que adoran ponerse ciegos de alcohol barato y dormir la mona en la playa, para estar frescos, armar bronca y jugar al balconing por las noches. Y a su regreso tienen estupendos bufetes en la City que demandan a los hoteles por carecer de piscinas con la suficiente profundidad para saltar a ellas desde las habitaciones, o por lo que sea. Sería fabuloso: toda la morralla que amarga la existencia a los mallorquines en la Punta Ballena de Magalluf, trasladada a Las Ramblas, donde los recibirán con los brazos abiertos, sembla.

El otro escollo era la salida de la república catalana de la Unión Europea y la zona euro. Parece que la EFTA (siglas de la European Free Trade Association, Asociación Europea de Libre Comercio) también estaría dispuesta a acogerla. Si es que Cataluña es un bombón... Son los cuatro países que restan de un proyecto del Reino Unido en los cincuenta, que fracasó: Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein; trece millones de habitantes en total. Menos da una piedra. Además, tras el Brexit es previsible que el Reino Unido se reincorpore, lo que desequilibrará totalmente la cosa. Pero es lo que hay. Ya puestos, lo único que falta es que el Banco de Inglaterra ofrezca a Cataluña incorporarse al área monetaria de la libra esterlina. Oigan, esto puede ser incluso mejor que el euro: los ejecutivos catalanes viajarán a Londres en vez de a Madrid y los hooligans lo tendrán más fácil para hacer su turismo en Cataluña. Oportunidades, a esa democracia ejemplo para el mundo, no le van a faltar.

Cataluña tiene una larguísima tradición de ofrecerse al mejor postor. En el siglo XV – ojo a la fecha: anterior a la formación de España – la república catalana ofreció la corona del Principado a Enrique IV de Castilla, a un pretendiente de la casa de Anjou, al condestable Pedro de Portugal y a un tal Reiner de Provenza. Por haches o por bes, salió mal; pero ellos lo intentaron. Y en 1640 se ofreció a Francia, que la devolvió poco después a España en la Paz de los Pirineos, harta la primera no sabemos de qué.

En el presente, ya se ha ofrecido a Estados Unidos como «estado libre asociado». Vamos, que si no pueden ser la Dinamarca del Sur del Europa porque Alemania y Francia se ponen burras, bien está ser el Puerto Rico del Mediterráneo.

Veo tremendas ventajas en negociar la independencia de Cataluña. A primera vista, no con los catalanes, que parecería que no tienen nada que ofrecer salvo desgracias sin cuento para todos si no se hace lo que ellos quieren. España tiene donde elegir y con quién negociar. Con Estados Unidos, podemos cambiar a Cataluña por Puerto Rico. Esta excolonia nuestra, que ahora pasaría a ser comunidad autónoma, está muy descontenta por la escasa atención recibida del gobierno federal tras el paso devastador de un reciente huracán, mientras la Casa Blanca dice que lo que ha hecho por Puerto Rico, mucho o poco, ha desequilibrado su presupuesto para el ejercicio corriente. La transacción está hecha.

Pero también podemos cambiar con el Reino Unido a Cataluña por Gibraltar, eterna reivindicación insatisfecha de España. Añado: dada la special friendship entre USA y UK, que desembocará inevitablemente en una creciente infeudación del segundo al primero tras el Brexit, ¿no podría un astuto negociador catalán conseguirnos Puerto Rico y Gibraltar, juntos, a cambio de su libertad?



sábado, 7 de octubre de 2017

Réquiem por Cataluña

El wishful thinking, que aquí algunos traducen por «buenismo» (traducción particularmente estúpida, porque la voz tampoco está en el Diccionario) y que prefiero españolizar como «deseos piadosos», está profundamente arraigado en el alma de nuestras sociedades. Un ejemplo de la universal prevalencia de los deseos piadosos es la idea de que, en una crisis como la catalana, nadie quiere que haya un muerto. Espero mostrar que, a estas alturas de la crisis, no uno de los bandos sino los dos empiezan, si no a querer que haya muertos en las calles, al menos a considerar que a lo peor es inevitable.

Empezaré por el Gobierno. Hasta él sabe que la Justicia y las finanzas no son lo bastante rápidas para resolver la crisis. Dominadas por sus propios tempos, ambas esferas sólo pueden arrojar más leña al fuego. La gente salió el 1-O por centenares de miles a votar en un referéndum ilegal (no lo era en sí, pero sí celebrarlo en esa fecha) y no se va a dejar intimidar ahora por el procesamiento de sus líderes o la fuga de un puñado de empresas. La gente está galvanizada. Han visto sangre, y aunque en buena parte no sea de verdad sino kétchup, lo que cuenta es el horror de la prensa internacional. La sangre excita la imaginación, y ésta lleva a suponer que lo visto sólo es el principio. Se empieza a pensar que puede haber muertos y cada cual se mentaliza para ello. Claro que no es lo mismo decir moros vienen que verlos venir, y eso pesa en el cálculo del Gobierno. Es de esperar que la gente vuelva a enfrentarse. Para hacerla regresar a sus casas puede no bastar un apaleamiento general, incluso más brutal (brutal de verdad) que el del 1-O. Algún muerto la mandaría a casa ipso facto, porque no es la perspectiva del sacrificio lo que impulsa a la rendición sino la percepción de la inutilidad del mismo: la desigualdad de fuerzas es manifiesta.

También los líderes del independentismo habrán empezado a hacer sus cábalas. El procès está agotado. No contaban con un escenario en que las grandes empresas abandonaran Cataluña; lo que siempre vendieron es lo opuesto. Hace siete u ocho años Barcelona se contaba entre las tres ciudades del mundo (con Dublín y Shanghai) preferidas por los ejecutivos de grandes empresas norteamericanas. Ahora llegan aún coletazos de esa moda, pero no puede durar. La CUP ha dicho que la marcha del gran capital será de ayuda para construir la economía colaborativa con la que sueñan. Pero el PDdeCat y ERC saben lo que significa: hay que pasar página cuanto antes. No pueden, sin embargo, ponerse delante de la multitud para decir que de DUI nada. Algún muerto sería funcional. El árbol de la libertad se riega con sangre de los mártires.

Y luego está la comunidad internacional. Una comunidad que apoya sin fisuras al Gobierno, condena la independencia unilateral y pronostica males globales sin cuento en caso de que triunfe la secesión. Pero que se desayunó espantada con las imágenes del 1-O y que insta al Gobierno a negociar, a sabiendas de que no lo hará. Las predicciones más pesimistas, por ahí fuera, hablan de una nueva Yugoeslavia, de guerra civil y de no-sé-cuántas-cosas-más. Un número limitado de víctimas mortales, que mande a la gente a sus casas por unos cuantos lustros, o mejor décadas, podría incluso parecerles aceptable «para evitar males mayores».

La perspectiva siembra el pánico entre los líderes independentistas, porque el final de la crisis supondría su procesamiento por sedición; un delito tanto más condenable si hay muertos de por medio. Eso los paraliza. Es por lo que sospecho que la iniciativa recae ahora en el Gobierno.

Puede haber muertos y, con arreglo a la ley de Murphy, si la situación llega a pudrirse terminará por haberlos.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cataluña: hora cero

Que el independentismo catalán tiene hondas raíces nadie puede ponerlo en duda. En la guerra de Sucesión a la corona española creyeron lograr la independencia; de rebote, porque lo que entonces querían era defender la organización política de los Austrias (foral, o sea feudal, que ambas palabras tienen la misma raíz latina) contra la no menos absolutista pero bastante más moderna de los Borbones. Ahora presume de «democrático», pero el nacionalismo catalán tuvo un origen retrógrado de mucho cuidado. Es dudoso que haya perdido ese marchamo a la fecha.

Los centenarios son ocasiones propicias para celebrar el nacionalismo. Ni 1814 (apenas expulsados los franceses y en plena rebelión de las colonias americanas, en suya supresión la industria textil catalana estaba interesada como el que más) ni 1914 (al borde de una conflagración europea que se mascaba desde la anexión de Bosnia-Herzegovina por la monarquía danubiana, en 1909) ofrecieron coyunturas favorables. Pero 2014 era otra cosa. Acabada la Guerra Fría y en eterna pax americana, con la globalización marchando a paso de carga (y la tecnociencia catalana globalizándose como el que más), disfrutando de derechos inalienables en la Unión Europea, ¿qué obstáculo podía haber?

Muchos en el resto de España soñaron con que la Constitución Española de 1978 pondría definitivo fin a las veleidades independentistas del nacionalismo catalán. Craso error. Hacen mal los unionistas en contraponer la figura de Tarradellas a los soberanistas actuales: la actitud del gran político catalán sólo demuestra que era realista. La transición no era el momento. Pero los albores del siglo XXI, ¿por qué no?

Hay quien cifra el comienzo de esta ola independentista en la operación del juez Garzón para prevenir acciones de Terra Lliure con ocasión de los Juegos de Barcelona, y que dio con varios activistas en la cárcel (y, según las malas lenguas, el exilio voluntario de Puigdemont). No sabría decirlo. Pero está claro que el proyecto estaba en un sólido y muy resuelto grupo ya en 2004. El 28 de diciembre de ese año – ojo a la fecha – se constituyó la Fundaçiò PuntCat. El objeto era conseguir una extensión de dominio en internet, con arreglo a la expansión del número de las mismas acordado por el ICANN (organismo gestor de la asignación de nombres de dominio); la idea era lograr .cat como una extensión patrocinada, lo que fue aprobado por el ICANN en septiembre de año siguiente. De quince extensiones patrocinadas en aquellas fechas, sólo dos tenían una referencia territorial, de sentido muy distinto: .asia y .cat. Entonces ya estaban claros la intensión de sacar a Cataluña del código de país .es, correspondiente a España, y el carácter singular del empeño a escala planetaria. En el logro de la extensión tuvieron un papel protagonista las gestiones del Institut d’Estudis Catalans, el mismo que dio cabida al infundio de que El Quijote fue originalmente escrito en catalán (El Quixot o quizá En Quixot) por un tal Joan Miquel Servent, nacido en Játiva pero de familia barcelonesa; novela que luego habría sido reescrita en castellano. También influyó en la decisión del ICANN la presión del capítulo catalán en la Internet Society.

