domingo, 11 de febrero de 2018
Tiempo de Guerra
domingo, 22 de octubre de 2017
Histórico desencuentro entre ERC y el PSOE propicia el desastre
Una de las claves de la actual
situación política es el error de cálculo cometido por Esquerra Republicana de
Catalunya (ERC) respecto de lo que sería la posición del Partido Socialista
Obrero Español (PSOE) en el devenir de los
acontecimientos. ERC creyó en una especie de «solidaridad entre damnificados de la guerra civil»,
a la que hizo un guiño ostensible con la pregunta sobre la república catalana.
El sobreentendido era que el PSOE, presuntamente fiel a la preferencia
republicana de sus seguidores, vería en esa república periférica una oportunidad de oro para instaurar la III República
española. Todavía se estarán preguntando qué ha fallado en un plan tan
magnífico. Desde las filas de ERC (y desde las de Podemos en toda España) la
única explicación que aciertan a articular es que el PSOE ha traicionado el
ideario de sus mayores. Ninguno entenderá una palabra de lo que sigue.
El desencuentro entre republicanos catalanes y
socialistas atañe a las raíces mismas de la política: ¿política de ideas o
política de valores? Entiéndaseme, al final todo son ideas; pero se trata de
elegir entre ideas metafísicas sobre la realidad e ideas sobre la conducta
debida: esto último es lo que llamo valores.
A fin de cuentas, ERC, que no conoce otra lealtad que a la idea (porque no es
más que una idea) de la nación catalana, no entiende ni podrá entender que el
PSOE haya antepuesto la lealtad a la monarquía a su histórica preferencia por
la forma o idea republicana. Lo que su incomprensión pone de manifiesto es que
ERC no ha entendido nada de la idea de Europa, entre otras cosas porque su
europeísmo, mientras pudo presumir de él, ha sido siempre naive y a la postre
oportunista.
El drama cuyo desenlace estamos viendo ahora,
empezó hace más de medio siglo, a principios de 1962 para ser exactos. Entonces
se reunió en Múnich el IV Congreso del Movimiento Europeo, al que asistieron
118 españoles que formaron un capítulo aparte al que el franquismo enseguida
etiquetó de contubernio. El
Movimiento Europeo, creado en 1948 por figuras claves de la construcción
europea, como Robert Schumann, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Paul Henri
Spaak, Winston Churchill y Denis de Rougemont, entre otros, había surgido en
los orígenes de la Guerra Fría para reafirmar los valores europeos frente a la
supuesta carencia de los mismos de la Unión Soviética. Después de la firma de
los tratados de París (1951) y Roma (1957), el ME continuó siendo un motor
importante del proyecto comunitario. Su IV Congreso vino precedido de hechos
cruciales en la historia de España. A fines del año anterior, el gobierno
español filtró su deseo de pertenecer a las Comunidades Europeas. El Parlamento
Europeo estudió el caso y emitió en enero de 1962 el llamado Informe
Birkelbach, donde se manifestaba el deseo de ver a España convertida en país
miembro pero sólo después de restaurar plenamente la democracia. Aun así, en
febrero el gobierno español presentó su candidatura, que terminaría siendo
desestimada. En abril se declaró la huelga de los mineros en Asturias, que
llamaría la atención de toda Europa y daría origen a Comisiones Obreras. En
junio 118 españoles se dieron cita en Múnich.
