viernes, 20 de febrero de 2015

Grecia, el euro y el futuro de todos

Hoy se habla con insistencia - en realidad, con demasiada insistencia - de la salida de Grecia del euro. El debate está planteado en unos términos maniqueístas (en esta época abundan los administradores de la verdad revelada) que auguran lo peor. O es que Grecia son unos malos pagadores que para colmo no dejan de pedir dinero, o es Alemania una potencia maligna que ha chupado la sangre a los griegos y pretende seguir haciéndolo. Si alguien se cree cualquiera de estas dos patrañas es que es idiota. Sin remedio.

Ciertamente, Grecia no encaja en el euro que quiere Alemania. Pero esto no es nuevo: se sabía ya en enero de 2001, cuando ingresó en la eurozona. Explicar esto para los no iniciados resulta difícil, pero quizá cabe resumirlo diciendo que el euro es un experimento de laboratorio. Nunca se había hecho nada parecido, y cuando se hizo fue siguiendo una teoría elaborada por el economista canadiense Robert Mundell en los años sesenta, que gracias a su clarividencia fue recompensado con el premio Nobel de Economía en 1999, el mismo año en que el euro empezó a circular para otros once países, entre ellos España, con dos años de antelación a Grecia. Lo que Mundell vino a decir es que una moneda común podía circular entre varios países que no hubieran renunciado a su independencia en otros ámbitos, si se cumplía una de tres condiciones: 1) libre movilidad de factores productivos entre los países del área monetaria común; 2) ajuste perfecto de los salarios a la productividad; 3) transferencias de renta de los países con mejor ajuste a los de peor. Descartada 1) por barreras culturales y lingüísticas (y, caray, porque a partir de cierto punto empiezan a funcionar el racismo y la xenofobia) los ingenieros del euro confiaban en 2) y 3). Pero desde el principio todos sabían que el ajuste de los salarios a la productividad sería más perfecto en unos países que en otros; y Grecia tenía todas las papeletas para ser de los que menos. ¿Por qué se la dejó entrar? ¿Nadie se hace ahora esta pregunta? Porque, ojo, no es que entrara con el barullo de todos, no. Entró dos años después que todos porque entonces ya había dudas. Pero entró. Y entró porque convenía a todos. Era el primero en entrar tras los once del pelotón de cabeza. Su ingreso tuvo un efecto de marketing del euro, inmenso. Los países del Este empezaron a entrar en la Unión Europea en 2004 y ya entraron pidiendo su ingreso en el euro: "Si pueden hasta los griegos...".  

Bueno, hubo un efecto político; ya vale, no vamos a estar pagando por ello per secula seculorum. Pero es que no fue un efecto solamente político. Actualmente, son miembros de la zona euro 19 de los 28 de la UE. Las economías de esos 19 países han dado lugar a un importante agio del euro vis-à-vis las restantes divisas convertibles en los mercados financieros globales durante un largo periodo de tiempo. Eso ha representado ganancias de decenas de miles de millones para quienes tenían el euro como depósito de valor, amén de una mejora sustancial de los términos de intercambio para la zona euro y una sustancial reducción de la tasa de inflación, con la consiguiente mejora de la competitividad de sus exportaciones. Y de todo eso, que fue fruto de un proceso en parte propiciado por haber actuado Grecia de "liebre", ¿ahora no se habla? Los griegos se sienten utilizados y con motivo. En su momento tuvieron que soportar y soportan todavía que se diga que "los griegos engañaron con sus cuentas". Es esa clase de hipocresía estúpida que nunca ayuda a resolver nada.

Mundell, que está vivo y se le puede preguntar si tengo razón o tengo razón, añadió una tercera condición, segunda que tendría que haber funcionado en ausencia de la libre movilidad de factores dentro de la eurozona; me refiero a las transferencias de renta, es decir los regalos de dinero de los países más eficientes a los menos. Oh, ya sé que los puristas de la disciplina de mercado se rasgarán las vestiduras. ¿Por qué metería Mundell una cosa así en la teoría? Porque Mundell, a diferencia de los puristas, es listo. Previó que los beneficios de la moneda común se distribuirían de forma asimétrica; y si esa asimetría podía colar en épocas de bonanza, llegaría a destruir la unión monetaria en épocas de crisis. Las transferencias de renta, no es que sean justas; es que son necesarias para que una zona monetaria donde no todos realizan ajustes eficientes pueda sin embargo funcionar como una zona monetaria óptima. Y lo que vemos es que no se ha hecho ninguna transferencia de renta a Grecia; absolutamente ninguna, ni en los peores momentos de la crisis. Solamente préstamos, deuda cuyo servicio se exige a los griegos con un rigor digno de Shyllock. Todo lo más, se hizo alguna transferencia de capital, a regañadientes y en forma de quita cuando estaba claro que los griegos no podían pagar. Pero, claro está, eso ni ha resuelto ni podía resolver el problema, como fácilmente se podría haber pronosticado con arreglo a la teoría. Ahora se ha llegado al punto de aprovechar que los griegos siguen sin poder pagar para echarlos.

