miércoles, 22 de junio de 2016
El referéndum británico
martes, 6 de enero de 2015
Grecia y el euro
Hace pocos días, distintos portavoces alemanes daban a entender que la salida de Grecia del euro era una opción a considerar. Ayer fue día de desmentidos. Por mañana, la Comisión Europea dijo que la pertenencia al euro es irrevocable; por la tarde, varios analistas internacionales destacaban que Alemania no puede darse el lujo de perder a Grecia, puesto que si la deuda griega en manos de bancos alemanes ha caído a 23.000 millones de euros, la parte de Alemania en los préstamos de instituciones comunitarias a Grecia como consecuencia de sus repetidos rescates asciende a 77.000 millones: total, 100.000 millones redondos. Son cifras importantes, aunque quedarse en ellas es perder de vista lo crucial en esta situación.
Cuando se dice, como ahora, que la salida de Grecia del euro comportaría también su abandono de la Unión Europea, lo que no podría hacerse sino a petición de los propios griegos y con el voto unánime de los países miembros, se enuncia lo que quizá es una verdad jurídica. Pero ya estamos hartos de ver lo que se hace con el Derecho en situaciones de emergencia. Con Grecia se han cometido tropelías que hace una década habrían parecido impensables. A España se la obligó por el Banco Central Europeo a hacer una reforma constitucional exprés (la del art. 135, que bendice todos los recortes habidos y por haber) con acuerdo de los grandes partidos y sin contar para nada con el pueblo. De manera que no se nos venga ahora a decir lo que se puede y lo que no se puede legalmente hacer u obligar a hacer en horas 24 dentro de la Unión Europea.
Lo segundo es que cada toma de posición puede significar varias cosas, y ahora mismo la situación es tan fluida que aferrarse a cualquier dato es tanto como arriesgarse uno a cometer errores de bulto en el análisis. Es evidente, al punto a que han llegado las cosas, que Alemania estaría más tranquila con Grecia fuera del euro aunque dentro de la Unión Europea. El argumento de Syriza de que se le tiene que condonar a Grecia tanta deuda como se le condonó a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial empieza a ser algo más que molesto; Tsipras y los suyos parecen dispuestos a echar un verdadero pulso a la élite dirigente alemana sobre bases morales. Y faltaría más que en esta Europa que empieza a ser alemana las cuestiones de poder se dilucidaran con arreglo a criterios morales. Alemania dejaría de ser Alemania. Por tanto, si hace falta echar a Grecia se la echa. No serán las barreras legales las que lo impidan, sino en todo caso consideraciones de la Realpolitick germana.
El otro asunto es el pronunciamiento de la Comisión Europea. ¿A qué viene decir ahora que la pertenencia al euro es irrevocable? Todo el mundo sabe que eso depende del funcionamiento de la zona euro como una zona monetaria óptima, lo que hasta ahora no se ha dado demasiado bien que digamos. Harían falta reformas que a juicio de la propia Comisión Europea no se están acometiendo en Grecia, ni en Portugal, ni en España, ni en Italia. Mientras Grecia se resista, España e Italia se resistirán también. En 2012 este tira y afloja casi desencadenó la ruptura del euro. Si vuelve un pánico de esas características, la propia Comisión Europea dirá donde dije digo, digo Diego. ¿Y puede volver el pánico? Depende de cuánto estén dispuestos a tensar la cuerda los griegos. Es decir, la pescadilla que se muerde la cola. O el nudo gordiano, como decían los antiguos; nudo gordiano que, dicho sea de paso, Alejandro Magno cortó - como se sabe - de un tajo de su espada. Y en eso estaban los alemanes la semana pasada: dispuestos a cortar el nudo gordiano de la situación. Que la Comisión Europea venga hoy con la simpleza de decir que aquí no va a pasar nada es como para que estén diciendo por lo bajini: "No pasará nada, suponiendo que los griegos den su brazo a torcer, que naturalmente lo darán porque son buenos chicos". Si se profundiza más en la cosa, caben diversas interpretaciones. Y la mejor no es, desde luego, decir que la Comisión Europea ha salido al quite de los griegos, como si dijéramos para protegerlos de los abusos germanos; Jean-Claude Juncker no ha llegado a presidente del Eurogrupo, primero, y de la Comisión Europea, ahora, defendiendo al más débil. No. La interpretación menos mala es que la Comisión Europea ha querido poner un contrapunto decoroso a la brutalidad alemana; vaya, hacer de poli bueno en contraste con el poli malo. Ahora falta que los griegos se traguen el anzuelo.
Pero esa interpretación, con ser ominosa, no es en modo alguno la peor. Pongamos que es verdad que Alemania ha recapitulado y admitido las conclusiones de un muy citado informe de la Bertelsmann Stichtung, de 2013, según el cual Alemania ganará 1,2 billones de euros por su pertenencia a la Unión Monetaria en los doce años hasta 2025 o un 0,5% de su PIB, a razón de 100.000 millones anuales. Frente a eso, los 100.000 millones en juego en Grecia son una bonita suma, pero insuficiente para echarlo todo a rodar. Y es que se si expulsa a Grecia, habrá que terminar echando a Portugal, España e Italia, pues todas entorpecen el funcionamiento de la zona monetaria óptima previsto por la teoría que fundamenta el euro. La Fundación Bertelsmann subraya que incluso aunque hubiera quitas del 60% de la deuda que tienen con Alemania los cuatro países, el impacto sobre el PIB alemán seguiría siendo insuficiente para justificar la rotura de la baraja. Los moderados, entre los que se cuenta el SPD, partido socialdemócrata miembro de la coalición en el gobierno alemán, aconsejan negociar.
Lo que la Fundación Bertelsmann no dice es lo que cuesta a Alemania el imperfecto acoplamiento de la periferia sur de Europa a la Unión Monetaria. Si, funcionando tan mal como funcionan esos países, incapaces de reducir sus tasas de paro y restablecer sus mercados para absorber muchos más productos alemanes, Alemania ganará 1,2 billones de euros en los próximos doce años, ¿cuánto no ganaría si los mismos países hicieran las reformas necesarias para funcionar correctamente? Ésta es la pregunta que se hacen muchos alemanes. El reciente establecimiento de la Unión Bancaria da nuevas armas a Alemania para reforzar su control económico del Continente con vistas a imponer tales reformas y esas armas, que permanecen inéditas, acaso se puedan utilizar mejor con un país de fuera que con uno dentro del euro. La razón estriba en que un país dentro del euro siempre recibirá cierto apoyo del Banco Central Europeo (y sabemos que este asunto ha creado tensiones entre Draghi y el Bundesbank), aparte que de la forma en que ven los alemanes las cosas el mero hecho de no contar con la política monetaria ayuda a los más torpes al quitarles de las manos herramientas con las que se harían daño. Si Grecia o, para el caso, España salen del euro no dejarán de hacer burradas con sus recuperadas monedas, o eso creen los alemanes, de manera que será inevitable tener que rescatar sus bancos mediante el Mecanismo de Estabilidad Europeo, fondo que podrá expropiarlos o liquidarlos con facilidad. Sin crédito o con el crédito racionado la situación empeorará de tal forma que la población se dividirá y la intervención europea, ahora vista como una injerencia en la soberanía por muchos, pasará a ser vista como salvadora por la mayoría. Los países de la periferia sur de Europa, por mucho que dispongan de su propia moneda, con la economía hundida en el marasmo, la sociedad dividida y sin banca solvente, tendrán que hacer la reformas que se les exige o hundirse en la anarquía. Ésta puede ser la opción que baraja la CDU-CSU, el partido de la canciller Merkel. Sería demasiado arriesgado descartarlo.
Y todavía cabe una tercera posibilidad, intermedia entre las dos señaladas y en torno a la que podría estar fraguándose un consenso entre Alemania y la Comisión Europea. Quizá se está sopesando la potencia de las armas que ofrece la Unión Bancaria. Tal vez son lo suficientemente potentes como para dejar la soberanía nacional en papel mojado sin necesidad de expulsar a nadie del euro. En Europa, la financiación del déficit público depende de los bancos; antes de la crisis, los bancos de todos compraban la deuda de todos; ahora sólo los bancos nacionales compran la deuda de cada país, pero la siguen comprando a cambio de la promesa de rescatarlos (o negociar su rescate en Europa) si las cosas se ponen feas. Así, bastaría con llevar las cosas a un paso antes del límite; sólo suspender la financiación de la troika durante el tiempo suficiente como para que la prima de riesgo se dispare. Los bancos griegos, que adquieren la mayor parte de la deuda de su país, verán gravemente afectados sus balances; el Mecanismo de Estabilidad Europeo tendrá que intervenir esos bancos. Con los bancos intervenidos, el gobierno de Atenas no podrá sacar deuda pública a subasta si no lo consienten Bruselas, Berlín y Fráncfort; sin recursos frescos el gobierno no podrá pagar a sus funcionarios y tendrá que claudicar. Quizá el gobierno griego opte antes por sacar a su país del euro, como quien dice a la desesperada. Ningún problema: eso revertirá la situación al segundo supuesto. Las reformas se harán sí o sí.
Es la facilidad que ofrece la Unión Bancaria de intervenir los bancos griegos, y con ello de cegar las fuentes de financiación del déficit público de ese país, lo que constituye la verdadera novedad de esta situación con respecto a todo lo anterior.
domingo, 9 de febrero de 2014
El constitucional alemán, contra el euro
¿Qué es lo que hace ver la botella medio llena o medio vacía? Más aún, ¿qué hace que una botella que está casi llena la veamos medio vacía? Durante el pasado viernes, 7 de febrero, las instituciones comunitarias, los medios de comunicación y gran parte de los observadores estuvieron en un sí es no es por dejarse arrastrar del pánico. La causa la había proporcionado a primera hora el tribunal constitucional alemán, al pronunciarse sobre las operaciones llamadas OMT de compra de bonos por el Banco Central Europeo, cuyo solo anuncio había traído paz a los mercados en el atribulado verano de 2012, cuando incluso se vislumbraba el colapso del euro. El viernes, los mercados reaccionaron inicialmente a la baja para luego invertir el movimiento y acabar ganando, concretamente el Ibex-35, algo más del 1%. Pero las instituciones y los medios estuvieron agitados todo el día, y hasta el propio BCE se pronunció defendiendo la legalidad de sus políticas, y el ministro español de Economía se apresuró a apoyarlo.