El contubernio
de Múnich enfrentó aparentemente a la oposición interior al franquismo con la
del exilio, pero en realidad a la resultante de la evolución de elementos del
Régimen con la republicana. Llegaron a importantes acuerdos sobre derechos
democráticos y organización del Estado, pero enfrentaba a unos y otros la forma
del futuro Estado: monarquía o república. Gracias a la mediación del resto del
Movimiento Democrático, los españoles terminaron cerrando una declaración
conjunta en pro de la liquidación del franquismo, que dejaba sin mención la
futura forma de Estado. Rodolfo Llopis, secretario general del PSOE, allí
presente, resumió a la perfección el pragmatismo del acuerdo al manifestar que si la monarquía traía la democracia a
España, los socialistas serían leales con ella. Más tarde llegó Suresnes, y
Felipe González desbancó a Llopis. Durante unos años creyó poder desligarse de
la promesa de su antecesor y coqueteó con la república. Finalmente entendió de
qué iba la cosa y, en el primer congreso del partido tras aprobarse la
Constitución, renunció a toda veleidad en ese sentido.
También hubo representación de ERC en Múnich.
Podemos imaginar la conversación telefónica entre el enviado y Josep
Tarradellas, jefe del partido y president de la Generalitat en el exilio: Tú di que sí a todo, que luego ya tomaré yo
distancias de lo que se acuerde. Y así fue. Poco después la Generalitat se
desmarcó de la declaración española, con la excusa de que no garantizaba el
suficiente autogobierno de Cataluña. Mostraba así el independentismo una
profunda deslealtad, no sólo con los demócratas españoles sino también con los
europeos, que incorporaron la declaración española a las resoluciones del IV
Congreso. Más tarde, el 23 de octubre de
1977 Tarradellas se plantó en Barcelona con su famoso «Ja sóc aquí!», como si
con ello conjurara los riesgos de insuficiente autogobierno, frase que la
maquinaria propagandística del independentismo ha tratado de presentar como el
inicio de la Transición, especie que papanatas del resto de España han repetido
sin meditar las consecuencias.
Valores europeos, el independentismo catalán no ha mostrado ninguno, como
no sea que Europa esté dispuesta a recibir lecciones de Catalunya al respecto.
Pero tampoco sagacidad al escapársele que el compromiso del PSOE con la
monarquía, mientras ésta represente el Estado de Derecho y la forma europea de
entender la democracia, es firme. Y de la misma forma que Isidoro pudo dudar unos años, Pedro Sánchez acaso ha dudado
también. Pero finalmente ha comprendido, como aquél, que la única forma aceptable
de hacer política en Europa es demostrando valores firmes, como la lealtad
institucional, y no encandilando a las masas con bonitas ideas y prometiéndoles
el oro y el moro si se consigue según qué cosas.
viernes, 13 de octubre de 2017
Premier League, EFTA y negociar la independencia
A mí me ocurre lo contrario que al
ministro Méndez de Vigo, que hoy lo veo peor que ayer y mejor que mañana. Y es
que creo que el enfoque es radicalmente erróneo. Durante treinta y seis horas
me he puesto en modo 155 (yo, que siempre he sostenido que no hacía falta
aplicar ese artículo de la Constitución), pero no lo veo, mírelo como lo mire.
¿Qué sentido tiene sugerir al President Puigdemont que niegue lo que todos
pudimos ver, que 72 «legítimos representantes» del pueblo catalán (la mayoría
del Parlament) emulaban a los delegados de las Trece Colonias americanas que
firmaron la Declaración de Independencia en Filadelfia el 4 de julio de 1776?
¿Volver, como dicen los periodistas, a la
casilla de salida? ¿Hacer como que las autoridades catalanas nunca
incurrieron en la profunda deslealtad de que los acusó ante doce millones de
espectadores S.M. el Rey? Eso sería convertir todo en un estúpido malentendido,
volvernos locos a todos. Puede que el Honorable lo haga, después de todo, y
¿para qué? Además, que rollo más malo, como decían los modernos. Negociar no se
sabe qué en la comisión esa de reforma constitucional. Meses, acaso años de
agravios y humillaciones para ambas partes. Si entramos por ahí, es que este
país es masoquista.
Por otra parte, algunas de las más
engorrosas dificultades para la independencia se van despejando. Una de las más
importantes, si no la principal, era el destino del Barça. Ya la Premier League
británica ha dicho que lo acoge. ¿Se dan cuenta de las ventajas que eso supone?