La fábula del Quixot catalán y la absurda teoría de que Colón (supuestamente, Cristòfol Colom) habría salido no de Palos, en Huelva, sino de Pals en el Bajo Ampurdán, así como otros dislates igual de divertidos, muestran algo mucho más dramático: el siempre difícil encaje de la cultura catalana en la española. Son dos culturas distintas, basadas en dos lenguas muy diferentes. Sólo la más supina ignorancia permite hoy decir que el catalán es un dialecto del castellano; en realidad, pertenecen a dos ramas distintas de la lengua romance: la castellano-portuguesa, por un lado, y la catalano-occitana, por otra, mucho más próxima al italiano que a la que tiene al oeste. Para colmo, el catalán comparte con el italiano, el francés e incluso el portugués ciertas notas de musicalidad ausentes en el castellano. Ésta es una lengua recia y cortante, que ha moldeado así el espíritu de las gentes que lo hablan como lengua nativa. Se trata, así pues, de dos culturas antitéticas en algunos aspectos. Por momentos, la simbiosis de ambas ha dado origen a los mejores momentos de la historia de España; obviamente, no en la actual generación. Alguno de los peores aspectos de esa difícil relación se está revelando en la presente crisis.

Si los Estados se definieran por la uniformidad cultural (como quieren quienes llaman traidores a Serrat y Boadella), Cataluña tendría todo el derecho a ser uno de ellos. Pero no es así. Los Estados hoy se definen por su funcionalidad económica, y realmente Cataluña y España (y la Unión Europea y probablemente Occidente pues el Catexit sumaría sus efectos al Brexit) tienen mucho que perder con la independencia de la primera. JPMorgan, primer banco del mundo por el tamaño de sus activos, advierte hoy de los riesgos en ese sentido, y llama a las autoridades comunitarias a ser más beligerantes en la crisis. Se dirá: ya están los bancos… Quizá, pero apunta también a algo con mucho sentido: no es un problema cuya solución se pueda afrontar con romanticismo.

Pase lo que pase estos días, los catalanes tienen que tener clara una cosa: si rompen con España, saldrán de la UE y del euro para no regresar en un horizonte temporal previsible. Se enfrentarán la permanente oposición de España y también a la de Alemania, porque otra cosa sería dar alas a los nacionalistas bávaros a romper con la República Federal. El procès ya no es sólo un asunto de ámbito europeo sino también un problema interno de todos los Estados miembros de la Unión donde el ejemplo catalán podría prender con fuerza. Esto, que haría la felicidad de los antisistema encendidos de rauxa, debería hacer reflexionar, con su tradicional seny, a la clase media moderada de nuestra hermana Cataluña.

viernes, 16 de diciembre de 2016

China asume la regulación global

La economía, en palabras de Thomas Carlyle, ensayista escocés del siglo XIX, es una «ciencia lúgubre». Pero tiene sus momentos, y esta semana ha sido uno de ellos. Por primera vez, hemos visto a China en el papel de regulador global de los mercados, y el espectáculo ha merecido la pena.

No lo ha hecho por gusto, sino forzada por las circunstancias. La historia, en resumen, es la siguiente. En febrero de 2014, el yuan offshore se cambiaba a razón de 6 por el dólar. Empezó entonces una devaluación interrumpida sólo por pequeños repuntes, que lo llevaron a la cota de 6,9500 en noviembre de 2016. Se produjo el triunfo de Trump. Los chinos, aparentemente sorprendidos, tardaron un par de semanas en reaccionar. El 24 de ese mes, el yuan empezó a recuperarse. El 4 de diciembre, estaba en las proximidades de 6,8500. Entonces se desencadenó una tormenta monetaria, de la que nos hemos sentido lejanos por el hecho de que tiene lugar, todavía, sobre el Pacífico. Tres días antes, Trump había hablado con la presidenta de Taiwán. Esto enfureció a los chinos; la razón es que, desde 1972, en que Estados Unidos reemplazó a Taiwán por China en el consejo de seguridad de la ONU, ninguna administración había puesto en cuestión la doctrina One-China, hasta el punto de que Washington ni siquiera tiene representación diplomática en Taipeh. El departamento de Estado dijo que era un error; hasta Henry Kissinger dijo que era un error. Los chinos llamaron a Trump «inepto» a la cara. Enfurecido, Trump escribió en Twitter: «¿Nos preguntó China a nosotros si era correcto devaluar su moneda (endureciendo la competencia para nuestras empresas) y gravar pesadamente nuestros productos que van a su país (Estados Unidos no grava los suyos) o construir un masivo complejo militar en el mar de la China meridional? ¡No me lo parece!». Los mercados tomaron estas declaraciones como una promesa de que los días de un dólar fuerte habían retornado, y el yuan reinició una vertiginosa caída frente a la moneda norteamericana.

Fíjense bien cómo es la cosa: Trump acusa a China de devaluar el yuan, pero sus declaraciones lo deprecian a ojos vista. Le recuerda a uno aquello de construir un muro contra la inmigración, y de que México lo pague. Método Trump.

Tras unos días de desconcierto, China volvió a sujetar al yuan y éste apuntó cierta revaluación. China ya tiene claro que le interesa, porque un yuan demasiado débil fomenta la exportación de capitales, capitales que el país necesita en su nueva política de fortalecimiento de la demanda interior. Todo parecía retornar a la normalidad, cuando anteayer la Fed sube los tipos de interés. Nueva arremetida de los mercados para revalorizar el dólar. El mismo miércoles 14 de diciembre, los esfuerzos del Banco Nacional de China habían llevado el tipo de cambio a 6,9000; en el curso de horas, había saltado a 6,9500. Entonces se vio China obligada a intervenir en fuerza. Durante todo el jueves se desarrolló un pulso entre las autoridades chinas y los mercados; aquélla por contener la revaluación del dólar, éstos por llevarla hasta donde llegue. En el momento de escribir estas líneas, la cotización está en 6,9350.

Diríase que China se ha estrenado sin demasiada mala fortuna.


domingo, 6 de noviembre de 2016

La comunidad de la inteligencia apuesta por Trump

La declaración del director del FBI ante un comité del Congreso de Estados Unidos, revelando que entre los 600.000 correos electrónicos recientemente publicados por Wikileaks hay algunos remitidos por una asistente de Hillary Clinton que podrían comprometer la integridad de la candidata a la presidencia, ha dado un vuelco inesperado a las encuestas y a las expectativas de triunfo en estas elecciones. El todavía presidente Obama ha censurado al director del FBI por interferir en la campaña electoral; los partidarios de Clinton lo acusan de hacer el juego a Putin, ya que dan por hecho que Wikileaks es una herramienta del servicio secreto ruso. Lo cierto es que el director del FBI no se habría atrevido a dar el paso sin el respaldo de la CIA y de los otros catorce (quince, si incluimos a la Oficina de Evaluación Neta, que depende directamente del secretario de Defensa) servicios de inteligencia de Estados Unidos. La ambigüedad de las revelaciones es tal (no se sabe cuántos correos, ninguno es de Hillary Clinton) que éstas sólo pueden entenderse como una apuesta de la llamada «comunidad de la inteligencia» por la victoria de Donald Trump. De ser un candidato contestado incluso en su propio partido, ha pasado a ser el favorito en estas elecciones. ¿Cómo ha ocurrido y por qué?

La clave está en una percepción distinta de la posición de Estados Unidos en el mundo. Quiérase o no, Bill Clinton y Barack Obama, no menos que George W. Bush, han sido tributarios de la noción de un «nuevo orden mundial», preconizada por George Bush padre. En esa visión, Estados Unidos ha sido el guardián de la legalidad internacional y el garante de la democracia en todo el orbe. Como tal, se ve obligado a intervenir en todas partes, apoyando igual las primaveras árabes que el fallo del tribunal de La Haya sobre el Mar de la China meridional y la soberanía de Ucrania sobre Crimea. Hillary Clinton representa la continuidad de esta dinámica. Trump, al que se acusa de aislacionista, representa la tendencia opuesta. Según él, Putin no es el enemigo (de ahí que muchos vean en el candidato a una marioneta del ruso); una eventual guerra con Rusia en Ucrania o por Ucrania, Estados Unidos no puede ganarla por razones logísticas evidentes. ¿A qué mantener entonces la tensión? Buscar un acomodo sería lo más razonable según Trump. En Oriente Medio sus ideas no son tan claras, pero entrañan una crítica profunda de las inconsistencias de la política de Obama, quien fue advertido por la CIA en 2012 de que algo como el Estado Islámico podía surgir en la frontera entre Siria e Irak como consecuencia de la política de apoyar a todo rebelde al régimen de Damasco. Y en Extremo Oriente, ¿de qué vale defender el fallo de La Haya a favor de Filipinas, si el propio presidente filipino se aleja de Estados Unidos para aproximarse a China?