En la entrada anterior a ésta reproduje la parte crucial de la sentencia, donde el constitucional germano desgrana sus dudas. Al parecer, éstas sentaron mal. Vivimos una época en que el Poder (así, con mayúscula, como si fuera de naturaleza divina) no soporta no ya la menor crítica, sino la menor duda; es, en palabras de una política española, "esto o la nada". El constitucional alemán se declara incompetente para decidir acerca de la demanda de inconstitucionalidad en Alemania de la política del BCE. Esto tampoco gustó, al parecer; ese alto tribunal tendría que haberse pronunciado por la plena constitucionalidad de la cosa. En España, es lo que nuestro constitucional habría hecho, a plena satisfacción del Poder. ¿Pero saben a mí lo que me parece que ha hecho el tribunal alemán? Ha dado una prueba de su independencia. El efecto jurídico es idéntico, pero se abstiene de lamer las botas del Poder. Y remite la causa al tribunal europeo de Luxemburgo: ¡Oh, qué peligro!, cuando todo el mundo conoce que la sentencia del tribunal europeo está cantada. ¿Pero saben lo que mí me parece esto, con independencia de que el fallo del europeo esté cantado o no? Una prueba de europeismo. El tribunal alemán constata, de una forma práctica y enormemente efectiva, que el sistema judicial europeo ha quedado profundamente transformado, de forma que ya no puede considerarse a sí mismo como última instancia. Algo que somos incapaces de entender en España, cuando se crítica a los jueces por ejecutar de inmediato, por ejemplo, el reciente fallo europeo sobre la doctrina Parot.
Hasta aquí, la botella está llena al 75%. Veamos ese pequeño espacio que el tribunal constitucional alemán ha dejado medio vacío. La remisión del caso al tribunal europeo el alemán la razona con diversos argumentos hipotéticos, haciendo, como quien dice, de "abogado del diablo" pero también lo contrario; avanza en la deliberación del caso. Entiende que hay una interpretación amplia de las medidas OMT y otra restringida, y se pronuncia claramente por la restringida. Incluso reconoce que las declaraciones de los responsables del BCE en el proceso y previamente ante el Senado alemán apuntan hacia la interpretación restringida: la compra de bonos es admisible siempre que no se realice a su cargo quitas de deuda (es decir, que el BCE no "perdone" la deuda después de haberla comprado), que se haga con condiciones y no en cantidades ilimitadas, y que se lleve a cabo sin distorsionar los precios "hasta donde sea posible". Todo esto suena muy razonable. ¿Dónde está, pues, el problema? Muy sencillo, en que excluye la interpretación amplia; en que no dice claramente que hay que dejar al BCE hacer lo que le dé la gana.
¿Y saben lo que me parece a mí esta parte del fallo, sin duda la más importante? Que el tribunal alemán está defendiendo la democracia, está defendiéndonos a todos los ciudadanos europeos de las posibles arbitrariedades de un organismo inmensamente poderoso, al que nadie ha elegido democráticamente, y que no tiene que rendir cuentas más que ante sus iguales. Y eso, que el tribunal alemán prevenga implícitamente contra la dictadura del BCE, a la que considera injustificada incluso en situaciones de pánico financiero, es lo que ha puesto nervioso al Poder.
viernes, 7 de febrero de 2014
El tribunal constitucional alemán y el BCE
Párrafo 4d) del fallo:
"En opinión del Tribunal Constitucional Federal, la decisión OMT [Outright Market Transactions, compra de bonos en el mercado por el Banco Central Europeo] no sería rechazable si pudiera ser interpretada o limitada en su validez de conformidad con las leyes vigentes de manera tal que no socavara la condicionalidad de los programas de asistencia del EFSF y el ESM [Fondos europeos de rescate], y fuera realmente sólo un apoyo de las políticas económicas de la Unión. A la luz del TFEU [Tratado Fundacional de la UE], eso probablemente requeriría la exclusión de quitas de deuda, que la compra de bonos de determinados Estados Miembros no se realice en cuantías sin límite, y que se evite interferencias con la formación de precios en el mercado hasta donde sea posible. Las declaraciones de representantes del Banco Central Europeo en el curso del proceso judicial y de forma oral ante el Senado sugieren que tal interpretación de conformidad con la ley vigente sería compatible, con toda probabilidad, con el significado y propósitos de la Decisión OMT".
Si esto no es un apoyo explícito a la estrategia del BCE, venga Dios y veálo. ¿Es que en España nadie se lee los papeles? Nos orientamos sólo por rumores, y así nos va.
martes, 24 de septiembre de 2013
Las consecuencias económicas de la Sra. Merkel
La CDU-CSU de Angela Merkel ha ganado a lo grande las elecciones alemanas, como se esperaba. Los conservadores europeos lo celebran a lo largo y ancho del Continente. Representa la política de derechas que reducirá los gobiernos de la países miembros de la UE a dimensiones sostenibles. Cueste lo que cueste, desde luego. El único problema es que no sabe nada de Economía, pese a lo cual toma distancias de su correligionario Schaubel, que sabe algo del asunto.
Alemania disfruta de un superávit considerable en el comercio bilateral con otros países miembros de la UE. Por comercio, aquí entiendo un superávit tanto en los intercambios visibles como en los invisibles, como el turismo. En términos financieros, un superávit considerable en las cuentas alemanas da origen a un continuo flujo de dinero desde los países deficitarios al país con superávit. En Alemania, la afluencia de dinero crea tensiones inflacionistas. La inflación aterroriza a los alemanes desde 1922-23. Merkel es hábil en contener los precios, y eso explica en parte el apoyo que ha recibido. En tales condiciones, la única manera de ajustar el desequilibrio comercial es deflación en los países con déficit. En teoría, la deflación es un modo eficiente de ajuste. Los precios deben caer, precisamente para hacer la producción interior más competitiva frente a otros países. La herramienta para reducir precios es reducir antes los salarios; de otro modo, las empresas no pueden abaratar su producción sin sufrir pérdidas. La reducción de los salarios reduce al mismo tiempo la renta disponible. Consecuentemente, la recaudación tributaria y la demanda de consumo caen muy deprisa. El gasto público y los precios de muchos de los bienes que consumen los asalariados se reducen también. Los precios de los inputs intermedios y del equipo que usan las empresas siguen a continuación. Al final del proceso, el gobierno es más pequeño y la producción interior es más competitiva. Estupendo.
En realidad, la deflación es una manera grosera de ajustar los desequilibrios comerciales. Si las empresas que producen bienes de consumo adquieren inputs intermedios y equipo de fabricación nacional, todo puede ir bien. En una economía altamente internacionalizada, sin embargo, como es la mayoría de las economías nacionales de la UE, mucho de los inputs intermedios y del equipo viene del exterior. Los productores extranjeros no tienen motivo para reducir sus precios; generalmente, producen para mercados globales y pueden encontrar nuevos clientes si los antiguos no pueden pagarlos ya. En consecuencia, las empresas productoras de bienes de consumo deben recurrir a proveedores nacionales, lo que con frecuencia no resulta factible; por ejemplo, cuando los proveedores habituales eran de alta tecnología. En cualquier caso, los proveedores nacionales serán inexistentes o menos competitivos, lo que transformará a muchas de las empresas productoras de bienes de consumo en escasamente competitivas, a su vez. Gran número de empresas productoras de bienes de consumo cerrará, en vez de bajar precios. Y las empresas que sobrevivan tenderán a reducir el segmento de mercado para el que producen antes que reducir precios. Un efecto perverso pero muy probable es que los asalariados empobrecidos cambien su demanda de bienes de alta y mediana calidad de producción nacional por demanda de bienes de importación de baja calidad. Llamemos a este efecto 'sustitución de producción nacional por importaciones'.
El cuadro definitivo de una economía nacional sometida a deflación será el de una economía compuesta por tres sectores, a saber, 1) los 'exportadores', empresas que compran y venden en mercados exteriores, que no necesitan reducir sus precios y que están en cierta forma desvinculadas de la economía nacional y sus problemas, excepto por los salarios a la baja, que mejoran la competitividad de este sector; 2) un sector productor y distribuidor de bienes de consumo dirigidos a segmentos de demanda de renta alta, que tampoco necesita reducir sus precios (aunque quizá sí su escala de producción), y que está parcialmente desvinculado del resto de la economía nacional y sus problemas, excepto por los salarios a la baja, que incrementan los beneficios de sus propietarios; y 3) un mercado de bienes para asalariados (y parados), en el que una feroz competencia por reducir precios sin pérdidas conduce a una creciente cuota de mercado para las importaciones de baja calidad. La recuperación del equilibrio comercial, y consecuentemente el fin del ajuste, requiere que el creciente superávit comercial del sector 1), unido quizá al decreciente déficit comercial del sector 2), resultado del empobrecimiento de la población, superen al creciente déficit comercial del sector 3). Nada asegura que el equilibrio comercial sea restaurado de esa forma.
La mayoría de quienes apoyan el llamado modelo 'de promoción de exportaciones' ignora la sustitución de producción nacional por importaciones en el mercado de bienes de consumo, que sigue a la reducción de salarios. En el mejor de los casos, ese efecto sustitución hará que el ajuste se prolongue durante largo tiempo; en el peor, convertirá el ajuste en contraproducente. Esa ignorancia contribuye al sufrimiento inútil de millones de personas a todo lo largo y ancho de Europa.
viernes, 14 de junio de 2013
El pacto Rajoy-Rubalcaba
Es sorprendente lo poco que ha llamado la atención que el pacto al que finalmente se ha llegado entre el gobierno y el principal partido de la oposición se haya negociado por teléfono. Y, sin embargo, parece un detalle crucial. Diríase que ambos líderes, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, alcanzaron el acuerdo de forma tan vergonzante que no se atrevieron a ponerse ante los periodistas en rueda de prensa posterior, algo que habría sido obligado de haberse reunido al efecto, con mayor o menor pompa y boato, en La Moncloa o donde fuere.