Domingo sí, domingo no, Barcelona se llenará de hooligans, esos encantadores personajes que han dejado un reguero
de sangre en sus viajes al Continente en competiciones europeas. Muchos de
ellos son turistas que adoran ponerse ciegos de alcohol barato y dormir la mona
en la playa, para estar frescos, armar bronca y jugar al balconing por las noches. Y a su regreso tienen estupendos bufetes
en la City que demandan a los hoteles por carecer de piscinas con la suficiente
profundidad para saltar a ellas desde las habitaciones, o por lo que sea. Sería
fabuloso: toda la morralla que amarga la existencia a los mallorquines en la Punta
Ballena de Magalluf, trasladada a Las Ramblas, donde los recibirán con los
brazos abiertos, sembla.
El otro escollo era la salida de la
república catalana de la Unión Europea y la zona euro. Parece que la EFTA
(siglas de la European Free Trade
Association, Asociación Europea de Libre Comercio) también estaría
dispuesta a acogerla. Si es que Cataluña es un bombón... Son los cuatro países
que restan de un proyecto del Reino Unido en los cincuenta, que fracasó: Suiza,
Noruega, Islandia y Liechtenstein; trece millones de habitantes en total. Menos
da una piedra. Además, tras el Brexit es previsible que el Reino Unido se
reincorpore, lo que desequilibrará totalmente la cosa. Pero es lo que hay. Ya
puestos, lo único que falta es que el Banco de Inglaterra ofrezca a Cataluña
incorporarse al área monetaria de la libra esterlina. Oigan, esto puede ser
incluso mejor que el euro: los ejecutivos catalanes viajarán a Londres en vez
de a Madrid y los hooligans lo
tendrán más fácil para hacer su turismo en Cataluña. Oportunidades, a esa
democracia ejemplo para el mundo, no le van a faltar.
Cataluña tiene una larguísima
tradición de ofrecerse al mejor
postor. En el siglo XV – ojo a la fecha: anterior a la formación de España – la
república catalana ofreció la corona del Principado a Enrique IV de Castilla, a
un pretendiente de la casa de Anjou, al condestable Pedro de Portugal y a un
tal Reiner de Provenza. Por haches o por bes, salió mal; pero ellos lo
intentaron. Y en 1640 se ofreció a
Francia, que la devolvió poco después a España en la Paz de los Pirineos, harta
la primera no sabemos de qué.
En el presente, ya se ha ofrecido a Estados Unidos como
«estado libre asociado». Vamos, que si no pueden ser la Dinamarca del Sur del
Europa porque Alemania y Francia se ponen burras, bien está ser el Puerto Rico
del Mediterráneo.
Veo tremendas ventajas en negociar la
independencia de Cataluña. A primera vista, no con los catalanes, que parecería
que no tienen nada que ofrecer salvo desgracias sin cuento para todos si no se
hace lo que ellos quieren. España tiene donde elegir y con quién negociar. Con
Estados Unidos, podemos cambiar a Cataluña por Puerto Rico. Esta excolonia
nuestra, que ahora pasaría a ser comunidad autónoma, está muy descontenta por
la escasa atención recibida del gobierno federal tras el paso devastador de un
reciente huracán, mientras la Casa Blanca dice que lo que ha hecho por Puerto
Rico, mucho o poco, ha desequilibrado su presupuesto para el ejercicio
corriente. La transacción está hecha.
Pero también podemos cambiar con el
Reino Unido a Cataluña por Gibraltar, eterna reivindicación insatisfecha de España.