El espaldarazo de la comunidad de la inteligencia a Trump no asegura el triunfo de éste, pero le da una enorme ventaja, incluso psicológica, sobre su contrincante. El pueblo norteamericano puede opinar diferente. Pero incluso si Clinton gana, tiene motivos para reflexionar sobre una política exterior de la que ella, como secretaria de Estado, ha sido protagonista activa en los pasados años.



miércoles, 22 de junio de 2016

El referéndum británico

Mañana los británicos participarán en una ceremonia surrealista, tramada y ejecutada por el premier David Cameron para presentarse a las próximas elecciones con dos referéndums (el escocés y éste) convocados y ganados por él mismo, pero dejándolo todo como habría estado sin haberlos convocado. Una completa tomadura de pelo, sólo que muy peligrosa. No tengo nada en contra del derecho a decidir, ni tampoco a favor; sencillamente, me parece irrelevante en ciertos contextos, como pertenecer o no a la comunidad de propietarios del edificio donde está nuestra vivienda, pertenecer o no al Reino Unido, pertenecer o no a España. Desprovisto de místicas connotaciones decimonónicas (el dictum hegeliano de que el Estado es la marcha de Dios sobre la tierra), el Estado actual no es más que una comunidad de propietarios, con algunos servicios de protección mejorada para los más desfavorecidos. Las facturas comunes hay que pagarlas entre todos, no vale escaquearse para irse de gorra. Pertenecer o no a la Unión Europea es ese mismo problema incluso más claro. Cuando los efectos de la separación afectan a otros, el derecho a decidir es una reclamación solipsista. Me molesta la gente que va por el mundo como si ella fuera lo único importante.

En el caso británico, la probabilidad de que ganen los partidarios de que el Reino Unido salga de la UE es baja, pero aun así el ejercicio de atisbar qué podría pasar si ganaran no es ocioso. Cameron prometió el referéndum creyendo que la City londinense (que ya es la única parte dinámica de la economía británica) se veía perjudicada por la preponderancia del euro en la UE. Fíjense que hasta el Banco Central Europeo es reconocido como una institución fundamental de la UE, cosa que el Banco de Inglaterra no. Eso molestaba a los ingleses más tontos. Pero en el tiempo transcurrido, la City ha hecho saber a Cameron que la preponderancia de la City en las finanzas europeas es tan grande, a pesar del euro, que salirse de la UE es lo que les haría verdadero daño. La City estaría dispuesta a abandonar la libra y entrar en el euro con tal de no perder la favorable posición que ha conquistado. Y ahí tenemos al infeliz de Cameron diciendo donde dije digo, digo Diego. Me temo que su futuro político está sentenciado. Jugando con las cosas de comer, ha dado alas a los reaccionarios del UKIP, el partido ultranacionalista, que serán los triunfadores de este referéndum pase lo que pase mañana.

Alemania ha tomado nota, y desde luego estoy con ella. Esta broma no puede volver a repetirse, incluso si termina como es debido. Si sale mal, la foto fija va a ser despiadada. Estados Unidos ha dado alas al Reino Unido con eso de la special relationship. Ahora empiezan a darse cuenta los americanos del riesgo que se corre con tonterías como ésta. Pero puede que sea tarde. Si triunfan los del brexit, la UE estará condenada. Dinamarca o Suecia o ambas irán detrás. Alemania se atrincherará en el euro, del que sí que no hay posibilidad de salir, como comprobó Grecia el año pasado. Exteriormente, todo continuará como si tal cosa, sólo que después de la entrada de Turquía, entrará Marruecos… Hasta Siria entrará a su debido tiempo. La UE quedará en un acuerdo absolutamente diluido; es decir, en nada. Alemania se reposicionará; se alejará de EE.UU. y se acercará a Rusia. Alemania ya está organizando un ejército europeo a partir del propio. Lo que está claro es que no va a salir perdedora de esta crisis, resulte mañana lo que resulte. Unidades del ejército holandés ya están bajo mando alemán, y hay planes de hacer lo mismo con el ejército polaco. Y mientras, la OTAN hace ejercicios militares, de cientos de tanques y aviones, bajo el supuesto de que Rusia invada a Polonia. Un poco de seriedad, Rusia no va a tocar a Polonia porque Polonia es alemana… a cambio de Ucrania, por supuesto, que también estaría condenada si ganara el brexit. Como lo estaría la propia OTAN.

Nada de esto va a ocurrir, desde luego, porque el brexit perderá mañana. Pero, señores, con las cosas de comer no se juega.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Las diferencias culturales importan: IU y Podemos

Uno de los temas recurrentes de este 2014 que termina ha sido la cuestión de si Podemos intentaba una OPA hostil sobre IU, es decir, atraerse a los cuadros políticos de esta formación, para lo cual tenía a la vez que halagarlos individualmente y resistirse a cualquier proyecto de unidad orgánica. Alberto Garzón y Tania Sánchez Melero serían ejemplos de lo primero; la calculada ambigüedad respecto de las candidaturas de Ganemos/Guanyem lo es de lo segundo. La OPA de Podemos, en caso de que realmente la haya habido, ha fracasado de momento. Salvo en Madrid, feudo pepero de estratégica importancia para los líderes de Podemos y donde han llegado a un acuerdo con IU para el reparto de la presidencia de la Comunidad y la alcaldía, el resultado de la presión es que IU ha cerrado filas y contraatacado con lo que le queda. Muchos se preguntan: ¿Qué defienden los de IU y qué defienden los de Podemos, que enfrenta a ambos? Voy a tratar de dar respuesta a esta pregunta obviando los puntos de acercamiento, que doy por conocidos.

Las diferencias culturales en política importan. Cuando Antonio Gramsci habló del intelectual orgánico y su función legitimadora, no se refería tanto al desiderátum de un "pensamiento colectivo" como al partido político como catalizador de síntesis entre culturas diferenciadas y a veces contrapuestas. Esto se lograría con discusiones rigurosas, generación de un lenguaje propio y una cosmovisión de partido; lograrlo sería un requisito previo a la toma del poder. Tales rasgos caracterizan a lo que en las décadas finales del siglo XX se denominó "cultura tradicional del movimiento obrero". A pesar de la "sopa de letras", a pesar de las escisiones, a pesar de los pesares, esto es algo que ha trabajado a fondo IU. Y ahora vienen los de Podemos con un discurso que niega ese trabajo previo (y las casi tres décadas de antigüedad de IU), un discurso que afirma que el poder se puede tomar por asalto sin más requisito que un adecuado uso de los medios de comunicación que establezca una nueva noción de sentido común capaz de romper el discurso legitimador de los opresores (aquí llamados "la casta"). Y que, con menos de dos años de preparación, un grupo cohesionado y decidido puede hacerse con el gobierno en unas elecciones. Los de IU, aparte de escépticos, están más cabreados que una mona. Todo se les vuelve decir que Podemos es una "moda" y que, cuando la moda haya pasado, lo que quede serán los restos del naufragio de treinta años de esfuerzos del movimiento obrero por reorganizarse tras la debacle del Partido Comunista en 1982.

¿Es posible una síntesis entre ambas culturas políticas? Parece realmente difícil. Podemos representa la cultura política de los perjudicados por la crisis. Clases medias endeudadas, empobrecidas y desposeídas; también asalariados marginales jamás sindicalizados que no salieron de la precariedad ni en lo mejor de la burbuja, y ahora condenados al paro de larga duración o a no llegar a fin de mes pese a trabajar más que nunca por casi nada. Ninguna política económica devolverá al primer grupo el estatus perdido; únicamente la subordinación de la economía a las personas mejorará la condición de ambos. Los dos coinciden en la búsqueda de culpables. Hace quince o veinte años se preciaban de "pasar" de política; ahora son vagamente conscientes de que aquel pasotismo ha traído esta corrupción, como lo son de que su empobrecimiento corre paralelo de una acumulación primitiva - es decir, "por las bravas" - de capital que favorece a los más ricos. También son conscientes de la fuerza que la democracia da al mayor número, y ellos son millones. Su cultura política está dominada por claves simbólicas de la pequeña burguesía: el fin del gobierno es la felicidad del mayor número; si no lo consigue, el gobierno ha fracasado. Derecha e izquierda son términos antiguos: "el pueblo unido jamás será vencido". Rechazan la dirección de los partidos sobre la sociedad y, por tanto, la hegemonía del movimiento obrero; aborrecen a los sindicatos. Si los partidos no dan al electorado lo que éste desea, no lo representan, se han corrompido y hacen falta otros nuevos. Idealizan a las clases medias pretendiendo organizar a toda la sociedad de conformidad con sus valores (honestidad, mérito, dignidad). Lo más importante es moralizar la política.

En el fondo, no es tan difícil de entender lo que están tratando de hacer los líderes de Podemos: un partido dirigido por exmarxistas que organice rápidamente a la pequeña burguesía proletarizada y al proletariado más pobre mientras las heridas de la crisis aún sangran. Esta política tiene sentido siempre y cuando la dirección del movimiento obrero sobre el partido no sea evidente; de ahí que el marcar distancias con IU sea algo más que una táctica para arrebatarle cuadros políticos. Esto es incluso más importante que no incurrir en pequeñas desviaciones del ideal moralizador (con tal de que sean efectivamente pequeñas). Si el influjo del obrerismo se hiciera presente, todo el proyecto se vendría abajo; por eso se enfatiza los efectos no clasistas del capitalismo: pobreza en general, desahucios, estafas financieras, deterioro del Estado de bienestar, corrupción... El mayor reto es la construcción de ese sentido común alternativo al de la lógica dominante, pues o el nuevo sentido común cae en la trivialidad o debe contener una importante carga de aceptación de la utopía. Ahí Podemos se enfrenta a la cuadratura del círculo y ahí, también, el conflicto cultural con IU alcanza su clímax. Pues IU, que aspira a una nueva sociedad (aunque, hoy por hoy, no sepa bien cuáles serían sus características), ve cualquier situación intermedia como una necesaria transacción entre el poder popular en construcción, partidario de la nueva sociedad, y la lógica dominante; una concesión, por así decirlo, al realismo político. Mientras que Podemos propone seguir en esta sociedad sólo que con un nuevo sentido, más "sano", de lo que es lógico, y para generar ese nuevo sentido común tiene que luchar sin descanso por demostrar en todo momento la sensatez de la utopía. Esto provoca la hilaridad de los viejos luchadores de IU.