¿Cuál es, por tanto, el contenido del pacto más allá de la proposición no de ley que van a tramitar en el Congreso, y que cabe concebir como simple carnaza para el consumo de los medios? Aquí sólo se puede formular hipótesis, conjeturas más o menos fundamentadas. Yo avanzo la mía. He apuntado en otro lugar que Rajoy va a este Consejo Europeo a recibir un tirón de orejas de Merkel, y no quiere recibirlo solo; quiere compartirlo con Rubalcaba. ¿Por qué el tirón de orejas? Muy sencillo. Rajoy lleva unos meses hablando más de la cuenta en la escena europea. Se ha «aliado» con todo quisque (sobre todo con Hollande, pero incluso con Cameron y más recientemente con Letta) para decirle a Merkel que hace falta menos austeridad y más crecimiento; que se necesita «más Europa» (y, lógicamente, menos Alemania), lo que traducido en términos prácticos quiere decir Unión Bancaria; y que, en definitiva, España quiere pesar más de lo que pesa. Todo esto, que ha parecido muy razonable, «de sentido común», como al bueno de don Mariano le gusta decir, de repente se ha convertido en charla de lo más inconveniente desde el momento en que ha saltado a los medios que el tribunal constitucional alemán podría invalidar la política del BCE de compra de deuda soberana, técnicamente llamada OMT. Puede que lo haga, aunque lo previsible es que no; pero podría, y esa simple posibilidad revela que la famosa recuperación de la economía española, tan cacareada en los últimos tiempos, tiene los pies de barro, pues se asienta en las declaraciones de Draghi de agosto de 2012, donde enunciaba esa política, y podría venirse abajo con sólo que el tribunal constitucional declarara dicha política incompatible con la Ley Fundamental alemana. Véase, a modo de botón de muestra, la evolución de la prima de riesgo esta misma semana.
Desde que trascendió que el tribunal alemán se ponía a la tarea de estudiar el caso, este mismo lunes, Rajoy se dio cuenta de que su suerte se encuentra por entero en manos de Merkel y la influencia que la canciller pueda ejercer sobre aquél, en un sentido u otro. Y eso, en un complicado año de elecciones en Alemania. Ahora, la cuestión es que Rajoy tiene que ir al Consejo a mendigar después de haber despotricado, y eso se le hacía muy cuesta arriba a nuestro buen presidente. Ha querido hacer un gesto de decir: «Yo, en realidad, soy ese alumno aplicado que todos admiran; lo que pasa es que me pierden las malas compañías». Y ahora se presenta con esa mala compañía, sólo para que Merkel le diga: «Rompe con ella». De modo que se trata de un pacto destinado a romperse… si Merkel vuelve a ganar las elecciones. Si no las gana, el pacto servirá a Rajoy de aval ante los correligionarios de Rubalcaba en Alemania, la socialdemocracia, que sería la ganadora en ese caso.
Pero ¿cuál es el contenido del pacto, qué se han prometido mutuamente Rajoy y Rubalcaba, aparte de presentar una voz común en Europa? A mi modo de ver, sólo una cosa: Rubalcaba ha prometido no continuar haciendo sangre con el tema del desempleo y Rajoy ha prometido aparcar el tema de las pensiones, que de continuar adelante demostraría la inoperancia del PSOE. Puede que haya algún fleco también sobre la corrupción. Pero, y esto explica que el pacto sea telefónico, aparte de ser secreto, únicamente obliga a los protagonistas. O sea, Báñez seguirá entonando loas a la calidad técnica del informe de los expertos sobre las pensiones y SorayaPSOE seguirá atizando en las sesiones de control al gobierno, por más que SorayaPP no alcance a entenderlo. Todo parecerá seguir igual, pero habrá pasado a depender de forma explícita del resultado de las elecciones alemanas de septiembre.
jueves, 25 de abril de 2013
El problema económico de nuestro tiempo
Hemos llegado a un punto en que ya es muy difícil, si no prácticamente imposible, poner en marcha políticas económicas que combatan de una forma clara el desempleo. Por un lado tenemos las reformas, llamadas «estructurales», que tienden a liberalizar los mercados, y muy señaladamente el de trabajo, a reforzar el sistema bancario y a reducir la necesidad de financiación de las administraciones públicas. Tras un periodo de cierto papanatismo, en que los partidarios de estas reformas opinaban que ellas traerían, por sí solas, la recuperación económica (la llamada «austeridad expansiva»), hoy parece haber consenso en que tales políticas, en el mejor de los casos, preparan a la economía para una posterior expansión, capacitándola para aprovechar de una forma más intensa las potencialidades del crecimiento. Incluso si la austeridad mostrara cierta capacidad de estimular el crecimiento a corto plazo, por vía de fomentar un mayor apetito de los inversores por el riesgo, lo que todavía está por ver, ese crecimiento tendrá un recorrido muy corto porque subsisten desequilibrios globales que la austeridad no es capaz de resolver.
Por otro lado, siguen estando quienes – con Paul Krugman a la cabeza – propugnan el aumento del gasto público y/o reducción de impuestos, y con eso el agravamiento del déficit, para estimular el crecimiento. El problema sigue siendo cómo se financia el mayor déficit. Financiarlo con deuda lleva implícita una restricción en el volumen de endeudamiento relativo al PIB, o sea, en la capacidad de soportar el pago de intereses y de devolver la propia deuda. Financiarlo con cargo a la expansión monetaria comporta un disenso considerable dentro de la opinión pública, de la más amplia como de la más experta, disenso que – a mi juicio – lo convierte en políticamente impracticable, al menos a medio plazo.
¿Dónde está, así pues, la solución? No la hay, sencillamente. Los «austericistas» tienen razón en que, en el contexto actual, uno, cualquiera, no debe endeudarse por encima de lo que es capaz de devolver; no la tienen en no ver que, monetizando el déficit y promoviendo la inflación, la deuda se devalúa y cuesta menos pagarla. Ahora bien, vuelven a tenerla en que, si todos los países hicieran lo mismo, el mercado global de deuda se hundiría, y todos (no sólo nosotros) acabarían peor; es preferible que los males no se generalicen. Y vuelven a perderla al tratar el default o impago de la deuda como un acto atroz, según se vio en Argentina hace unos años y se está viendo ahora mismo en Grecia. Esa forma de ver las cosas sólo crea exclusión en el ámbito internacional, pero también hay que entender que si el default no fuera tratado de esa forma, los países sentirían menos pavor y podrían dejarse tentar por la posibilidad de incurrir en él con frecuencia, con lo que, por vía de impago, se llegaría a la misma generalización del mal que más arriba por devaluación de la deuda. Como adelantaba, no hay solución fácil.
Para mí, el principal problema está en una incorrecta visión del mercado de trabajo y su papel en una economía capitalista. Creo que Keynes tenía razón en que los políticos vivos siempre son tributarios de algún economista muerto. Los liberales de hoy lo son en exceso de las teorías de Karl Marx. La idea de que el beneficio empresarial depende, sobre todo en épocas de crisis, de la extracción de lo que Marx llamó «plusvalía absoluta» (rebaja de salarios, aumento de la jornada de trabajo, intensificación de los ritmos de producción) ha calado demasiado hondo. ¿Que se nos dice? ¿Que para salvar la menguada industria textil que nos queda tenemos que llegar a los estándares laborales de Bangla Desh, primer productor textil mundial, con una industria que emplea a más de cuatro millones de trabajadores? ¡No me toquen los güitos! El mismo experimento mental se puede hacer mutatis mutandis con todas las industrias manufactureras, absolutamente con todas; menos con la fábrica de BMW en Spartanburg, Carolina del Sur, Estados Unidos de América, naturalmente. Al final, la variable clave radica en la tecnología. Y es justo la tecnología lo que siempre se queda fuera de las reformas estructurales. Excepto cuando se pone en marcha reformas para promover la educación «de excelencia», de las que hablaré in extenso otro día.
Pero algo habrá que hacer, nos decimos todos. Y aquí es donde entra la flexibilización del mercado de trabajo que propugnan nuestros liberales marxianos. No vamos a salvar el textil pero a lo mejor salvamos el automóvil, y la fabricación de aerogeneradores, y… y… Lo dicen mirando a Estados Unidos, como si copiando el mercado laboral de ese país fuéramos a atraer la inversión de BMW como lo ha hecho Spartanburg. Yo prefiero mirar directamente a Alemania. Me parece que a largo plazo nos trae mucha más cuenta mirar a Alemania. Y lo que veo es un mercado laboral tremendamente distinto, y no tanto por las normas legales (porque sea más fácil el despido en Alemania, que no lo es) sino por las consuetudinarias, o sea, por el comportamiento que asumen como moral los intervinientes en ese mercado. En 2008-2009, cuando aquí el trabajador jugaba a la ruleta rusa con su empleo, o más fácil todavía, se despedía directamente a las mujeres y a los jóvenes, y los que permanecían en la empresa se frotaban secretamente las manos, en Alemania, en cambio, toda la plantilla aceptaba reducciones salariales con tal de que no hubiera despidos. Aquí eso no lo aceptarían ni la empresa ni los empleados con más probabilidades de quedarse; a lo sumo, éstos aceptarían un ERE en cuya virtud trabajaran menos horas, o días, pero cobrando exactamente lo mismo con cargo al seguro de desempleo. Se trata de que yo, si estoy en posición de poder, no pierda nunca. Eso marca la diferencia. Sobre dos comportamientos tan distintos en la base de la economía se construyen dos modelos de país enteramente diversos. Y ahora vemos con claridad cuál es capaz de hacer frente mejor a una situación globalmente adversa.