Añado: dada la special friendship entre USA y UK, que
desembocará inevitablemente en una creciente infeudación del segundo al primero
tras el Brexit, ¿no podría un astuto negociador catalán conseguirnos Puerto
Rico y Gibraltar, juntos, a cambio de su libertad?
miércoles, 11 de octubre de 2017
155
La política es el arte de hacer
fetiches y apropiárselos. Un fetiche en política es un
símbolo que para unos es bueno y para otros, malo. Gana el pulso quien se lleva
de calle a la opinión. Nosotros hemos conocido varios fetiches: la Transición,
elevada a modelo mundial por la vieja
política y degradada a gestora del ‘régimen del 78’ por la nueva; el déficit público, bálsamo de fierabrás para los
keynesianos y bestia negra de los
liberales; el derecho de autodeterminación, sacrosanto privilegio de las
naciones para unos, trasunto de anarquía cantonalista para otros. La lista
sería interminable.
El artículo 155 de la Constitución
Española de 1978 es un fetiche. Hemos visto su rostro demonizado: flagrante
negación de los derechos territoriales y arma infalible del centralismo. Pronto
veremos su faz positiva: una vez
iniciado el proceso, el Gobierno debe explicar sus motivos al Senado, y
Puigdemont tendrá ocasión de defender la posición del Govern en la Cámara Alta
ante los medios de comunicación del mundo entero, quienes no dejarán de cubrir
la información con el interés que cubrieron la confusa declaración de
independencia. ¿Qué más puede pedir quien pretende representar a una sociedad que está dando al mundo una lección
de democracia y civismo?
sábado, 7 de octubre de 2017
Réquiem por Cataluña
El wishful thinking, que aquí algunos
traducen por «buenismo» (traducción particularmente estúpida, porque la voz
tampoco está en el Diccionario) y que prefiero españolizar como «deseos
piadosos», está profundamente arraigado en el alma de nuestras sociedades. Un
ejemplo de la universal prevalencia de los deseos piadosos es la idea de que,
en una crisis como la catalana, nadie
quiere que haya un muerto. Espero mostrar que, a estas alturas de la
crisis, no uno de los bandos sino los dos empiezan, si no a querer que haya
muertos en las calles, al menos a considerar que a lo peor es inevitable.
Empezaré por
el Gobierno. Hasta él sabe que la Justicia y las finanzas no son lo bastante
rápidas para resolver la crisis. Dominadas por sus propios tempos, ambas
esferas sólo pueden arrojar más leña al fuego. La gente salió el 1-O por
centenares de miles a votar en un referéndum ilegal (no lo era en sí, pero sí
celebrarlo en esa fecha) y no se va a dejar intimidar ahora por el
procesamiento de sus líderes o la fuga de un puñado de empresas. La gente está
galvanizada. Han visto sangre, y aunque en buena parte no sea de verdad sino
kétchup, lo que cuenta es el horror de la prensa internacional. La sangre excita la imaginación, y ésta
lleva a suponer que lo visto sólo es el principio. Se empieza a pensar que
puede haber muertos y cada cual se mentaliza
para ello. Claro que no es lo mismo decir
moros vienen que verlos venir, y eso
pesa en el cálculo del Gobierno. Es de esperar que la gente vuelva a
enfrentarse. Para hacerla regresar a sus casas puede no bastar un apaleamiento
general, incluso más brutal (brutal de verdad) que el del 1-O. Algún muerto la
mandaría a casa ipso facto, porque no es la perspectiva del sacrificio lo que
impulsa a la rendición sino la percepción de la inutilidad del mismo: la desigualdad
de fuerzas es manifiesta.
También los
líderes del independentismo habrán empezado a hacer sus cábalas. El procès está agotado. No contaban con un
escenario en que las grandes empresas abandonaran Cataluña; lo que siempre
vendieron es lo opuesto. Hace siete u ocho años Barcelona se contaba entre las tres
ciudades del mundo (con Dublín y Shanghai) preferidas por los ejecutivos de
grandes empresas norteamericanas. Ahora llegan aún coletazos de esa moda, pero
no puede durar. La CUP ha dicho que la marcha del gran capital será de ayuda
para construir la economía colaborativa con la que sueñan. Pero el PDdeCat y
ERC saben lo que significa: hay que pasar página cuanto antes. No pueden, sin
embargo, ponerse delante de la multitud para decir que de DUI nada. Algún
muerto sería funcional. El árbol de la
libertad se riega con sangre de los mártires.