Con casi medio siglo de retraso al no habérselo permitido en su momento la dictadura franquista, la izquierda española está enfrascada en su versión particular - un poco descafeinada, eso sí, por falta de referencias intelectuales de peso - del debate de Mayo del 68.

martes, 3 de junio de 2014

Razones económicas de una abdicación

Hoy publican los medios que el paro ha descendido en un importante número de personas y que los cotizantes a la Seguridad Social han aumentado en otro número importante; es evidente que el gobierno debía conocer estos datos con antelación, ayer sin ir más lejos. Uno se pregunta qué razones ha podido tener ese mismo gobierno para anunciar la abdicación en tal día, a una semana de las elecciones europeas.

Las coincidencias no existen. Ayer se conocía otro dato del máximo interés: la Comisión Europea transmitía públicamente a España sus exigencias, dentro del procedimiento por déficit excesivo en que nos encontramos incursos; también eso debía conocerlo el gobierno con antelación. Entre las medidas exigidas, varias que pueden despertar malestar entre la población: subida adicional del IVA, elevación de las tarifas eléctricas y nueva vuelta de tuerca a la reforma laboral. Tras haberse resistido durante meses a esa clase de exigencias, pues no en vano estamos cada vez más cerca de las elecciones generales, esta vez el gobierno carece de fuerza para hacerlo, por cuanto las europeas acaban de mostrar que cuenta con el apoyo de un segmento muy exiguo de la población. Esta vez, el gobierno aplicará las medidas, o por lo menos una fracción lo suficientemente sustancial de ellas como para demostrar su buena voluntad. No sea que las quejas de la Comisión despierten a los mercados y se vuelva a disparar la prima de riesgo, con lo que costó domesticarla.

Después de dos años, el gobierno sabe de sobra lo que significa ceder. Frenar en seco la recuperación y a corto plazo más paro, exactamente eso. La Comisión lo exige porque cree que así se podrá crecer con más fuerza dentro de dos o tres años, ya que el crecimiento de ahora les parece insuficiente para aumentar rápidamente el empleo. Se trata de una diferencia de criterio en cuanto a los plazos. El gobierno, con su pachorra habitual habría estado dispuesto a andar diez o quince años creciendo a paso de tortuga, pero la Comisión está preocupada con el ascenso de los radicales de una y otra mano en toda Europa. De modo que el gobierno se enfrenta solo a la perspectiva de aplicar nuevas medidas impopulares en vísperas de elecciones. El problema es tanto más grave cuanto que es consciente de que sus medidas anteriores han significado la ruina y empobrecimiento de muchos que le votaron hace dos años y medio, bastantes de los cuales podrían estar votando a Podemos o estar pensando en hacerlo en las generales.

Así las cosas, parece que el gobierno ha decidido agarrar el toro por los cuernos, forzar la abdicación del Rey, abrir una crisis constitucional (puesto que no hay ley que regule la abdicación), provocar un debate artificial sobre si monarquía o república, terminar de laminar a un PSOE esquizofrénico entre una dirección comprometida con la lealtad institucional y unas bases fervientemente republicanas; y dejar al PP dueño del centro político, erigido en paladín del bando monárquico y agitando el mensaje subliminal de la guerra civil. O eso, o son completamente idiotas. Pongámonos en lo razonable: "¿Queréis Podemos? Pues sabed que son republicanos, es decir, rojos que vendrán a quemar iglesias, como en el 31". Le saldrá mejor o peor; sospecho que no le puede salir bien. Pero lo que no puede estar más claro es que, de las exigencias de la Comisión, ésta no nos libramos.

sábado, 31 de mayo de 2014

El BCE reconoce implícitamente no poder hacer nada por España

El 30 de mayo, publicaron el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra (BoE) un documento que, según sus autores, habíase terminado de redactar el día anterior. Se trata de un documento para la discusión, nada más, sobre el tema genérico de los ABS. Para el lector menos informado, ABS son las siglas de Asset-backed Securities, o "valores respaldados por activos"; es el viejo tema de la titulización, que el BCE y el BoE vienen a presentar como si fuera nuevo. Había mucha expectación por este documento, desde hace meses. Me temo, sin embargo, que va a suponer un jarro de agua fría para las esperanzas de muchos.

Empezaré por lo que se esperaba. La tendencia deflacionista que se viene observando en toda la zona euro ha planteado el debate sobre el uso de herramientas no convencionales (es decir, que vayan más allá de la lucha contra la inflación) por parte del BCE; el BoE, lo mismo que la Reserva Federal de EE.UU., lleva años aplicando la llamada QE (siglas de Quantitative Easing, una forma moderna de política monetaria expansiva) como instrumento para mantener la actividad y el empleo. En la zona euro, el BCE no hace nada parecido ya que incluso las SMP (siglas de Secondary Market Purchases, o "compras [de bonos] en el mercado secundario"), utilizadas desde la crisis de Irlanda en el otoño de 2010, obligan al BCE a esterilizar la inyección de liquidez asociada mediante captación de depósitos a plazo fijo. Lo cual no sería obligatorio bajo las OMT (siglas de Outright Market Transactions, o "adquisiciones en el mercado secundario a vencimiento [del activo adquirido]" pero, como se sabe, este instrumento nunca ha sido aplicado y se encuentra impugnado ante el Tribunal Europeo de Estrasburgo; últimamente, incluso el ministro alemán de Finanzas, Schaubel, ha anunciado que vetará su uso por el BCE. Draghi se encuentra sin margen de maniobra, mientras no ha dejado de prometer que haría "todo lo necesario" (whatever it takes) para salvar el euro y nuestra presencia en él. Implícito está que el euro no tiene futuro donde, como en España, el paro se sitúa en tasas del 25%, si éstas no se reducen rápidamente. Así las cosas, algunos, en realidad muchos, habían propuesto que el BCE pueda descontar el crédito bancario; esto es, que el crédito que el banco le concede a usted o a mí, o al menos a la empresa que le coloca la caldera nueva, pueda utilizarse como activo de garantía en las operaciones de inyección de liquidez del BCE. Así, su banco podría prestarle a esa empresa; inmediatamente descontar ese crédito en el BCE, recuperar la liquidez y volver a prestar a otra empresa; y así sucesivamente, hasta sacarnos del agujero.

Pero, con este documento, el BCE acaba de decir que no. Aparentemente, porque tiene miedo de que no funcione. Veamos; para que funcione hace falta que los tipos de interés salgan de la trampa de liquidez en que están. Así, el banco español cedería al BCE un crédito al 5,5% para emplear la liquidez en prestar al 5,75%; luego descontaría este segundo crédito para prestar a un tercero al 6%; y así sucesivamente. Parece que el BCE no cree que esa subida de tipos pueda producirse, precisamente por encontrarse éstos en una "trampa de liquidez", donde podrían permanecer deprimidos indefinidamente. Pero, con el pretexto de tal escepticismo, lo que el BCE hace es caer en el inmovilismo. ¿Y qué ofrece, en lugar del descuento de crédito a las pymes? Algo que ya existía pero, según el BCE y el BoE, no en medida suficiente, porque el desorden en su emisión contribuyó decisivamente a la crisis de 2007. Se trata, en efecto, de productos derivados, consistentes en "empaquetar" los créditos, calificarlos colectivamente, constituir "vehículos de propósito especial" (fondos de titulización de activos, en nuestra jerga) y emitir bonos de titulización con los créditos como subyacente; tales bonos de titulización serían lo que el BCE estaría dispuesto a descontar o aceptar como activos de garantía. Nada nuevo, repito, porque eso el BCE ya lo venía haciendo. Su apetencia se limita a los ABS, naturalmente; nada de CDO (collateral debt obligations, o bonos de subyacente heterogéneo, que empaquetan créditos de distintos originadores, e incluso créditos conjuntamente con ABS, o ABS de distintos fondos en uno nuevo), lo que es hasta cierto punto lógico dada su característica opacidad. Lo que ya no es tan lógico es que ofrezca como modelo de lo que hay que hacer los bonos que viene descontando regularmente hasta la fecha, producto de lo que denomina, sin rubor alguno, qualifying securitusation ("titulización de calidad"). (En §102, la titulización de calidad se define como aquella "cuyo riesgo y su retribución pueden ser consistente y predeciblemente entendidos", pero en §125 se viene a identificar con lo que aceptan en Europa los bancos centrales, es decir, ellos mismos). En realidad, el documento, más que resultado de una verdadera investigación, como pretende, parece dedicado a hacer pedagogía de los derivados financieros que son del gusto del BCE y el BoE.

En el capítulo de problemas para la expansión de estos derivados, los autores, deteniéndose en los que son comunes a toda Europa, dejan de lado los propios de cada país. Uno de los primeros es la calificación de ABS en países con elevado riesgo soberano. Las agencias de rating ponen un techo en tal sentido. Así, si la calificación de la deuda soberana española es BBB (a dos pasos del bono basura), ningún ABS, por seguro que sea el subyacente, podrá merecer más de esa calificación; y de ahí, para abajo. Lo que significa que los ABS de subyacente originado en España difícilmente podrán alcanzar la calificación de "activos de inversión", dado lo cual no servirán de garantía ante el BCE, con lo que estaremos como al principio. Lo que se le ocurre al BCE es pedir a las agencias de rating que den información sobre la calidad de los ABS, adicional a la incorporada a la calificación. Con ello, abre la puerta quizá (sólo quizá) a aceptar como garantía bonos-basura con buena recomendación de las agencias. Cualquiera sabe.