miércoles, 23 de enero de 2013
Perspectivas de la economía española a un año vista
Cualquiera hubiera dicho que, con los antecedentes de meses atrás, enero de 2013 iba a ser un «mes negro» para la economía española. Sorprendentemente, está resultando, en cuanto a expectativas a muy corto plazo, el mes más dulce desde hace años. Sin duda alguna, hay una operación mediática detrás. El gobierno Rajoy, que tomó posesión en diciembre de 2011 pavoneándose de que iba a devolver la confianza a los mercados ipso facto, se encontró en pleno verano con un aumento brutal simultáneamente del paro y de la prima de riesgo. Ahora, aprovecha con desesperación cualquier dato favorable para dibujar un cuadro «esperanzador», que permita al presidente repetir su manoseado mantra: «2013 será un año duro, pero a fines del mismo y con toda claridad en 2014 se reiniciará el crecimiento». Y lo cierto es que datos favorables no han faltado. La balanza comercial, sobre todo, ha mejorado notablemente; gracias a la reforma laboral, que ha facilitado la necesaria devaluación interna, lo que a su vez ha mejorado la competitividad, según se nos dice. También contribuye la reforma bancaria, con el rescate pactado en junio y efectivo desde diciembre, que está devolviendo cierta confianza a los mercados en nuestro sistema financiero, considerado hace un año el más problemático del mundo. En conjunto, esos factores (no hay mucho más) han ayudado a mejorar el clima de las subastas de deuda pública, y consiguientemente a reducir la prima de riesgo, con lo que la Unión Europea y el Banco Central Europeo, deseosos de quitarse el peso muerto de la crisis española de encima, han echado las campanas al vuelo. Merkel insiste en que la crisis de deuda soberana no está resuelta, pero su voz como que se oye menos en estas fechas. El Wall Street Journal alaba la diligencia del gobierno español y dirige los tiros de los mercados contra Francia. Bien, ésta sí que está siendo una cuesta de enero dulce para el gobierno, que no para los ciudadanos.
Pero detrás de los buenos indicadores, parciales pero buenos en su parcialidad, las perspectivas siguen siendo sombrías. Lo son más cada día que pasa. Un signo de ello es el fracaso que acaba de cosechar el inefable ministro Guindos. Cree estar haciendo las cosas tan bien que se merecía el nombramiento de presidente del Eurogrupo, vacante tras el término del mandato de Jean-Claude Juncker. Resulta que se ha elegido al holandés Jeroen Dijsselbloem. El pobre Guindos creía poder hacer valer el peso de España y su orgullo herido hace meses cuando el cese de José Manuel González Páramo como vocal de la comisión ejecutiva del BCE no fue seguido de su sustitución por otro español. Un hombre de su posición tenía que haber sido más perspicaz. Juncker es ministro de Finanzas de Luxemburgo, el país más pequeño de la UE y del Eurogrupo. Luego la presidencia del Eurogrupo no depende de factores como el tamaño de los países. Es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de un país que demuestra vender bien la piel del oso, pero mucho antes de cazarlo.
El economista no tiene más remedio que desconfiar de tanta fanfarronada. Las previsiones son lúgubres. El PIB español ha decrecido el 1,3% en 2012 y la previsión es que decrezca al menos eso en 2013. Es decir, de «año de transición», nada. España está atascada en el agujero. Es verdad que los ingresos por exportación han mejorado pero los pagos por importación no han cedido, lo permite suponer que en cuanto empecemos a crecer se dispararán estos últimos, y la restricción exterior volverá a actuar como desde hace décadas. Si se quiere que la mejora del saldo comercial sea duradera, no hay más remedio que deprimir la demanda interna, como se está haciendo. Lo cual nos lleva a las negativas previsiones de crecimiento. Esto, como planteamiento general; «estructural», si se quiere.
La coyuntura no ayuda a ser más optimista. Paso a paso, la economía global y la europea en particular se van deslizando hacia la segunda recesión en cinco años. Aquélla fue abrupta, tras la quiebra de Lehman Brothers; ésta viene siendo anunciada desde la primavera/verano de 2011, por lo menos, sin que las medidas ensayadas, notablemente, más consolidación fiscal y facilidades monetarias (QE, quantitative easing), hayan sido suficientes para revertir la situación. Desde luego, empieza a haber un consenso internacional cada vez más fuerte en que la consolidación fiscal en época de atonía de la demanda ha sido y es un disparate mayúsculo. Hasta el propio Rajoy, que creyó, como el ignorante en economía que es, que eso nos traería prosperidad por arte de birlibirloque, pide ahora árnica, en sus palabras, «políticas de crecimiento». Un desastre menos grande para nuestro país habría resultado de haber asumido el gobierno con esa filosofía desde el principio. Pero no; él tenía que ser el alumno más aventajado de la clase, lo único que parece haber hecho bien toda su vida. Echando implícitamente las culpas a la profesora, ahora sólo intenta encubrir su fracaso, exactamente igual que Mas trata de encubrir el suyo clamando por la independencia.
La poca suerte de esta situación es que, con toda probabilidad, las exportaciones españolas están arrebatando a otros socios europeos (digamos, Italia y Francia) cuota de ventas en el mercado alemán, que se mantiene fuerte, a su vez, por las exportaciones a países emergentes y sobre todo a China. Recientemente ha trascendido que Volkswagen vende más vehículos en China que en toda la UE. Si esto continúa así, nuestras exportaciones podrán mantener un buen tono, aunque incapaz de sacarnos de la recesión, como se nos promete. Ahora bien, como China se vea envuelta en esta recesión (se libró de la anterior), algo de lo que viene hablándose desde principios de 2011 sin que la lenta evolución de sus macromagnitudes lo desmienta, entonces sí que los amigos Rajoy y Guindos, por no hablar ya de la ciudadanía española, van a verse en problemas.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Profundos desacuerdos sobre el presupuesto comunitario
Mientras la cumbre comunitaria deja pasar las horas en debates sin acuerdo sobre el presupuesto de la UE, podemos ver al proyecto europeísta en sus horas más bajas desde 1984. Entonces, la resistencia de Thatcher a entrar en el carril diseñado para todos por Mitterand y Kohl se saldó, brillantemente, con una cesión de pequeña monta (el «cheque británico») a cambio del proyecto de crear un doble marco de actuación; uno, que englobara al Reino Unido (el «mercado único europeo») y otro que lo excluyera (la moneda común). A esa visión – podríamos decir - «a lo grande» de Europa siguieron casi dos décadas de crecimiento sostenido y sólo maleado por la burbuja final.
Lo que vemos hoy es casi el negativo de entonces. La crisis institucional ha venido servida por la estúpida confianza puesta por políticos mediocres en un Tratado insustancial, el de Lisboa. Como era de esperar, el entramado institucional se está demostrando incapaz de afrontar la crisis económica y financiera, como el existente hasta 1984 se demostró incapaz de afrontar con éxito la segunda crisis del petróleo y su secuela, la crisis de altos tipos de interés y de la deuda externa de los países en desarrollo. Todo eso es historia. Pero hoy, en lugar de un solo país, que se negaba a seguir el curso de todos sin querer abandonar el club, lo que tenemos es a un solo país con visión clara de Europa, nos guste o no nos guste, Alemania, al que los demás se resisten crecientemente a seguir por los costes que impone. Y no es que los demás sean capaces de formar un frente común, que sería invencible, sino que unos ven costes en la disciplina financiera que se les obliga a seguir mientras otros los ven en la insuficiencia de esa disciplina. Hay dos grupos bien delimitados, la Europa del Norte (Austria, Finlandia y Holanda, principalmente) y la Europa del Sur (España, Grecia, Italia y Portugal), con Alemania jugando el papel de árbitro entre los dos. Como la Europa del Norte no es más que un pequeño conjunto de países pequeños, que desempeñan el papel de «poli malo» que permite a Alemania jugar, aunque cada de vez de forma menos creíble, el papel de «poli bueno», el progresivo acercamiento de Francia al bloque del Sur situará a Alemania en un dilema: bien enfrentarse a Francia para defender su visión de Europa (la alemana), bien a refundar esa visión sobre bases comunes con Francia, como hace tres décadas hicieron Kohl y Mitterrand.
Uno sería optimista del género tonto (pensando: «Oh, sí; seguro que Francia y Alemania encuentran el camino, como siempre lo han hecho») si no fuera porque Hollande es una incógnita, Merkel parece tener sus días contados, en vez de una política dura pero realista como Thatcher está un superficial como Cameron, y en vez de González tenemos a Rajoy, por ejemplo. El único punto de genuino optimismo podría encontrarse en el hecho de que, en 1984, cuando el acuerdo de Fontainebleau, Mitterrand y Kohl llevaban poco tiempo en sus cargos (3 y 2 años, respectivamente). Pero eso mismo parecería indicar que deberíamos esperar a que Merkel sea sustituida el año que viene, y a partir de ahí todavía dos años más de crisis institucional, como poco. Siendo, así pues, optimistas pero no tontos, podríamos pensar en un posible acuerdo, que comportara una nueva visión de Europa y cerrara la crisis institucional, no digo nada de la financiera, hacia 2015.