Y luego está
la comunidad internacional. Una comunidad que apoya sin fisuras al Gobierno,
condena la independencia unilateral y pronostica males globales sin cuento en
caso de que triunfe la secesión. Pero que se desayunó espantada con las
imágenes del 1-O y que insta al Gobierno a negociar, a sabiendas de que no lo
hará. Las predicciones más pesimistas, por ahí fuera, hablan de una nueva Yugoeslavia,
de guerra civil y de no-sé-cuántas-cosas-más. Un número limitado de víctimas
mortales, que mande a la gente a sus casas por unos cuantos lustros, o mejor
décadas, podría incluso parecerles aceptable «para evitar males mayores».
La
perspectiva siembra el pánico entre los líderes independentistas, porque el
final de la crisis supondría su procesamiento por sedición; un delito tanto más
condenable si hay muertos de por medio. Eso los paraliza. Es por lo que
sospecho que la iniciativa recae ahora en el Gobierno.
Puede haber
muertos y, con arreglo a la ley de Murphy, si la situación llega a pudrirse
terminará por haberlos.
sábado, 23 de septiembre de 2017
Cataluña: hora cero
Que el independentismo catalán tiene
hondas raíces nadie puede ponerlo en duda. En la guerra de Sucesión a la corona
española creyeron lograr la independencia; de rebote, porque lo que entonces
querían era defender la organización política de los Austrias (foral, o sea
feudal, que ambas palabras tienen la misma raíz latina) contra la no menos absolutista
pero bastante más moderna de los Borbones. Ahora presume de «democrático», pero
el nacionalismo catalán tuvo un origen retrógrado de mucho cuidado. Es dudoso
que haya perdido ese marchamo a la fecha.
Los centenarios son ocasiones
propicias para celebrar el nacionalismo. Ni 1814 (apenas expulsados los
franceses y en plena rebelión de las colonias americanas, en suya supresión la industria
textil catalana estaba interesada como el que más) ni 1914 (al borde de una
conflagración europea que se mascaba desde la anexión de Bosnia-Herzegovina por
la monarquía danubiana, en 1909) ofrecieron coyunturas favorables. Pero 2014
era otra cosa. Acabada la Guerra Fría y en eterna pax americana, con la globalización marchando a paso de carga (y la
tecnociencia catalana globalizándose como el que más), disfrutando de derechos
inalienables en la Unión Europea, ¿qué obstáculo podía haber?
Muchos en el resto de España soñaron
con que la Constitución Española de 1978 pondría definitivo fin a las
veleidades independentistas del nacionalismo catalán. Craso error. Hacen mal
los unionistas en contraponer la figura de Tarradellas a los soberanistas
actuales: la actitud del gran político catalán sólo demuestra que era realista.
La transición no era el momento. Pero los albores del siglo XXI, ¿por qué no?
Hay quien cifra el comienzo de esta
ola independentista en la operación del juez Garzón para prevenir acciones de Terra Lliure con ocasión de los Juegos
de Barcelona, y que dio con varios activistas en la cárcel (y, según las malas
lenguas, el exilio voluntario de Puigdemont). No sabría decirlo. Pero está
claro que el proyecto estaba en un sólido y muy resuelto grupo ya en 2004. El
28 de diciembre de ese año – ojo a la fecha – se constituyó la Fundaçiò
PuntCat. El objeto era conseguir una extensión de dominio en internet, con
arreglo a la expansión del número de las mismas acordado por el ICANN
(organismo gestor de la asignación de nombres de dominio); la idea era lograr
.cat como una extensión patrocinada, lo que fue aprobado por el ICANN en
septiembre de año siguiente. De quince extensiones patrocinadas en aquellas
fechas, sólo dos tenían una referencia territorial, de sentido muy distinto:
.asia y .cat. Entonces ya estaban claros la intensión de sacar a Cataluña del
código de país .es, correspondiente a España, y el carácter singular del empeño
a escala planetaria. En el logro de la extensión tuvieron un papel protagonista
las gestiones del Institut d’Estudis Catalans, el mismo que dio cabida al
infundio de que El Quijote fue
originalmente escrito en catalán (El Quixot
o quizá En Quixot) por un tal Joan
Miquel Servent, nacido en Játiva pero de familia barcelonesa; novela que luego
habría sido reescrita en castellano. También influyó en la decisión del ICANN
la presión del capítulo catalán en la Internet Society.