Hay un problema todavía más grave, al menos para España, que no existe para el documento. Me refiero al problema de los avales personales, que exige cualquier banco para conceder un crédito en la mayoría de los casos. Una de dos, o los bancos renuncian a esa clase de exigencia, o la operación de "verdadera venta" que caracteriza a la transferencia de riesgo mediante la constitución de un vehículo de propósito especial sería tremendamente difícil, si no imposible, con la legislación en la mano. Para empezar no sería posible que el BCE adquiriera los bonos de titulización, salvo que el banco cediera el usufructo de los créditos reteniendo la nuda propiedad. Habría que aprobar toda una nueva normativa sobre crédito bancario para eso. Alternativamente, el BCE podría renunciar a las operaciones temporales (reverse operations, operaciones de compraventa con pacto de retrocesión) para ejecutar sus operaciones por medio de préstamos con garantía pignoraticia, que, estando previstos en su manual de operaciones, no han sido utilizados nunca. Por poderse, lo que se dice poderse, se podría hacer. Lo dudoso del asunto es que habría que cambiar el procedimiento jurídico de garantías para toda la zona euro, siendo así que tal cambio general sólo vendría a resolver un problema de la periferia y no del núcleo duro. Dudoso, como digo; extremadamente dudoso.

Lo más probable es que el BCE opine que el de los avales es un problema de España, que se queda en España. Según eso, para descontar crédito bancario en el BCE, los bancos españoles tendrían que dejar de apoyarse en los avales y pasar a valorar a las empresas por sus proyectos. Algo que la banca española nunca ha hecho, salvo de forma muy selectiva y especializada. Cambiar toda su estructura de actuación profesional para eso supondría una verdadera revolución en el sector, que los bancos españoles, conservadores hasta la médula, no van a querer hacer ni jartos de vino.

domingo, 20 de abril de 2014

Songdo, la ciudad del futuro, fracaso económico

Songdo International Business District (SIBD), o Songdo City, es un proyecto estratégico concebido por el gobierno de Corea del Sur para descongestionar la capital, Seúl, que cuenta con más de 10 millones de habitantes y un área metropolitana que supera los 25 millones, lo que la convierte en la segunda más poblada del mundo; adicionalmente, por su diseño futurista y encontrarse a menos de dos horas en avión de Tokio, Osaka, Vladivostok, Beijing y Shanghai, se esperaba convertir a Songdo en un hub, o núcleo central de negocios, para todo el Noreste de Asia. Aparte de "ciudad sostenible" y "ciudad inteligente", Songdo City ha sido caracterizada como "ecocity" y "ubiquotous city" (ciudad ubicua). Con relación a lo primero, el máster plan, realizado por KPF, firma de Nueva York, buscaba diseñarla como ciudad peatonal, con un 40% del suelo destinado a espacios abiertos y aproximadamente un tercio de las emisiones de carbono de una urbe de sus dimensiones; todos los aparcamientos se encuentran bajo tierra. En cuanto a lo segundo, sus 80.000 viviendas y sus oficinas y locales comerciales cuentan con ordenadores conectados a través de una red de fibra óptica a un servidor central desde el que se lleva a cabo una aplicación avanzada del Internet de la Cosas. Así, uno puede cerciorarse desde su teléfono móvil de cuántas horas de vida útil le quedan al televisor de plasma o, en no mucho tiempo, de si las ruedas de su bicicleta están suficientemente infladas. Cisco ha desarrollado esta "red de área amplia" (WAN), que genera datos con cada acción de los usuarios (por ejemplo, depositar basura en casa, que es aspirada por un sistema neumático de conductos bajo tierra, hasta el lugar donde será tratada), información que permitirá abaratar y mejorar la gestión de todos los servicios urbanos. Erigida sobre 610 hectáreas de tierra arrebataba al mar, contempla la construcción de 4,6 millones m2 de oficinas, 3,5 millones m2 de viviendas, 900.000 m2 de locales comerciales y 2,5 millones m2 de espacios abiertos, incluyendo los 400.000 m2 de un parque central bajo el que se ha habilitado el mayor aparcamiento de la ciudad. La edificación se ha realizado en alturas comprendidas entre 4 y 73 plantas y, aunque llevada a cabo en diez años (2006-2015), el master plan contemplaba muy diferentes tipos de edificios, de manera que el conjunto dé la impresión de haber sido construido a lo largo de varias generaciones. Todo ha sido previsto hasta en los menores detalles, incluso el registro de varios récords. Así, la torre NEATT (North East Asian Trade Tower), con 68 pisos y cinco plantas de sótanos, es el edificio más alto de Corea; el centro de convenciones ConvensiA contiene, igualmente, el espacio diáfano más amplio del país; la ciudad cuenta con el hospital más moderno y la escuela internacional más avanzada, acorde con el propósito de que la lengua de uso habitual sea el inglés. El coste inicial previsto era de 18.000 millones de dólares, para entonces el mega proyecto más caro de todos los tiempos, pero la necesidad de introducir cambios sobre la marcha, inevitable en este tipo de proyectos, y los retrasos impuestos por continuas renegociaciones con el gobierno, han elevado ya la cifra a 35.000 millones, y aún se espera que haya alcanzado los 40.000 millones cuando se termine la ejecución, el año que viene.

A pesar de tan impresionante datos, Songdo City no está funcionando como se esperaba. Planeada para 65.000 familias residentes (260.000 personas estimadas), a cuyo servicio habría 300.000 asalariados que se trasladarían a ella diariamente, la ciudad ha alcanzado entre una quinta y una cuarta parte de esas cifras. Gale International, empresa de Boston encargada por el gobierno coreano del desarrollo inmobiliario de Songdo, planeaba continuar la expansión de la ciudad tras 2015, hasta alcanzar el millón de habitantes, abordando nuevas fases de construcción que incluirían una ciudad industrial especializada en nuevas tecnologías que pudiera rivalizar con Silicon Valley. Eso es signo inequívoco de que esperaba haber vendido prácticamente la totalidad de la primera promoción antes de completar su ejecución. Ahora, las siguientes fases se han aplazado y el plan B ha pasado a ser la venta de todo lo construido de aquí a 2020. Los residentes admiten que la ciudad es bonita, funcional y ecológica, ideal para trabajar; pero que hay poca gente en sus calles y locales comerciales, y los fines de semana tienden a pasarlos fuera de Songdo, porque resultan mortalmente aburridos.

¿Dónde estuvo el error de cálculo de los promotores? Quizá la crisis económica ha influido. Los planes para Songdo City empezaron en serio en 2001, y la fase de estudio y negociación de acuerdos preliminares se prolongó hasta 2005. Apenas un par de años después de comenzadas las obras, se declaró la crisis financiera, y las burbujas inmobiliarias fueron desinflándose una a una: Estados Unidos, Irlanda, España... También Corea había vivido su burbuja inmobiliaria, y igualmente tuvo que sufrir los efectos de su "pinchazo". La promoción de Songdo ha padecido algunas de sus peores consecuencias, y en más de un sentido. Por supuesto, la inversión se ha retraído, tanto la doméstica como la foránea. Peores aún han resultado los efectos políticos. Dado el malestar existente en el país acerca de la especulación inmobiliaria, el gobierno ha impuesto límites al precio del metro cuadrado en Songdo, para frenar las quejas de que Gale International son "especuladores" extranjeros. Esto puede haber actuado como un incentivo negativo para las empresas, toda vez que los precios de la propiedad inmobiliaria en Songdo habían conseguido mantenerse por debajo de los de Seúl, y la posibilidad de que pudieran llegar a superarlos prometía suculentas plusvalías a las que ahora las empresas compradoras tienen que renunciar, al menos durante un tiempo, hasta que el gobierno cambie su política, si es que llega a cambiarla.

Cuando se concibió Songdo City, antes de la crisis, la promoción de viviendas prometía mayores beneficios que la de oficinas y locales comerciales, como es habitual en el negocio. El gobierno impuso a los promotores la construcción de una ingente cantidad de espacio de oficinas, de conformidad con el proyecto de crear un hub de negocios para todo el Asia nororiental. Cuando llegó la crisis, la imposición pareció una suerte porque, con el desánimo de la inversión individual, la única manera de llenar la ciudad consistía en atraer a un número suficiente de empresas. Urbanísticamente, era óptimo desde el punto de vista de la "ciudad sostenible", de Richard Rogers, que ya es un clásico del urbanismo y para quien la ciudad tiene que ser una realidad variada, con yuxtaposición de residencia y lugar de trabajo, a veces en el mismo edificio, óptima desde el punto de vista de la movilidad y negadora del concepto de "ciudad dormitorio"; así, por ejemplo, la torre NEATT se diseñó para uso mixto. El plan, entonces, se concretó en atraer empresas internacionales, que establecieran su sede en Songdo City, y que se desplazaran a ella con un número importante de sus empleados, que pasarían así a ser el núcleo principal de los residentes en la ciudad. Y así ha sido: 67 empresas han aceptado la invitación y se han trasladado con una plantilla agregada de algo más de 13.000 personas, la gran mayoría de los residentes en Songdo. Así ha sido, pero no en medida suficiente. Con semejante ratio de empleados por empresa, el Distrito Internacional de Negocios necesitaría un total de 350 empresas para ser realmente sustentable. Las empresas no han aparecido. Incluso si aparecieran en el plazo previsto de 2020, mientras tanto una quinta parte, o una cuarta, o un tercio, o la mitad de los residentes, o los promotores, o el gobierno coreano, o el gobierno local de Incheon, a cuya Zona Económica Libre Songdo pertenece, alguien, en definitiva, habrá de estar pagando gastos de infraestructura y mantenimiento por los aún no residentes, gastos que en un área metropolitana como Songdo City tienen que ser elevados. En el peor de los casos, Songdo City podría seguir el destino de Zangbashi, en el desierto de Ordos, una ciudad planificada para 300.000 habitantes y que sólo alberga a 30.000, y otras "ciudades fantasmas" de China.