Lo que me gustaría es saber qué va a aportar España a esa nueva visión de Europa. Tras nuestro ingreso en la CEE, en 1985, González replanteó el papel de la cohesión económica y social en la creación del mercado único europeo, lo que no fue poca cosa y nos facilitó recibir en el periodo 1989-2006 más de 200.000 millones de euros en concepto de fondos europeos, tres veces más que el siguiente país más favorecido (Italia) en la historia de las Comunidades Europeas. Ahora ya no se trata de lo mismo, porque vamos a un mundo sin subvenciones, o al menos con muchas menos. Pero Rajoy está hoy en Bruselas pidiendo dinero, como si las cosas no hubieran cambiado en un cuarto de siglo. Si España no está a la altura de Europa, lo que nos espera, incluso después de cerrarse la crisis institucional, será decadencia como país y un aumento a largo plazo de las tensiones sociales.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
La economía española, de mal en peor
Ésta está siendo una semana aciaga para la economía española. Hoy, el Banco de España ha dado a conocer una caída del PIB del 1,3% en junio, a la que suma la previsión de una nueva y «significativa caída» del mismo indicador en el trimestre que termina en septiembre. Y ayer, en un encuentro a tres bandas en Helsinki, los ministros de Finanzas de Alemania, Holanda y Finlandia amenazaron con dar marcha atrás del acuerdo sobre el rescate de la banca española, pactado en junio. En peor momento, imposible: el viernes las auditoras publicarán las necesidades de recapitalización de los bancos españoles. Sobre lo primero, poco hay que añadir. Es evidente que la causa estriba en la política de austeridad del gobierno, añadida a la recesión global.
Menos evidente es lo que motiva lo segundo. El acuerdo de junio incluía, aparte de un máximo de 100.000 millones de euros para la banca española, la decisión de crear una autoridad supervisora de la banca europea en su conjunto. Tras señalar que la autoridad supervisora no estará en funciones a comienzos de enero, como se acordó, ahora Alemania vincula los dos términos del acuerdo: si no hay autoridad supervisora, no habrá rescate bancario. Más claro, agua. La explicación alemana es la siguiente. Si no hay autoridad supervisora, el control del cumplimiento de las condiciones impuestas a cada entidad recaerá sobre autoridades nacionales. Y las autoridades nacionales fallaron por dos veces consecutivas en la realización de los stress-tests de 2010 y 2011, que dieron excelentes resultados para bancos que ahora hay que rescatar.
Aún hay más. En las últimas semanas, Alemania ha pasado a pensar que es preferible el rescate del Estado al rescate bancario. Por tanto, lo que busca es que Rajoy, no contando con el dinero para los bancos dé su brazo a torcer y pida el rescate del Estado. ¿Por qué este cambio de opinión? Yo no descartaría, incluso, que se tratara de una estrategia para quebrar el «orgullo español», al que los medios germanos estuvieron durante meses atribuyendo la resistencia a pasar por el aro. Se trate o no de una estrategia, los motivos están claros. Alemania y otros países financieramente fuertes están hartos de la estulticia de este gobierno. Las afirmaciones de Rajoy, en rueda de prensa, de que en todo caso era él quien había presionado para llegar al acuerdo sobre el rescate bancario, dieron a muchos que pensar que es un imprudente y a otros que quizá tenía razón y había engañado a los demás europeos. Un efecto absurdo, dada la posición de España, en cualquier caso. Después, este gobierno alardea de gestos, claramente electoralistas (como la prometida subida de las pensiones), que no se permitiría a un país rescatado. Los europeos de un país u otro no verán con agrado que con su dinero se dé a los españoles mejoras de que carecen aquéllos.
La idea de que Rajoy, a despecho de sus continuas afirmaciones en contrario, es un insensato se abre paso con fuerza en la escena internacional. Ahora Rajoy se va a Nueva York a pedir que España vuelva al Consejo de Seguridad de la ONU como miembro no permanente. ¿Es que no tiene suficientes problemas en casa, de manera que le sobra tiempo para pensar con detenimiento los graves problemas de la política mundial? Pues es evidente que no va a pensar a fondo ni unos problemas ni los otros. Esto no es más que ese sentido común del que tanto presume Rajoy. Dime de qué alardeas y te diré de qué careces. ¿En qué piensa el presidente español?, se preguntan los dirigentes políticos y financieros del mundo y sobre todo de Europa. Y empieza a adivinarse que no piensa nada, que no tiene nada en mente, que es un cabeza hueca. Y es el segundo en cuatro años. Europa sospecha ya que España no es capaz de elegir, para mandarla, más que botarates. Si es así, lo oportuno será intervenirla cuanto antes y convertirla en un protectorado europeo.
jueves, 30 de agosto de 2012
Aires de crisis en la eurozona
La crisis de la deuda soberana, de la que España, junto con Grecia, es uno de los epicentros, está a punto de dar una nueva vuelta de tuerca. Dos claros indicios apuntan al aislamiento político de la conservadora Alemania. Por una parte, la lentitud en decidir la separación, expulsión o como se le quiera llamar, de Grecia de la eurozona. Por otra, la más que ostensible divergencia entre la dirección del Banco Central Europeo y el Bundesbank, o por personalizar, entre Draghi y Merkel. Los dos indicios marcan una fisura que amenaza con resquebrajar hasta el tuétano a la eurozona. Francia, es decir, Hollande se convierte así en el árbitro de la situación.
Algunos creen que no se puede echar a Grecia, o para el caso, a ningún otro país del euro. Ilusos. Claro que es posible, y además muy fácil. Pero el BCE tiene que querer, y en este caso parece que no quiere. Para echar a Grecia, le basta al BCE con excluir a la deuda griega de la lista de activos de garantía utilizables en las operaciones habituales del Eurosistema; así, Grecia queda de facto fuera del euro. ¿Y esto se puede hacer? Naturalmente que se puede, y el BCE debería haberlo hecho hace meses, si no años, dada la baja calificación crediticia de esa deuda. Pero no se ha hecho por motivos políticos, con los que Alemania comulgó en su momento, y esa comunión se vuelve contra ella ahora. Este verano, se ha empezado a reconocer que el problema de Grecia es de calidad de su democracia, mucho más importante que el de la calidad de su crédito. Y que la calidad de la democracia griega no mejorará sino que previsiblemente empeorará en cuanto Grecia salga del euro. Y, todavía más importante, que Europa entera pagará las consecuencias de una evolución de Grecia hacia totalitarismos de un signo u otro.
El segundo problema es el de España. Draghi ha protagonizado una propuesta este verano, consistente en la compra masiva de deuda española para contener y rebajar la prima de riesgo. Simplemente, el anuncio de esa nueva política, prevista para septiembre, bajó la prima de riesgo desde bastante por encima de 600 puntos básicos a los poco más de 500 en que se sitúa ahora. Pero incluso esta última cifra resulta excesiva. De los anuncios hay que pasar a las realidades. Y se ha desatado una lucha sorda entre Draghi y el Bundesbank, que es trasunto de la negativa de Alemania a relajar la disciplina que se exige a los rescatados.
Uno no puede dejar de ver la mano del socialista Hollande en el pulso general que están echando Draghi y Merkel. En los dos asuntos en que chocan, Draghi defiende la posición que a priori se atribuiría al francés, de modo que lo lógico es pensar que el italiano se muestra fuerte porque se siente respaldado. Estamos, así pues, ante el cambio de clima general que algunos pronosticaron tras las presidenciales francesas. Pero, más que nada, Alemania paga ahora la crisis interna que sufrió a comienzos de 2011, cuando el presidente del Bundesbank, y candidato a suceder al francés Trichet al frente del BCE, Axel Weber, se enfrentó públicamente a Merkel defendiendo la misma postura que ahora defiende la canciller. Entonces, Merkel quiso hacer política europea para contrarrestar el terreno que le estaba ganando la oposición socialdemócrata, y obligó al presidente del Buba a dimitir antes de tiempo, con lo que Alemania perdió sus opciones a la presidencia del BCE. Más tarde, en junio, a la canciller debió de parecerle que el currículum de Draghi en Goldman Sachs era suficiente aval para contar con él en los momentos difíciles. Está claro que se equivocó.
No diría yo que Merkel ha perdido ya la partida, sin embargo. Es el más peligroso «animal político» de la Unión Europea. Sabe que si ahora se deja arrinconar, perderá las próximas generales de su país ante una cada vez más crecida oposición socialdemócrata. Sabe, además, que puede contar con el apoyo incondicional (o casi) de Austria, Finlandia y Holanda. Y sabe, sobre todo, que Hollande, es decir, Francia no tiene alternativa al eje franco-alemán. Dispone de unos cuantos meses, quizá sólo de unas semanas, para encontrar la forma de poner a Hollande entre la espada y la pared, dándole claramente a elegir entre Alemania y esas veleidades. Si logra hacerlo, todavía la veremos levantar cabeza y hacerse de nuevo con el liderazgo europeo, justo a tiempo de plantar cara a los socialdemócratas para disputarles el triunfo electoral el año que viene.
Y mientras aquí, el amigo Rajoy se mantiene quieto, enconchado y cruzando los dedos para que el socialista, o mejor los socialistas, tanto franceses como alemanes, le ganen la partida a su correligionaria, a la que pese a todo su buen sentido y toda su sensatez, no ha logrado convencer. ¿De qué? De nada, en realidad. El problema de Rajoy es que no tiene otra cosa que ofrecer que sensatez y buen sentido… vacíos de todo contenido concreto. Espera sin duda poder vender ese humo a buen precio a los tontos de los socialistas, que seguro que se lo querrán comprar enternecidos ante la deprimente visión de seis millones de parados.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Jornadas decisivas para Europa
El 15 de septiembre de 2008 ha pasado a la historia como fecha oficial del comienzo de la crisis internacional con la que aún bregamos. Venían presentándose síntomas inequívocamente críticos desde el verano de 2007, algunos de ellos muy preocupantes; pero la mente humana gusta de las simplificaciones, de establecer comienzos y finales claros para las cosas importantes. Con el mismo ánimo, me atrevo a señalar la fecha de ayer, 21 de diciembre de 2011, como un punto de inflexión decisivo en el curso de la crisis, sobre todo en Europa. Es verdad que ha estado precedido de signos, que ahora parecen inequívocos, pero lo que ayer se manifestó es un cambio de voluntad política de la mayor trascendencia. Ayer, el Banco Central Europeo adjudicó una cifra inesperada de dinero a 523 bancos europeos Los expertos habían predicho entre 200.000 y 300.000 millones; algún exagerado se había atrevido a pronosticar 400.000 millones. El importe adjudicado fue de 489.190 millones de euros, casi medio billón. Lo más notable, sin embargo, es que se adjudicó a los bancos todo lo que habían pedido, que se hizo a un 1% de interés anual, por un plazo de tres años – hasta ahora el BCE nunca había adjudicado liquidez a plazo superior a un año – y aceptando activos de garantía de calidad inferior a lo acostumbrado.