La fábula del Quixot catalán y la absurda teoría de que Colón (supuestamente,
Cristòfol Colom) habría salido no de Palos, en Huelva, sino de Pals en el Bajo
Ampurdán, así como otros dislates igual de divertidos, muestran algo mucho más
dramático: el siempre difícil encaje de la cultura catalana en la española. Son
dos culturas distintas, basadas en dos lenguas muy diferentes. Sólo la más
supina ignorancia permite hoy decir que el catalán es un dialecto del
castellano; en realidad, pertenecen a dos ramas distintas de la lengua romance:
la castellano-portuguesa, por un lado, y la catalano-occitana, por otra, mucho
más próxima al italiano que a la que tiene al oeste. Para colmo, el catalán
comparte con el italiano, el francés e incluso el portugués ciertas notas de
musicalidad ausentes en el castellano. Ésta es una lengua recia y cortante, que
ha moldeado así el espíritu de las gentes que lo hablan como lengua nativa.
Se trata, así pues, de dos culturas antitéticas en algunos aspectos. Por momentos,
la simbiosis de ambas ha dado origen a los mejores momentos de la historia de
España; obviamente, no en la actual generación. Alguno de los peores aspectos
de esa difícil relación se está revelando en la presente crisis.
Si los Estados se definieran por la
uniformidad cultural (como quieren quienes llaman traidores a Serrat y
Boadella), Cataluña tendría todo el derecho a ser uno de ellos. Pero no es así.
Los Estados hoy se definen por su funcionalidad económica, y realmente Cataluña
y España (y la Unión Europea y probablemente Occidente pues el Catexit sumaría sus efectos al Brexit) tienen mucho que perder con la
independencia de la primera. JPMorgan, primer banco del mundo por el tamaño de
sus activos, advierte hoy de los riesgos en ese sentido, y llama a las
autoridades comunitarias a ser más beligerantes en la crisis. Se dirá: ya están
los bancos… Quizá, pero apunta también a algo con mucho sentido: no es un
problema cuya solución se pueda afrontar con romanticismo.
Pase lo que pase estos días, los
catalanes tienen que tener clara una cosa: si rompen con España, saldrán de la
UE y del euro para no regresar en un horizonte temporal previsible. Se enfrentarán la permanente
oposición de España y también a la de Alemania, porque otra cosa sería dar alas a
los nacionalistas bávaros a romper con la República Federal. El procès ya no es sólo un asunto de ámbito
europeo sino también un problema interno de todos los Estados miembros de la
Unión donde el ejemplo catalán podría prender con fuerza. Esto, que haría la
felicidad de los antisistema encendidos de rauxa,
debería hacer reflexionar, con su tradicional seny, a la clase media moderada de nuestra hermana Cataluña.