Un problema de Songdo es el haber sido concebida como una ciudad con los últimos adelantos de la técnica y margen para ir incorporando los del futuro, lo que presupone categoría de superlujo (world-class), y haber tenido que ser puesta a la venta en plena crisis económica. Pero el problema es más profundo. Los promotores creyeron que el deseo de un suficiente número de empresas de establecerse en un centro estratégico dotado de tantas ventajas sobrepasaría los inconvenientes de la situación. Se equivocaron. Las razones por las que las empresas no han reaccionado positivamente son desconocidas, y por tanto puede haber hipótesis para todos los gustos. Los analistas se han hartado de culpar a las especificidades culturales de Corea. Aparentemente, los promotores contaron con una demanda de empresas cuya plantilla, en su totalidad, estaría encantada de acceder a una vivienda en la ciudad del futuro y podría sufragárselo. O, alternativamente, con empresas que se movieran a Songdo con los empleados que pudieran pagárselo, despidieran a los demás y los sustituyeran por residentes en la vecina localidad de Incheon que se trasladaran diariamente a Songdo, lo mismo que los 300.000 empleados encargados de los servicios de la nueva ciudad. Pero las empresas coreanas, como las japonesas y las chinas, no despiden a la gente para realizar cambios así; en esto radica la "especificidad cultural" coreana. Y seguramente muchas empresas se han encontrado con la negativa de gran parte de sus plantillas a cambiar su previa residencia en Seúl por una nueva en una capital de provincias. La alternativa es trasladarse diariamente desde Seúl, a 65 km por carreteras congestionadas, para evitar las cuales se ha habilitado una línea de metro, directamente desde la capital a Songdo; el problema es que el trayecto dura dos horas. Dos de ida y dos de vuelta. Lo único que haría a Songdo sustentable sería la construcción de barrios modestos junto a la ciudad futurista y de superlujo. Pero eso, a su vez, supondría pasar de la ciudad "de diseño" (master-plan city), que ha sido Songdo hasta ahora, a la ciudad "de aluvión", con sus problemas de tráfico y congestión, que se ha querido evitar a toda costa.

viernes, 7 de febrero de 2014

El tribunal constitucional alemán y el BCE

Párrafo 4d) del fallo:

"En opinión del Tribunal Constitucional Federal, la decisión OMT [Outright Market Transactions, compra de bonos en el mercado por el Banco Central Europeo] no sería rechazable si pudiera ser interpretada o limitada en su validez de conformidad con las leyes vigentes de manera tal que no socavara la condicionalidad de los programas de asistencia del EFSF y el ESM [Fondos europeos de rescate], y fuera realmente sólo un apoyo de las políticas económicas de la Unión. A la luz del TFEU [Tratado Fundacional de la UE], eso probablemente requeriría la exclusión de quitas de deuda, que la compra de bonos de determinados Estados Miembros no se realice en cuantías sin límite, y que se evite interferencias con la formación de precios en el mercado hasta donde sea posible. Las declaraciones de representantes del Banco Central Europeo en el curso del proceso judicial y de forma oral ante el Senado sugieren que tal interpretación de conformidad con la ley vigente sería compatible, con toda probabilidad, con el significado y propósitos de la Decisión OMT".

Si esto no es un apoyo explícito a la estrategia del BCE, venga Dios y veálo. ¿Es que en España nadie se lee los papeles? Nos orientamos sólo por rumores, y así nos va.

miércoles, 29 de enero de 2014

Entramos en zona de turbulencias, abróchense los cinturones

La semana pasada se encendieron luces ámbar de peligro a la vista en los mercados financieros de todo el mundo. Países tan distantes entre sí como Tailandia, Argentina, India, Turquía y Sudáfrica, en cascada, iban viendo sus monedas entrar en caída libre. Hoy, todos ellos han subido sus tipos de interés, la medida clásica para el caso. Pero no está claro que así se resuelva el problema. ¿Qué está pasando, en realidad?

Llevamos meses esperando que la Reserva Federal de Estados Unidos, su banco central, ponga fin a las medidas no convencionales llamadas QE, de apoyo monetario a la economía. Esas medidas pueden haber supuesto cerca de 2,5 billones (millones de millones) de dólares extra. Si se les pone fin, el dólar va a apreciarse. Los ahorradores de todo el mundo, y sobre todo los de los países emergentes, con moneda más vulnerable, toman posiciones frente a esa eventualidad. Cambian su divisa por dólar, y lo hacen deprisa, no sea que la nueva presidenta de la Reserva Federal les coja sin haber hecho el cambio. Eso es todo. Nada más.

Pero las consecuencias pueden ser importantes. La "caja de herramientas", por otro nombre, conjunto de políticas económicas disponibles, obliga a esos países a penalizar la economía real para tratar una enfermedad puramente financiera, de la que no son en absoluto responsables. Al elevar sus tipos de interés, suben los costes de producción de sus empresas, de consumo de su población y de inversión de los agentes económicos, en general. Eso no dejará de ejercer efectos desfavorables sobre el empleo y el gasto agregado de tales países, lo cual afectará a las exportaciones de los países desarrollados, como el nuestro. Es verdad que a lo mejor no exportamos mucho a ninguno de esos países, pero no importa. Exportamos a otros países, cuya demanda sí puede depender de lo que vendan a los primeros. En este mundo globalizado e interdependiente no cabe hacerse ilusiones al respecto.

Vengo señalando que la economía española ha entrado en una recuperación, basada en un modelo exportador, que está más amenazada por problemas externos que por desequilibrios internos. En otras palabras, somos muy vulnerables a lo que está pasando. Habrá que estar atentos a cómo se desenvuelve la cosa. Que no nos pase nada.

miércoles, 22 de enero de 2014

Sobre el alcance histórico de la crisis económica

He podido contemplar el video de una conferencia dada recientemente por Juan Carlos Monedero con ocasión del lanzamiento, conjuntamente con Pablo Iglesias, de la plataforma política PODEMOS. A Pablo no tengo el gusto de conocerlo pero a Juan Carlos sí, desde que él era estudiante y yo un joven PNN, y a partir de entonces he seguido su carrera con mayor interés, sin duda, que él la mía. Le tengo simpatía y admiro el coraje con que ha defendido, por ejemplo, el chavismo en los medios de comunicación españoles. En la conferencia que menciono dijo cosas en las que coincido con él y otras en las que disiento radicalmente. Entre las primeras, y es algo crucial, que hay que reivindicar la política a pesar de los políticos al uso. Es, sin embargo, a las segundas a las que dirigiré mi atención en este momento.

Dice Juan Carlos que estamos en una crisis "de civilización" y la importancia de las connotaciones de esta frase parece justificar el paso que han dado con su plataforma. Podría estar yo de acuerdo en eso, y en seguida aclararé este extremo; pero donde no puedo seguirle de ninguna manera es en la inferencia de que dicha crisis además, o en la estructura profunda, es la crisis final del capitalismo. Por suerte o por desgracia, no. Entiendo que su posición parece más fácil de argumentar que la mía, toda vez que cualquiera puede ver que estamos en una crisis económica de dimensiones planetarias (¿y qué otra cosa es el capitalismo que el modo de producción dominante a escala planetaria?) y que acabo de aceptar que la crisis es de civilización. Sumas dos y dos y resulta cuatro.

Me temo, sin embargo, que Juan Carlos y quienes como él razonan, bastantes en esta crisis, incurren en un error producto de confundir sus deseos con la realidad. Comprendo que son muchos los que denostan el capitalismo, y no seré yo quien pretenda hacerles cambiar de opinión. Realmente, el capitalismo en esta hora deja mucho que desear; en nuestro país, sin ir más lejos, no puede dar empleo a casi seis millones de parados, ni puede dar empleo a la mayoría restante más que con salarios insuficientes, ni garantiza las pensiones, la educación de calidad para todos, ni la sanidad gratuita. Está en su lógica que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres (Marx llamó a eso "ley de la miseria creciente del proletariado"), y, para colmo, la democracia política construida sobre su base económica parece consustancial a la corrupción. Entonces, ¿por qué digo que la crisis económica no es, ni puede ser la crisis final del capitalismo? Para explicarlo, diré en qué sentido entiendo la crisis de civilización.