Es un cambio tan radical que me atrevo a más. Diría que ha empezado la monetización en serio de la deuda soberana europea. Cierto que se trata de una monetización indirecta y temporal; dentro de tres años volverá a presentarse el problema, pero para entonces Mario Draghi espera que el problema verdaderamente grave haya entrado en vías de solución. No sólo es monetización indirecta, sino también una variante de QE gradual. QE (Quantitative Easing) se llama a la inyección masiva de liquidez para frenar la recesión. Empezó en EE.UU., donde la Fed va ya por la QE2, y se aplica también en el Reino Unido. Hemos entrado, así pues, en un contexto parcialmente keynesiano; digo parcialmente, porque hay expansión monetaria y restricción fiscal. Una variante de la policy mix de los años sesenta, vaya.
Lo que Draghi espera es evidente. Del medio billón de euros, algo más de la mitad irá a cancelar posiciones abiertas con el propio BCE. Es decir, la 3-yr LTRO (Operación de Financiación a Plazo de 3 Años, nombre oficial de esta primera operación, a la que seguirán otras) se va a convertir en la principal vía de inyección de liquidez en el Eurosistema; las MRO (Operaciones Principales de Financiación), estrellas del manual de operaciones del BCE, que ya habían perdido importancia aunque retuvieran bastante desde el comienzo de la crisis, quedan relegadas presumiblemente a un papel residual. El resto, unos 232.000 millones de euros, es fresh money, que servirá para atender las necesidades financieras en 2012 de los países con mayores problemas de deuda, entre ellos, España. En otras palabras, los bancos reciben dinero al 1% para prestarlo a sus gobiernos al 4 ó 5%. Eso puede significar unos beneficios, digamos, de 40.000 millones al año. En un lapso de tres a cinco años, la banca europea habrá podido dotar reservas como para atender la recapitalización que EBA (Asociación de la Banca Europea) y el FMI estiman imprescindible. Mientras tanto los gobiernos deben reducir su déficit, con lo que el dinero tendrá que ir encontrando una vía de filtrarse, poco a poco, a la actividad real de la economía. De aquí el nombre de QE gradual que utilizo para describir la operación.
Draghi, con esta operación, nos ha sorprendido a todos. ¿Funcionará su plan? Esto ya es más difícil de decir. Al emitir un juicio, mi corazón keynesiano quiere creer que sí, pero mi alma liberal dice que no. En realidad, el plan Draghi tiene que haber sido pactado con Merkel, posiblemente en junio pasado, cuando la canciller dio el placet a la sucesión de Trichet por el italiano. Todo esto generará inflación en una economía europea aún desprovista de recursos para arrancar con fuerza y reducir el desempleo. Pero Merkel ha conseguido, en contrapartida, el compromiso de avanzar en la unión fiscal, imprescindible para lo que llamo «vía neoprusiana a la unidad europea». Merkel aplica las máximas de Tsun Zu sobre el arte de la guerra: para comprimir algo, antes hay que dejar que se expanda. La cuestión crucial es que Alemania está comprando, a un alto precio en su concepto, el liderazgo absoluto en el proceso de unificación europea. Durante los pasados meses, se ha temido que el euro se rompiera. Ahora se puede decir con total seguridad que no se va a romper. Lo que acabamos de ver en las últimas semanas es algo mucho más dramático todavía. Ha habido que elegir entre el euro y Europa, y se ha elegido Europa. Muchos estarán felices. Yo no. El sacrificio del euro como proyecto de atracción universal nos deja un euro símbolo de la unidad europea, y restringido al uso interno de los europeos. Eso, y una política convencional que salvará a los bancos – aliados insustituibles de esa unidad, por lo que se está viendo – a un coste enorme para la ciudadanía europea y que nos dejará un sistema bancario terriblemente anticuado y que se debería haber reformado en esta crisis.
domingo, 11 de diciembre de 2011
El Reino Unido y Europa
Pese a sus equívocas resonancias históricas, el renovado conflicto entre París y Berlín, de un lado, y Londres, del otro, es en lo fundamental fruto de una rivalidad financiera bastante reciente. En 2000 se inició una dinámica de fusiones y absorciones que ha desembocado en la situación actual. Ese año, se constituyó Euronext NV, resultado de la fusión de las Bolsas de París, Bruselas y Amsterdam con el propósito de sacar ventaja de la armonización comunitaria de mercados financieros. Un año después, Euronext adquirió las acciones del mercado internacional de Londres de futuros y opciones financieros (LIFFE) y en 2003 se fusionó con la Bolsa de Lisboa y Oporto, para formar Euronext Lisbon. La adquisición de LIFFE expuso la vulnerabilidad de la Bolsa de Londres (London Stock Exchange, o LSE), que fue objeto de sucesivos intentos de adquisición, el último y más importante por Nasdaq, el mercado tecnológico estadounidense. Nasdaq llegó a poseer el 28% de las acciones de LSE, a principios de 2007, pero sus repetidas OPAs no le permitieron pasar de ahí. Al final, vendió su paquete a la Bolsa de Dubai y se retiró de la mesa de juego. Fortalecida por la prueba, LSE pasó al contraataque y adquirió ese mismo año el 100% del capital de la Bolsa de Milán, cuyos accionistas obtuvieron el 28% de la nueva sociedad, Grupo LSE (LSEG).
Mientras tanto, la Bolsas de Nueva York (New York Stock Exchange, o NYSE) y Frankfurt (Deutsche Börse) competían en ofertas por hacerse con Euronext. Ganó NYSE, para lo que tuvo que pagar 8.000 millones de euros, a mediados de 2006. La entidad fusionada pasó a denominarse NYSE Euronext, la primera Bolsa realmente global del mundo. El éxito logrado por LSEG poco después con la adquisición de la Bolsa de Milán dio alas a los británicos para ensayar su propia estrategia de globalización. Tras laboriosas negociaciones, dos ambiciosos proyectos fueron anunciados a principios de 2011. En febrero, se conoció la proyectada absorción del grupo TMX por LSEG. TMX es la sociedad gestora de las Bolsas de Toronto y Montreal, en Canadá, y el mercado de opciones de Boston, en EE.UU. Con la fusión LSEG-TMX, se habría formado el líder mundial en la negociación de valores y derivados petroleros y de gas natural. Un poco antes, se había anunciado la adquisición de la Bolsa australiana ASX por la Bolsa de Singapur (Singapore Exchange). La previsible confluencia de estos dos proyectos habría supuesto una revitalización financiera de la antigua área de la libra esterlina, con posibles expansiones a las Bolsas de Bombay y Johannesburgo y quién sabe si a la de Hong Kong, hoy en día la mayor del mundo.
Sin embargo, a finales de junio de 2011 ambos proyectos reconocieron su fracaso, por distintos motivos, y fueron abandonados. Por su parte, y pese al inicial fracaso en el intento de adquirir Euronext, los alemanes no cejaron en su empeño. En julio de este año, se ha anunciado la adquisición de NYSE Euronext por Deutsche Börse, para formar una nueva compañía donde los alemanes tendrían el 60% y los estadounidenses el 40%. Sería el mayor mercado financiero del mundo. Hay todavía muchos obstáculos que superar, e incluso superándolos el mercado integrado por todas esas plazas bursátiles tardará años en funcionar de manera conjunta. Pero la situación estratégica se ha modificado profundamente. En primer lugar, alemanes y franceses están ahora en el mismo bando; segundo, tienen el apoyo de los estadounidenses; tercero, el fracaso de LSEG, simultáneo con el éxito alemán, expone al mercado británico a una OPA hostil de sus ancestrales rivales.
Desde esta óptica, el «choque de trenes» de la cumbre del 9 de diciembre adquiere una dimensión inusitada. Anticipando la OPA financiera, se ha producido una OPA sobre la soberanía británica, para avanzar en la integración europea, sobre todo en los ámbitos fiscal y financiero. Los británicos la han rechazado (como en 2006-2007 LSE rechazó la OPA de Nasdaq) pero eso no impide ver su debilidad. Es indudable la importancia que el sector financiero reviste para el Reino Unido; se la ha comparado – en torno al 10% del PIB – con la que el turismo reviste para España, por ejemplo. Su influencia global está claramente en declive y se ve rechazada en lugares donde esperaría ser bien acogida, sin embargo, mientras la influencia continental y transoceánica de las finanzas alemanas va claramente en aumento. Durante este verano se habló de nuevas conversaciones entre LSEG y Nasdaq, ahora ya no para una OPA hostil, como hace un lustro, sino para una fusión en términos de cierta igualdad. Está por ver si estas conversaciones progresan. Si no lo hacen, se puede augurar que el sector financiero británico podría verse en serias dificultades, y no sólo coyunturales, como producto de la crisis, sino también estratégicas, como resultado de su creciente marginación de las finanzas globales.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Alemania rechaza los eurobonos y mayor implicación del BCE en la crisis
Ayer, en una mini-cumbre comunitaria Alemania-Francia-Italia, Angela Merkel rechazó tajantemente dos soluciones que venían siendo propuestas de forma insistente en las últimas semanas ó meses, a saber, la emisión de eurobonos y un préstamo del BCE al FMI para que éste adquiera deuda soberana de los países en situación más crítica. (Lo del préstamo al FMI es un truco para sortear la prohibición del Tratado UE de que el BCE compre deuda soberana de los países de la zona euro). Era previsible que Alemania las rechazara. El hecho de que no haya alternativa (y está claro que no la hay, como lo demuestra la entrada de Portugal en recesión pese a, o quizá por aplicar disciplinadamente la consolidación fiscal) no convierte a ambas propuestas en las estrategias ganadoras que sus partidarios ven en ellas.