Etiquetas:
Cataluña,
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Unión Europea,
Zona Euro
sábado, 5 de agosto de 2017
Barcelona y el turismo
Para evitar malos entendidos, crecí en Alicante en la década
del desarrollismo; vi surgir Benidorm, prácticamente de la nada hasta
convertirse en lo que es ahora. Hace treinta años, me vi envuelto
profesionalmente en el sector turístico, esta vez en Ibiza, y comprobé sus
efectos sobre el mercado laboral: jornadas de diez y doce horas, sin descanso
los fines de semana, de mayo a octubre, y el resto del año vacaciones forzosas
en el paro; fijo discontinuo llaman a ese contrato de trabajo. Luego asesoré a
empresarios mallorquines y, derivado de mis contactos con la Isla, en 1999
llevé a cabo (conjuntamente con José María Zufiaur) un estudio de Calvià, el
municipio más rico de España gracias al turismo, con objeto de desentrañar los
motivos del abandono escolar, entonces también uno de los más altos de España y
que naturalmente estaba relacionado con el turismo; desaconsejé la instalación
en ese municipio de un parque temático, que algunos otros economistas
recomendaban. Años después, participé por cuenta de la Universidad de Castilla-La
Mancha en el proyecto de crear un polo turístico en Ciudad Real. El Reino de
Don Quijote, se llamó la cosa. Un fracaso absoluto, también relacionado con el
del archifamoso aeropuerto de Ciudad Real. He visto el sector por activa y por
pasiva; conozco sus pros y sus contras, sus éxitos y sus fracasos. Di, en fin, clases en la Escuela Oficial de Turismo antes de dedicarme por entero a la Universidad. Trato de no hablar por hablar.
La reciente reacción contra los excesos del turismo (trato
de ser ecuánime) ha sido calificada de «turismofobia». Creo que no es más que
la indignación que saltó a la
palestra el 15 de mayo de 2011, focalizada en el turismo. El argumento de fondo
se desarrolla en los siguientes términos: Yo
no hago turismo, pero sufro sus efectos; no tengo por qué. Que los sufra quien
hace turismo, o sea, los ricos. Se enfatiza el carácter masivo e
insoportable del turismo ahora, como si fuera algo nuevo. En España llevamos
medio siglo sufriendo los efectos del turismo, y tratando de atemperarlos en lo
que se puede. El contrato de fijo discontinuo, al que aludí antes, fue un
importante logro de los sindicatos. Me dicen que ahora en Barcelona sólo hay
temporalidad y precariedad. Es un retroceso, pero está en la mano de los
interesados remediarlo, como hace cuarenta años. Hay mucha demagogia en esto,
como decir que aceptar el turismo sin más es como aceptar la industria sin
controles medioambientales. Y yo replico, en el mismo orden de comparación, que
el ataque a autobuses turísticos hoy es como la destrucción de telares
mecánicos por el movimiento ludita. ¿Se creerán de verdad muchos que en España
no se ha hecho nada por mejorar el turismo en medio siglo, en lo que se ha
podido? No hemos llegado a ser la segunda o tercera potencia mundial en
turismo, según los años, en dura competencia con Francia y Estados Unidos, y
sede de la Organización Mundial del Turismo, tirando el mercado. Desde luego,
siempre se puede hacer más y mejor, pero en esto la indignación hace gala del adanismo apreciable en sus posiciones en
muchos ámbitos: nada se hizo nunca antes, ellos han venido a arreglarlo todo.
El problema de fondo es complejo, y me temo que tiene
difícil arreglo. El español medio es ahora más pobre que antes
de la crisis. Entonces viajaba cada vez más gente; ahora hay un sector
importante que ni viaja ni se plantea viajar. No se les venga a hablar de
ventajas del turismo: eso es algo que pueden apreciar en primera persona los
ricos, no ellos. El problema tiene más vueltas en Barcelona, gracias a las
Olimpiadas del 92, que transformaron la ciudad, la modernizaron y embellecieron,
y le dieron una magnífica playa. Los barceloneses pobres de hoy (siempre los ha
habido, eso tampoco es nuevo) ni siquiera tienen que desplazarse a Salou,
pongamos por ejemplo, como los de antes; ahora van a su flamante playa en
Barcelona. ¿Por qué querrían compartirla con incómodas multitudes de turistas?