La crisis de civilización es, en realidad, un conflicto de civilizaciones. Diversas civilizaciones (la budista-confuciana, la hinduista, la islámica, las indígenas americanas de origen precolombino, las animistas africanas) habían coexistido durante siglos, en un plano subordinado, con la principal, la cristiano-occidental. Pero ésta perdió su protagonismo con el fin de la Guerra Fría (en sí misma, un conflicto inherente a la civilización occidental). Pero, con la llamada globalización, las restantes civilizaciones han pasado a reclamar un papel protagonista acorde con sus dimensiones demográficas y su pujanza económica; el recurso al capitalismo más salvaje por un régimen comunista, como el chino, por ejemplo, no puede entenderse más que en el marco de una civilización no occidental. Pese a lo supuesto por Huntington, el choque de civilizaciones no ha pasado, ni previsiblemente pasará, de la fase dialéctica porque ésta no es más que la primera fase de lo que, más que una crisis de civilización, es una verdadera crisis de civilizaciones, pues todas pugnan por hacerse un lugar en el espacio dejado por el retroceso, ya irreversible, de la civilización occidental. La excepción en este proceso es el integrismo islámico, precisamente porque busca en una vuelta al pasado la salida a esa crisis, que las restantes civilizaciones buscan en una fusión tendente al surgimiento de una verdadera civilización universal, la primera en la historia de la humanidad que no busque imponer a las demás elementos particulares, y que por fuerza tendrá que empezar siendo eminentemente ecléctica y respetuosa con todos los particularismos. En ese proceso de fusión, por ahí llamarlo, que puede prolongarse durante décadas y alargarse más allá del siglo XXI, el único elemento verdaderamente universal, el lenguaje común de la humanidad, es el capitalismo. El capitalismo es el único lenguaje que entienden igual los chinos que los norteamericanos, los rusos que los europeos occidentales, los latinoamericanos que los japoneses y surcoreanos. ¿Que es un lenguaje imperfecto? Sin duda. ¿Que llegará el día en que haya que reemplazarlo por otro capaz de expresar todas las realidades humanas y no sólo las de la necesidad y la ambición? Es muy probable. Pero, en tanto llega ese día, pretender ver el fin del capitalismo a la vuelta de la esquina es condenarse uno mismo a razonar dentro de los parámetros de la civilización occidental, como si ésta pudiera continuar dictando sus términos al resto de las civilizaciones.

Entonces, ¿la actual crisis económica qué alcance histórico tiene? En mi opinión, la actual crisis económica, en su origen y falta de solución hasta la fecha, tiene el alcance de una crisis de reajuste de los centros de decisión a escala mundial. El occidentalizado bloque Estados Unidos-Europa-Japón definió las estructuras de poder internacional a su entera conveniencia tras la crisis del petróleo, en los años 80 del siglo pasado; es decir, a la conveniencia de una de cada siete personas que habitan el planeta. Desde entonces, esas estructuras de poder, radicadas en Frankfurt, Londres, Nueva York y Tokio, han permitido utilizar el ahorro de las seis restantes para financiar no sólo la inversión, sino también el consumo de ese séptimo de privilegiados. La crisis de 2007-2008 vino a decir con claridad que semejante arreglo era insostenible, pero todavía nadie ha venido a proponer ningún otro. Sea lo que sea que venga después, tendrá que situarse dentro del capitalismo, pues de otra forma sólo se construirá una Babel que haría inviable la coexistencia pacífica entre las naciones.

martes, 8 de octubre de 2013

Cataluña independiente: el problema financiero

Resuelta la cuestión constitucional sobre el derecho a decidir, a favor del mismo, por el brillante artículo de Javier Pérez Royo aparecido esta semana en El País, queda por dilucidar cuáles serían los efectos económico-financieros de una consulta que resultara en apoyo mayoritario a la independencia. En ese orden de reflexiones hay que distinguir entre los efectos en Cataluña y los efectos en España.

En cuanto a lo que ocurra en Cataluña, una vez proclamada la independencia, no debemos preocuparnos demasiado. Será su problema, no el nuestro. No están de más, sin embargo, unas palabras. Los independentistas se las prometen muy felices porque podrán ahorrarse unos 16.000 millones de euros al año que, según ellos, pierden sin contrapartida en concepto de "déficit fiscal" impuesto por España. Parece que llaman así al hecho de que Cataluña en su conjunto paga más en concepto de impuestos de los que recibe en inversiones y otros gastos realizados por el gobierno central. No discutiré el concepto, porque me parece evidente que una de las funciones del Estado es redistribuir; incluso la futura Hacienda catalana distribuirá, y así no podrá evitar un "déficit fiscal" de Barcelona, favorable, digo yo, a las comarcas del sur de Lérida, por ejemplo. El problema no es que haya déficit fiscal; el problema es que no se quiere que beneficie a Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha. Más claro, agua. Pero, con todo, Cataluña tendrá un ahorro. ¿Qué harán el eminente Andreu Mas-Collell y el no tan eminente pero más influyente Xavier Sala-i-Marti con ese dinero? Seguramente, lo que pide ortodoxia económica, a saber, reducir impuestos, amortizar deuda y, si queda algo, invertir para reanimar la economía que tan maltrecha han dejado los austeros manejos del primero de esos personajes. Un momento; buena parte de su deuda la tienen con España, que en los últimos años se ha hecho cargo del déficit financiero de Cataluña, incapaz de acudir por sí sola a los mercados. ¿Devolverá la Cataluña independiente la deuda que tiene contraída con España? No, desde luego, si los españoles nos ponemos tontos; sí, a lo mejor, en un rasgo de magnanimidad, si accedemos a cuestiones que a los catalanes les parecen obvias, como que el Barça continúe jugando en la Liga española, a pesar de todo. Con razón deben de pensar estos tipos que nos tienen cogidos por los mismísimos.

El previsible resultado de la secesión no podría, por tanto, presentarse mejor para los independentistas, toda vez que la separación de bienes, como quien dice, estará para Cataluña limpia de polvo y paja. Concretamente, no esperan tener que cargar con un euro de la deuda contraída por España en los mercados. ¿Por qué habrían de hacerse cargo de nada de eso? Ellos a lo sumo reconocerán la deuda que tienen con España; pero de la deuda de España con otros, nada. Si habido mala gestión financiera en el gobierno central, y de resultas de esa gestión España se ha endeudado, es problema de España, no de Cataluña. Además, no podrían hacerse cargo de un solo euro de esa deuda aunque quisieran. Veamos. España está a punto de deber algo así como un billón de euros; Cataluña representa algo así como el 20% del PIB español; supongamos, por tanto, que 200.000 millones de euros de deuda soberana de España se convierten en deuda soberana de Cataluña. Uno de cada cinco euros, en números redondos. ¿Qué euros, es decir, que acreedores de España pasarán a ser acreedores de Cataluña? Es un problema sin precedentes, y para el que los mercados no tienen solución. Para los independentistas seria estupendo soñar con que los acreedores se rifarían el pasar a acreedores de Cataluña, y es muy probable que sucediera así, toda vez que España entraría en default ("bancarrota", para los legos) de forma inmediata. De casi un 100% de deuda sobre el PIB, España pasaría a un 125%, lo que, dadas las brillantes perspectivas de crecimiento del gobierno Rajoy, supondría el default inmediato. La bancarrota de 800.000 millones de euros supondría, en 2013, un cataclismo global dedimensiones al menos equivalentes a la bancarrota, por una cifra considerablemente menor, de Lehman Brothers en 2008. No sé si el Banco Central Europeo, si la Unión Europea, si el Fondo Monetario Internacional, si la troika en pleno, si... No quiero hablar de más, pero alguien impedirá la secesión de Cataluña.

Por eso digo que, aunque mis simpatías están con Cataluña, la independencia no toca. Ahora bien, hágase la consulta y salga el sol por Antequera.  

sábado, 6 de julio de 2013

Por qué suben las Bolsas con las palabras de Draghi... y quién lo paga


El pasado jueves se asistió a un espectáculo un tanto insólito, aunque no inédito. Lo habíamos visto ya en agosto del año pasado. En una situación económica cuyo horizonte está poblado de nubarrones, en este caso por el temor de los mercados a que la Reserva Federal retire sus estímulos monetarios (la llamada QE, siglas de Quantitative Easing o inyección de liquidez mediante compras directas de activos de renta fija en el mercado secundario), Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, se descolgaba con una no tan velada promesa de que el BCE podría pasar a sustituir a la Fed. En otras palabras, vino a decir que si la Fed suspende su política, el BCE la pondrá en práctica; es decir, la política continuará ahí. La reacción de los mercados fue de verdadera euforia. El Ibex-35, índice del mercado continuo de la Bolsa española, subió nada menos que un 3%, la segunda subida más fuerte del año.

Con la QE pasa algo curioso. En la reunión semestral del Banco Internacional de Pagos (BIS, en las siglas inglesas), de Basilea, de diciembre del año pasado, es decir, hace poco más de seis meses, los banqueros centrales de todo el mundo estuvieron de acuerdo en que la QE no supone un estímulo suficiente para relanzar la actividad económica «real». Lo que hace es inflar una espectacular burbuja bursátil; de ahí la diferencia entre la evolución de la Bolsa norteamericana y las europeas. Pero, poco después, se ha empezado a constatar que la economía estadounidense va apreciablemente bien; se cree que EEUU está saliendo de la crisis. Nadie echa las campanas al vuelo, porque una cosa así ya se creyó en el verano de 2009, y luego nada. Pero, como hay cierta probabilidad de que EEUU se ponga a «tirar» de las demás economías, Bernanke, presidente de la Fed, ha dicho que si la cosa continúa, él retirará los estímulos. De ahí la incertidumbre actual. Hasta ahora, la Bolsa norteamericana ha dado mucho dinero a ganar. Ahora empieza a crearse empleo y, si continúa, la retirada de los estímulos hará que ganen los agentes que operan en la economía real y no tanto los que operan en la economía financiera. Y los mercados financieros se resienten de la perspectiva. Pero ahí está el bueno de Draghi para tranquilizarlos.