Empiezo por la intervención del BCE. Yo la defendí hace dos años en un medio tan marginal – en términos de la opinión pública europea – como el diario Público. Eso fue antes del estallido de la crisis de deuda soberana. Cuando ésta saltó al primer plano, afirmé que era consecuencia de la decisión previa de no monetizar entonces el déficit. Todavía lo creo. Siguiendo las prescripciones del FMI, en el otoño de 2008, muchos gobiernos habían aumentado su gasto para sostener la actividad y el empleo. La monetización del déficit habría evitado tener que recurrir a los mercados. Una vez que se recurrió a ellos, impusieron su ley. Ahora ya es tarde: los mercados llevan casi dos años dictando las condiciones para financiar a los estados. No será fácil dejarlos a un lado, aparte de que los mercados son los principales aliados de Alemania para imponer la «vía prusiana a la unidad europea». ¿Cuál sería la finalidad de monetizar los déficits ahora? Sólo se me ocurre una: acelerar la tasa de inflación, con lo que erosionar el valor real de la deuda. Pero los mercados lo percibirían rápidamente, y el pánico volvería a apoderarse de ellos. O el BCE – directamente o por intermedio del FMI – se hace sin dilación con una gran parte de la deuda y adquiere ésta masivamente en el mercado primario, o el remedio será peor que la enfermedad. Esto conducirá a desatar procesos de inflación galopantes. Era evidente que Alemania no entraría de buen grado por ese camino. Antes, dejará que se desintegre el euro.
Los eurobonos responden a otra lógica. Hacer un pool con todas las deudas soberanas europeas reduciría, sin duda, la prima de riesgo con que italianos y españoles, por ejemplo, emitimos nuestra deuda, pero indudablemente aumentaría el coste financiero de alemanes, holandeses y finlandeses. Esto puede parecer «solidario». Supongamos que lo es. Sin embargo, el problema no es ése. El problema es que así no se devolverá la confianza a los mercados, más que si acaso temporalmente. Tarde o temprano, los mercados caerán en la cuenta de que el ritmo de las reformas se ralentiza. Ya no habrá línea de retirada. Será toda la zona euro la que se encuentre comprometida, y seguramente no habrá solución para la moneda común. ¿Y por qué son tan necesarias las reformas? Porque en los mercados se ha instalado el convencimiento de que las administraciones públicas europeas incurren en grandes despilfarros, que tras la fachada del «estado de bienestar» se esconden ineficientes arreglos de privilegio e intercambio de favores. Los eurobonos suprimirían el síntoma sin tratar la enfermedad. Sin una profunda reforma que elimine esos despilfarros y haga desaparecer tales privilegios y uso de dinero público para intercambio de favores, no habrá modo de restaurar la confianza en el crédito de buen número de estados europeos. Dicho de otra forma, los mercados opinan que es preciso reformar la «democracia clientelar» que se ha instalado en Europa. ¿Que esto es ideología neoliberal? Déjenme que me encoja de hombros.
La parte interesante es que Alemania quiere también una profunda reforma de las administraciones públicas en toda la zona euro. Pero no es una reforma neoliberal lo que pretende, sino una reforma prusiana. Si Alemania tiene que cargar con la financiación de los gastos de las burocracias de toda Europa, éstas tendrán que adaptarse a los criterios y exigencias de la burocracia alemana. Por eso resulta tan importante para Merkel la reforma del Tratado.
sábado, 5 de noviembre de 2011
La crisis del euro y la vía prusiana a la unidad europea
Los acontecimientos de esta semana muestran el verdadero cariz de la crisis por la que está atravesando la zona euro (ZE). Las turbulencias en los mercados venían precedidas de un plan pactado la semana anterior por el Eurogrupo de recapitalizar los bancos de la ZE hasta llegar a un 9% de capital principal sobre los activos ponderados por riesgo (por encima de las exigencias de Basilea III) y de ajustar la valoración de la deuda soberana en las carteras de esos mismos bancos a su precio de mercado. El plan, que impone a España recapitalizar el sector bancario en 26.000 millones de euros – la segunda cifra más alta, sólo detrás de Grecia, 30.000 millones –, provocó malestar en nuestros medios políticos y bancarios porque presuponía una quita del 2% para la deuda española. Todo esto no es más que ruido. El hecho fundamental es que la ZE está preocupada por las inversiones inmobiliarias de la banca española, y no ha encontrado mejor forma de reflejar un poco esa preocupación con lo elevado de dicha recapitalización, que ni de lejos se aproxima al peso del ladrillo en los riesgos bancarios.
En estas estábamos, cuando Papandreu, primer ministro de Grecia, anunció la convocatoria de un referéndum en su país sobre los sacrificios que el acuerdo paneuropeo exigía a los ciudadanos de su país. Aquí, el anuncio se rechazó con particular inquina, en todo caso comprensible, porque tras la reforma de nuestra Constitución, este verano, para la que muchos pidieron esa consulta, Papandreu ponía en evidencia muchas goteras de las formas de gobierno de los últimos meses en Europa. Pero, en fin, nunca me he manifestado partidario de una democracia plebiscitaria, y no me voy a manifestar en tal sentido ahora. Lo interesante es que nosotros nos hemos sumado, de forma muy clara, al coro de tragedia griega que llamamos «intervención». Tenemos a Grecia intervenida, con su soberanía no ya limitada sino claramente suspendida hasta nueva orden, y nos parece muy bien. Cuando Papandreu renunció al referéndum, tras la presión desalmada de Merkel y Sarkozy, las Bolsas hicieron una de sus habituales fiestas, y no menos que las demás la española.
Lo que realmente está pasando vengo describiéndolo desde hace meses en este blog y en el blog Purgatorio Económico, del que éste es reencarnación, como la unificación europea por la vía prusiana. Los federalistas más ingenuos esperaban (y todavía parecen esperar, en el asunto del «gobierno económico» o «fiscal») la formación de un verdadero gobierno europeo, responsable ante un parlamento europeo, éste con plenos poderes para legislar. Es, como digo, la ilusión del federalismo ingenuo. ¿Para qué necesita Alemania un tinglado como ése, que además no podría controlar? Es mucho más sencillo que Merkel le retuerza el brazo a Sarkozy y que luego ambos se lo retuerzan juntos al que se ponga díscolo. Así, han doblegado a Papandreu, que ha resultado ser bastante duro; pero antes se lo retorcieron a ZP, de suyo particularmente blandito, o al irlandés hace un año como a Berlusconi ahora. Ya veremos cómo se las arreglan para retorcérselo a Rajoy. La idea de podría haber una política económica más expansiva en Europa, que anda vendiendo Rubalcaba, es peregrina. Alemania no lo consentirá, por una razón muy sencilla. Alemania se propone unificar Europa de la misma forma que en la década de 1860-70 Prusia unificó Alemania: por las bravas. Entonces, la herramienta fue la guerra; ahora, las finanzas. Una política expansiva supondría más dinero para todos, por distintos canales. Y lo que Alemania necesita para unificar Europa por vía de las finanzas es hacer que el dinero sea escaso y, sobre todo, concentrarlo en sus propias manos. Es una cuestión de poder.
Grecia no es más que un ejemplo – el infierno en que todos podemos caer si no nos portamos bien – y un banco de pruebas. Otro día hablaré sobre esto último. Lo importante, ahora, es que Alemania utiliza la escasez de dinero (técnicamente, «rarefacción monetaria») para forzar reformas en toda Europa, y particularmente en la Europa más necesitada de ellas. España cae de lleno en ese grupo, por más que nuestros políticos protesten. Y el punto que está atrayendo la atención de los mercados es nuestro costosísimo régimen autonómico. Pero, ¡ojo!, eso incluye muchos aspectos institucionales, y en primer lugar las universidades, proliferadas como setas al abrigo de ese régimen. Aquí confluyen dos líneas de fuerza que juntas serán irresistibles. Por un lado, la racionalización de gastos, que parece una tendencia europea: en Francia, por ejemplo, está dando lugar a procesos de fusión de universidades. Por otro, la racionalización del sistema autonómico, que es un problema específicamente hispano. España no es Francia. Si los titulados en Derecho o en ADE, pongamos por ejemplo, terminan de cajeros en supermercados o peor aún, en el paro, y si los titulados en Medicina emigran al Reino Unido (que para más inri, está fuera del euro), el ajuste impuesto por la racionalización à la prusiana podrá venir por vía del aumento de los empleos adecuados en España o por vía de la reducción del gasto universitario que de esa forma no es más que despilfarro; pero es inexorable que tendrá que venir. Y a eso no basta con resistirse con buenas intenciones. Hay que saber con quién se juega uno los cuartos y no hacer el canelo.
NOTA: Esta entrada está dedicada a los miembros de la Universidad de Castilla-La Mancha, a cuyas elecciones a rector me presento.
viernes, 7 de octubre de 2011
Grecia e Irlanda
El establishment económico mundial se prepara para una vasta operación de reestructuración en Europa, con vistas a la recesión que viene. Del éxito de la operación, sin embargo, depende también el futuro económico de EEUU, como ha repetido recientemente el presidente Obama. Esta vez, no se ha querido que la recesión nos coja desprevenidos, como en 2008, y obligue a gobiernos y organismos internacionales a ir a rastras de los acontecimientos. Anticipación, parece ser la idea. Con la operación, no se pretende sólo hacer frente a la eventualidad de una nueva crisis de confianza, que se nos viene encima, sino poner las bases para una intensa y sostenida recuperación posterior. Todos los poderes, nacionales, supranacionales y globales se están poniendo de acuerdo en las medidas con una rapidez pasmosa, que para mí demuestra su incapacidad de entender la raíz profunda de esta crisis. Resumo el sentido de la operación en la comparación entre Grecia e Irlanda. Ambos fueron los dos primeros países en ser rescatados, respectivamente en mayo y noviembre de 2010.