Y lo mismo con las terrazas y hasta las calles. Su razonamiento, como suele
ocurrir con la indignación, no llega
muy lejos pues, ¿de qué vivirá una ciudad que no crea suficientes empleos en
nuevas tecnologías para dar de comer a sus habitantes, pero que tiene la suerte
de atraer a los de fuera? Si llegamos a tener una sanidad y una educación
públicas como las de antes de la crisis, ha sido gracias al turismo. Y si hemos de recuperar los niveles entonces alcanzados tendrá que
hacerse con el turismo o no se hará, al menos en un horizonte previsible.
Hay más aspectos del asunto, sin embargo. La gentrificación y consiguiente expulsión
de la población local del centro de las ciudades turísticas adquiere caracteres
especialmente dramáticos en Barcelona. La subida de los precios de la propiedad
inmobiliaria como consecuencia de su uso más rentable repercute en subida de
los alquileres, y ésta rompe los presupuestos familiares. Tampoco es nada
nuevo: viene ocurriendo en Madrid desde mucho antes. Y sucede en todas las
grandes ciudades donde la formación de centros financieros, comerciales y de
negocios vacía de residentes barrios enteros. Querer que el centro de las
ciudades quede exclusivamente para uso residencial es negarse a que pueda
actuar como motor económico. Lo dramático es que la gentrificación, en Barcelona,
está siendo consecuencia de la crisis. Muchas familias, que perdieron su
vivienda en la crisis hipotecaria y han pasado a estar de alquiler, son
expulsadas al extrarradio. Por la acción del mercado, los perdedores de la
crisis son también los perdedores del boom turístico, al tiempo que los ganadores
ganan por partida doble. Pobres contra ricos, ricos contra pobres. Un argumento
así hace mella en el ayuntamiento presidido por quien fundó la Plataforma de
Afectados por la Hipoteca. Sin embargo, haría falta conocer con la mayor
exactitud posible los números, para tratarlos con correcciones a la política en
lugar de poner ésta al carro de los casos más sangrantes como si fueran la
regla general.
Todo se complica si introducimos la variable política, que
en Cataluña no es baladí. El proceso soberanista se ha querido explicar de
muchas y variadas formas: que si «España nos roba», que si se quiere tapar la corrupción
de los convergentes, que si ha surgido una oportunidad revolucionaria que asombrará al
mundo… Hay un factor que se olvida con frecuencia: la indignación, protagonista de este artículo. Cuando el gobierno de
Artur Mas se metió a hacer retallades,
que dejaron a la educación y la sanidad hechas unos zorros, se topó con la indignación. ¿Qué mejor forma de
librarse de su acoso que reconducir esa fuerza combativa hacia la secesión? Y
con su habitual falta de criterio en muchos ámbitos, la indignación se dejó reconducir. Obsérvese, por ejemplo, que los
votos de la CUP, independentista, en las autonómicas de septiembre de 2015,
fueron prácticamente los mismos que los de En Comù Podem, en su mayoría unionista,
en las generales dos meses después. La indignación
ha sufrido una esquizofrenia característica en el tema independentista, que la
ha hecho fácilmente manipulable por los políticos corruptos del nacionalismo.
Pero eso se está terminando. Los líderes de la indignación mantienen cada vez más firme su voluntad de no romper
con el Estado porque son conscientes de que en una república catalana (que los
trataría de colonos españoles) les iría mucho peor. Saben que el nacionalismo
es una ideología de ricos que quieren afianzar su poder sobre los pobres y que,
contra lo que creen los aventureros delirantes de la CUP, en una Cataluña
independiente será todavía más difícil que en España transformar las cosas. Y
consciente del desafío que para ella plantea el procès, la indignación
planta cara a los ricos en todos los terrenos que puede. Las circunstancias han
determinado que uno de ellos, y de la mayor importancia, sea el turismo.
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