¿Por qué dicen Bernanke y Draghi lo que cada uno de ellos dice? Bernanke sabe que lo único que la QE hace es llenar los bolsillos de los operadores con mayor apetito por el riesgo, o sea, los especuladores. Al hacerlo, ellos gastan; no en proyectos de inversión, que carecen de viabilidad cuando la economía real está parada, sino en compras de consumo. Lo cual hace subir el IPC. La inflación estadounidense en mayo de 2013 está en el 1,36%. Lo cual no es una gran cifra, pero Bernanke sospecha que, de no haber QE, sería negativa, es decir, deflación, que es lo peor en su concepto (y también en el mío: en esto estamos de acuerdo); el dato de que la remuneración por hora trabajada haya caído un 3,4% en el primer trimestre del año, lo que supone una pérdida real de poder adquisitivo de los salarios del 5,2%, refuerza la idea de deflación. Por eso, Bernanke dice que va a retirar los estímulos si la reactivación se confirma, no que los retira inmediatamente. Y la lógica está clara: si continúa una política que llena los bolsillos de los especuladores a costa de hacer perder poder adquisitivo a los agentes que operan en la economía real, esa redistribución de la renta actúa como un estímulo negativo a la creación de riqueza y puede frustrar la propia reactivación.

¿Y por qué dice Draghi lo que dice? Esto ya es menos claro. Aparentemente, la zona euro se está quedando sin opciones. La austeridad queda bonita sobre el papel de los libros de cuentas, pero ha conseguido parar la economía europea casi por completo. Incluso Alemania empieza a verse afectada. Sin embargo, los políticos europeos se resisten a dejar la austeridad. No porque les parece buena; tontos no son. A ellos el desempleo les hace daño electoral, o eso creen. No, no cambian la austeridad por otra política porque no tienen otra política. Otra política, quiero decir, que resulte creíble después de años de machacar a los europeos con las bondades de la austeridad. El about face, que dirían los ingleses, es bastante, bastante complicado.

Entonces, ¿qué? Draghi supone no hay nada que hacer hasta las elecciones alemanas de septiembre. Y supone bien, según todos los indicios. Pero si los políticos siguen mareando la perdiz, como acostumbran, él opina que tiene una responsabilidad y trata de ejercerla como mejor puede. Sabe que lo que dijo en agosto de 2012 sobre una oscura política llamada OMT, que nunca ha tenido que utilizar, salvó a España del rescate, y con ella a toda la zona euro. Ahora vuelve a probar suerte. Vaya, que ha aprendido a gestionar hábilmente las «serpientes de verano». Si las Bolsas continúan subiendo y las primas de riesgo bajando, puede que con las palabras baste y no necesite hacer nada más. Además, sólo si Bernanke retira los estímulos él tendrá que activarlos. A menos que los mercados se pongan exigentes, lo cual dependerá de las expectativas generales de la economía global.

Pero, en todo caso, parece claro que Draghi está reconociendo que Europa va dos o tres años por detrás de EEUU. En el mejor de los casos, la «locomotora» norteamericana tirará de los «vagones» europeos y las medidas excepcionales del BCE podrían suspenderse a poco de activarse. En el peor, todo seguirá igual y lo mismo la Fed que el BCE tendrán que, respectivamente, continuar con y enfangarse en las susodichas medidas de estímulo monetario, llenando los bolsillos de los especuladores a costa del poder adquisitivo de trabajadores, empresarios y pequeños ahorradores.



miércoles, 12 de junio de 2013

Pensiones


Ya tenemos otra vuelta de tuerca en torno al sistema público de pensiones. La reforma de 2011, del gobierno socialista, que endureció los requisitos de percepción y alargó la edad de jubilación, hoy no parece suficiente. La propia Comisión Europea ha reclamado más actuaciones en ese campo. Y cabe preguntarse, ¿por qué? ¿Es que esto no va a terminar nunca? La respuesta es: No, no va a terminar; al menos por ahora.

Cuando se entra al fondo de la cuestión, se aprecia lo indeleble de los argumentos «técnicos». Se nos dice que hoy se vive más tiempo; si se trabaja lo mismo, parece evidente que lo que se cotiza no puede dar para lo que luego se percibe. Parece, pero no es así. Un sistema público de pensiones no puede ser juzgado con los criterios de un fondo privado, aunque aparentemente sirvan para lo mismo. El fondo privado de pensiones se va nutriendo de contribuciones voluntarias, que se invierte en activos financieros que producen una rentabilidad, y con arreglo a esa rentabilidad se va pagando las pensiones de los que se retiran. Si los beneficiarios se retiran antes, o viven más, está claro que hará falta mayor rentabilidad, o una pensión menor, para compensar la diferencia. O retirarse más tarde. Éstas son las soluciones que se ofrecen, igualmente, para el sistema público. Pero, ya digo, no hay término de comparación.

Un sistema público y un fondo privado sólo tienen en común una cosa: que existen para pagar pensiones a los jubilados. Todo lo demás, la lógica con la que obtienen recursos y los emplean, así como las soluciones a los problemas que presentan, son enteramente distintos. Para empezar un fondo privado se basa en la capitalización de las aportaciones, mientras que un sistema público se basa en la lógica de redistribuir renta de los activos a los jubilados. En el sistema público español, no hay capitalización que valga; lo que hay es que los empleados pagan con parte de su salario las pensiones de los jubilados. Parece que la contribución la hacen al alimón empleador y empleado, pero no. Al empresario, que suele hacer bien sus cálculos, le da lo mismo pagar el salario que paga a los empleados y la pensión a los jubilados; para él lo que va en nómina y lo que se queda la seguridad social es un todo indiferenciado: coste laboral. Si contrata al trabajador es porque le compensa, comparativamente a lo que el trabajador produce. Y si exige rebajar la contribución social y no tanto el salario, es (aparte de su propia obnubilación sobre el supuesto carácter de «capitalización» del sistema) porque los jubilados son un oponente más débil que los sindicatos. Ahora bien, una parte de eso la ingresa a la seguridad social y todavía otra parte de lo que va en nómina se detrae de los ingresos del empleado y se ingresa, igualmente, en la caja de la seguridad social. Conjuntamente ambas cotizaciones, llamadas del empleador y del empleado, pero que son una sola: salario indirecto del trabajador, sirven para pagar las pensiones de los jubilados.

Está claro que cuando los cotizantes son muchos y los perceptores pocos, hay dinero para pagar pensiones de banquero o, si eso se estima inconveniente, para financiar otras cosas. Eso ocurrió en España desde 1947, fecha en que se reorganizó el Instituto Nacional de Previsión. Entonces, la gran mayoría de los cotizantes eran jóvenes; había, comparativamente a las incorporaciones, pocos retiros. El sistema nadaba en liquidez, y con esa liquidez se financió la creación del sector público empresarial español (el INI). Cuando el INI empezó a financiarse solo, en todo caso suplementado por subvenciones a fondo perdido del Estado, el superávit financiero del sistema público de pensiones, integrado en la caja única de la seguridad social, sirvió para financiar la sanidad pública de este país. Eso ocurría a comienzos de la democracia. Luego, la expansión de los beneficios sanitarios y el progresivo envejecimiento de la población determinaron que el sistema no pudiera financiar ambas cosas, pensiones y sanidad, con lo que ésta última empezó a depender de los presupuestos generales del Estado, como antes le había pasado al INI. El traspaso de competencias sanitarias, del Estado a las comunidades autónomas, marca el fin de esa época. Entonces, hacia mediados de la década de los noventa del siglo pasado, empezó a cundir la preocupación de que el sistema llegara a ser incapaz, incluso, de pagar las pensiones. Pero el gran crecimiento de la burbuja inmobiliaria, con el efecto llamada ejercido sobre cinco millones de inmigrantes, volvió a «rejuvenecer» el sistema, por así decirlo, y a fortalecer nuevamente las bases del sistema de reparto. Hasta el punto de que se generó un nuevo superávit, que se materializó en la creación del Fondo de Reserva.

Ahora estamos en una crisis en la que se ha perdido más de tres millones de puestos de trabajo mientras el número de jubilados, por efecto de la mayor esperanza de vida, no ha dejado de crecer. Es natural que vuelvan a surgir dudas sobre la sostenibilidad del sistema. Pero la solución está en volver a crecer, no en degradar el sistema. Los gobiernos que meten mano al sistema, para degradarlo, escurren el bulto de sus propias responsabilidades en cuanto al crecimiento de la economía española. Incurrió en esa dejación de responsabilidades el gobierno de ZP, y parece a punto de incurrir en ella el de Rajoy. Este tema, quizá más que ningún otro, habla de la escasa calidad técnica y política de los gobiernos que nos han tocado en esta crisis.

Pero ¿y la Comisión Europea, y de rechazo, la troika entera? ¿Por qué piden la reforma del sistema público de pensiones español? La respuesta es: por razones que tienen poco que ver con los problemas de fondo de ese sistema. En parte, hay un problema ideológico. Se ha instalado en Europa la idea de que el Estado de bienestar es inviable, y las pensiones públicas son una parte fundamental de ese sistema; con ello, hay mucho negocio potencial para las aseguradoras, promotores privilegiados de los fondos privados. En parte, también, hay una preocupación a corto plazo por la fragilidad de la situación financiera de España. Abundando en lo que señalaba en la entrada anterior de este blog (“Economía política de Rajoy”), la troika está convencida de que hay que mantener una continua dramatización de las reformas estructurales para mantener entretenido al público del gran teatro de los mercados globales. Ahora toca pensiones sencillamente porque el año pasado se metió mano al mercado laboral, la sanidad y la educación (todos ellos, pilares fundamentales del Estado de bienestar). Cuando la nueva reforma de las pensiones esté completada, si Rajoy no nos ha sacado de esta precariedad financiera en que nos metieron ZP y él, se tratará de darle nuevas vueltas de tuerca a lo que ahora parece resuelto. Y, así, sin final a la vista.