Todos sabemos cuál es la situación de Grecia, de modo que no abundaré en ella. Brevemente, es un pozo sin fondo. No importa el dinero que se entierre en mantener a flote ese país, siempre hará falta más. Lo creen el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, el Banco Central Europeo, Alemania, lo creo yo y hasta empiezan a creerlo los propios griegos. El caso de Irlanda es, en cierta forma, diametralmente opuesto, o eso se cree (y ahí termina mi acuerdo con el establishment). Irlanda es un país que iba bien. Educación excelente, desregulación excelente, impuestos excelentemente bajos, inversión extranjera más que excelente (Google y cía.). Las cosas se torcieron por una burbuja inmobiliaria. El gobierno tuvo que avalar a sus bancos a principios de 2009, pero en el otoño de 2010 la cosa se torció aún más cuando los mercados exigieron que el aval se hiciera efectivo. El gobierno tuvo que pedir árnica a la UE y el FMI, e Irlanda fue rescatada. Con la financiación adicional, el déficit público saltó de poco más del 10% del PIB a más del 30%. A principios de este año, se filtró que el BCE estaba otorgando ELA (siglas de Emergency Liquidity Assistance) a los bancos griegos; no voy a explicar de qué se trata, pero créanme si les digo que son las cloacas del Eurosistema. Pero esta misma semana, el gobierno ha anunciado que prevé retornar a los mercados en demanda de financiación a fines de 2012. ¡Voilá, el milagro irlandés!
A la vista de esta comparación, la operación se concibe como un auténtico cambio de rumbo en la política financiera. Hasta ahora, se transitaba por un camino que llevaba al contagio de toda la periferia y quién sabe si también el centro de la UE. Rescate de Grecia, rescate de Irlanda, rescate de Portugal, segundo rescate de Grecia, quizá rescate de Italia y España, quizá bancarrota de Grecia, quizá…, quizá… Ahora, se trata de aislar a Grecia, como un caso singular, y meter a todos los demás, sospechosos y no sospechosos de insolvencia, en una dinámica a la irlandesa. Iniciar una intensa recapitalización de los bancos de toda Europa, empeñando, primero, los recursos nacionales que aún puedan quedar, que naturalmente serán más en unos países que en otros; cuando los recursos nacionales no sean suficientes, emplear los del Fondo Europeo de Estabilización Financiera (440.000 millones de euros), apalancados o sin apalancar (posible solución política por esta vía para el contencioso de los eurobonos), y, si todo eso no fuere suficiente, pasta gansa del FMI. Hasta dos billones de euros (o sea, 2.000.000.000.000 ó 2.000.000 millones de euros), en que se ha estimado las necesidades de recapitalización de la banca europea una vez saneadas las burbujas inmobiliarias – donde las hubiere – y la gran burbuja de la deuda soberana, común a casi toda Europa. Todo ello, con el BCE inyectando liquidez a todo meter, por medio de una generalización temporal de los mecanismos tipo ELA, hasta que Europa salga a flote de una vez.
martes, 4 de octubre de 2011
Pringadillos
Nueva jornada de desplome de los mercados. Aunque algunos analistas – por ejemplo, los de Bank of America – siguen, imperturbables, prediciendo un crecimiento lento para el mundo occidental en 2011 y 2012, la mayoría de los observadores se inclinan por creer que la segunda recesión es inevitable. Múltiples indicadores avalan esta tesis. Desde mi punto de vista, fue definitiva la caída del S&P 500 ayer por debajo de los 1.100 puntos; ésa es ya la cota mínima de este año, y no la del 7 de agosto, crucial para la tesis de la recuperación (véase la entrada “Standard&Poor’s en el ojo del huracán” en este mismo blog). El oro ha registrado un frenazo tras alcanzar los 1.900 dólares la onza hace pocas semanas: ahora está en 1.670, después de haber caído hasta los 1.550. Pero incluso ese dato, que parecería abonar la teoría de que la incertidumbre es menor, indica, por el contrario, que es mayor. Un descenso similar se registró a finales de 2008. Los analistas lo interpretan como que las pérdidas de los operadores en la generalidad de los mercados financieros les obligan a hacer caja vendiendo el único activo donde aún pueden obtener ganancias.
En este panorama, Japón es potencia capaz de tirar con fuerza, gracias al impulso de la reconstrucción tras el desastre de Fukushima. Pero hace mucho que los mercados habían descontado este efecto. La situación de EEUU es más incierta. Los problemas de déficit y endeudamiento distan de haberse resuelto, y aunque los indicadores se contradicen unos a otros, la opinión general es que el resultado final dependerá mucho de lo que ocurra en Europa. Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que durante la primera recesión funcionaron bastante bien, dan ahora muestras del recalentamiento de sus economías, con inflaciones más o menos aceleradas y burbujas varias.
Europa merece mención aparte. Ya parece evidente que la estrategia de consolidación fiscal, perseguida en el Viejo Continente desde el otoño de 2011, conduce a un desastre como el de Grecia. Cuantos más esfuerzos hace este país por reducir su déficit, menor es su tasa de crecimiento, inferior su recaudación tributaria y mayor su déficit. No hacía falta ser muy listo para predecir esto. España es un ejemplo análogo, si bien un pelín menos dramático. La estrategia ha fracasado, entonces ¿por qué se mantiene? La estupidez de nuestros dirigentes es una explicación, aunque no suficiente. También cuenta la lucha por el poder en la unificación europea. Alemania necesita centralizar las decisiones económicas, y sobre todo apropiárselas. No quiere relajar la situación monetaria – vía monetización del déficit, emisión eurobonos o lo que quiera que se pueda concebir luego – porque eso le haría perder liderazgo. A Grecia ahora, y puede que a España e Italia más adelante, toca servir de cobayas en experimentos de integración europea a la prusiana. Los alemanes llevan tiempo diciendo que la insolvencia soberana debe comportar pérdida de soberanía. Y pese a todo, ni España ni Grecia han perdido soberanía todavía. Estamos haciendo lo que ellos quieren, pero porque nos prestamos voluntariamente a ello. Veremos llegar días en que las decisiones las tomarán ellos y nosotros las aplicaremos sin necesidad de que las refrenden nuestros parlamentos. Mi predicción es que Europa y el Fondo Monetaria Internacional apuestan ya por la insolvencia de Grecia dentro de la zona euro, y que eso supondrá que partes de la administración griega – ahora superineficientes, supercorruptas y lo que se quiera, pero griegas a fin de cuentas – empezarán a ser controladas directamente por la Unión Europea. Y que si las cosas vienen mal dadas, a nosotros nos ocurrirá igual. Algún día, eso servirá de precedente para su eventual generalización a toda la Unión. De momento, a los torpes nos tocará pringar.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Todos pendientes de Alemania y Grecia
Esta semana se ha reunido, por enésima vez, el G20. Dejé de esperar algo de esta clase de mítines en abril de 2009, cuando, reunido en Londres y tras las esperanzas despertadas por la cumbre de Washington en noviembre de 2008, el G20 fracasó estrepitosamente en dar ninguna orientación coherente sobre la crisis, excepto poner una vela a San Antonio para que nos devolviera la prosperidad perdida. Por cierto, que entonces se apostó todo a una recuperación que tendría que observarse indefectiblemente a fines de ese año. Pero llegó el problema de las «trampas» contables de Grecia, y luego la crisis de la deuda externa de los países de la periferia de la Zona Euro. Y en ésas estamos.
Esta vez, el mitin ha consistido en darnos la barrila a los europeos con el problema de la deuda. Sólo que ahora ya no es únicamente deuda soberana sino también deuda bancaria, aunque esto último a los espíritus menos sutiles se les escape un poco. Pero, en fin, como dice la ministra Salgado, «no hay nada específico sobre España» ni, a fin de cuentas, sobre Irlanda, Portugal, Italia, Bélgica… Todo se circunscribe al problema griego. Dichosos griegos y su contabilidad creativa. Son unos sinvergüenzas, todo el mundo lo sabe, pero ¿qué se quiere? Habrá que rescatarlos todas las veces que haga falta, hasta que ese «agujero negro» de las finanzas mundiales se trague enterito el capital de Europa. Y la culpa de que todo eso no se haya resuelto ya de la única forma viable es de Alemania, siempre creando problemas en Europa y al mundo entero.
El problema de Alemania es éste: ellos ya saben lo que significa rescatar a una economía insolvente; lo tuvieron que resolver tras la reunificación de su propio país, a partir de 1991, y eso los tuvo ocupados durante más de una década. Nosotros no sabemos lo que es eso, ellos sí. El resto del mundo tampoco, pues dejó caer a las economías – tan podridas como las de la DDR – de los países al otro lado del telón de acero hasta que salieron de su postración por sí solas. Desde 2004, la Unión Europea – esto es, nuevamente, Alemania – ha ayudado a terminar la recuperación de algunas de ellas. Ahora, el país que es indiscutiblemente líder en la unificación europea se debate entre seguir enterrando dinero en un problema para taparlo sin resolverlo, y dejar que Grecia caiga brevemente para luego ayudarla a levantarse.
Y si vamos al fondo de la cuestión, yo tampoco estoy de acuerdo con las políticas que está imponiendo Alemania. Porque, también en el fondo, soy un «euroescéptico» que prefiere el bienestar de la gente a la grandeza de los imperios, aunque se trate, como en este caso, del paneuropeo. Pero me revuelve las tripas ver a los europeístas de pro quejarse del maltrato que nos da Alemania. ¿Es que esperaban la unificación de Europa por una vía distinta a la seguida por Prusia en 1860-1870 para unificar a Alemania? Que lean un poco de historia. Suerte tendremos, comparativamente a aquella generación, de que la unificación de Europa se resuelva con la quiebra de algunos países y no con su derrota en el campo de batalla.