Dicho de otra manera, al echar a Grecia de la zona euro nos arriesgamos a matar la gallina de los huevos de oro. El agio del euro se reducirá aún más, en espera de que otros casi tan poco aptos como Grecia vayan saliendo. El efecto demostración actuará al revés, o sea como agravio comparativo. Si ahora no se puede dejar pasar a Grecia para no dar mal ejemplo, en el futuro se podrá decir: "Por esto mismo se echó a Grecia, ahora no se puede no echar a España". Y si puede pasar terminará pasando, como sabiamente pronostica la ley de Murphy.  

jueves, 22 de enero de 2015

IU y Podemos: lo que toca

Hace pocas semanas escribí sobre las diferencias culturales entre IU y Podemos. Dije, y lo sostengo, que son difícilmente salvables; ahora añado que en absoluto insalvables. Son insalvables en términos de un debate entre las direcciones actuales de las dos formaciones, pero eso a fin de cuentas es lo menos importante. Lo más importante es que el ascenso de Podemos no llevará seguramente a donde Iglesias y los suyos esperan, pero señala a las claras que es hora de autocrítica y revisión de planteamientos estratégicos en Izquierda Unida.

La falta de comunicación entre ambas formaciones es producto de la incomprensión por IU de los efectos sobre la política que trajo el 15-D. Porque si se hubiera entendido, las relaciones no se estarían planteando en términos de conflicto. Lo decisivo del 15-D es un cambio en la forma de organización de los movimientos de masas; guste o no guste, es la forma de organización del siglo XXI. Pero IU sigue anclada en las formas de organización del frente popular: VII Congreso de la Internacional Comunista, 1935; España, 1936. Ochenta años de vigencia de una política, veintinueve años de vigencia (desde 1986) de un esquema organizativo para aplicarla; todo, para que las perspectivas sean un apoyo del 2% del electorado. ¿Cuándo se ha visto tal apego en el movimiento obrero a una idea periclitada?

IU agoniza. Incluso aunque Podemos se desinflara, como parecen esperar algunos, sus votos irán a cualquier parte menos a IU; de eso se está encargando el antagonismo creado en los últimos meses. La gente que apoya a Podemos quiere cosas nuevas, no reconocer que se ha equivocado y volver al redil donde les esperan los viejos enterados con gesto severo. Eso no ocurrirá más que en un porcentaje ridículo porque la vieja política, en todo caso, resucitará al PSOE más que a IU. Este largo periodo de "acumulación de fuerzas" no es tal, sino de resistencia del eurocomunismo a ajustar cuentas con su  historia.

¿Qué es lo que toca? Volver a la puñetera base a reeducarse uno. Aprender las nuevas formas del movimiento, respetarlas y adaptarse a ellas: el 2% debe dejar que le enseñe el 20%. Es ley de vida política. Ya sabemos que los mandamases de IU querrían una parte de la dirección, pero eso - se está demostrando - es "frente popular", vieja política. Podemos funciona de otra manera, en el fondo mucho más "clásica": como un parlamento popular, donde el que gana más votos manda y los demás chupan banquillo. Ahora mismo mandan los de Claro que Podemos, Iglesias y los suyos; los anticapis de Echenique, Sumando Podemos, chupan banquillo. Bueno, pues que haya otro a chupar, digamos, Unidos Podemos, o lo que dé la gana, que el nombre es lo de menos. Lo importante es aprender a debatir y concitar apoyos en ese medio, algo a lo que se renuncia cómodamente ahora porque se intuye de todo menos fácil.  

martes, 6 de enero de 2015

Grecia y el euro

Hace pocos días, distintos portavoces alemanes daban a entender que la salida de Grecia del euro era una opción a considerar. Ayer fue día de desmentidos. Por mañana, la Comisión Europea dijo que la pertenencia al euro es irrevocable; por la tarde, varios analistas internacionales destacaban que Alemania no puede darse el lujo de perder a Grecia, puesto que si la deuda griega en manos de bancos alemanes ha caído a 23.000 millones de euros, la parte de Alemania en los préstamos de instituciones comunitarias a Grecia como consecuencia de sus repetidos rescates asciende a 77.000 millones: total, 100.000 millones redondos. Son cifras importantes, aunque quedarse en ellas es perder de vista lo crucial en esta situación.

Cuando se dice, como ahora, que la salida de Grecia del euro comportaría también su abandono de la Unión Europea, lo que no podría hacerse sino a petición de los propios griegos y con el voto unánime de los países miembros, se enuncia lo que quizá es una verdad jurídica. Pero ya estamos hartos de ver lo que se hace con el Derecho en situaciones de emergencia. Con Grecia se han cometido tropelías que hace una década habrían parecido impensables. A España se la obligó por el Banco Central Europeo a hacer una reforma constitucional exprés (la del art. 135, que bendice todos los recortes habidos y por haber) con acuerdo de los grandes partidos y sin contar para nada con el pueblo. De manera que no se nos venga ahora a decir lo que se puede y lo que no se puede legalmente hacer u obligar a hacer en horas 24 dentro de la Unión Europea.

Lo segundo es que cada toma de posición puede significar varias cosas, y ahora mismo la situación es tan fluida que aferrarse a cualquier dato es tanto como arriesgarse uno a cometer errores de bulto en el análisis. Es evidente, al punto a que han llegado las cosas, que Alemania estaría más tranquila con Grecia fuera del euro aunque dentro de la Unión Europea. El argumento de Syriza de que se le tiene que condonar a Grecia tanta deuda como se le condonó a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial empieza a ser algo más que molesto; Tsipras y los suyos parecen dispuestos a echar un verdadero pulso a la élite dirigente alemana sobre bases morales. Y faltaría más que en esta Europa que empieza a ser alemana las cuestiones de poder se dilucidaran con arreglo a criterios morales. Alemania dejaría de ser Alemania. Por tanto, si hace falta echar a Grecia se la echa. No serán las barreras legales las que lo impidan, sino en todo caso consideraciones de la Realpolitick germana.

El otro asunto es el pronunciamiento de la Comisión Europea. ¿A qué viene decir ahora que la pertenencia al euro es irrevocable? Todo el mundo sabe que eso depende del funcionamiento de la zona euro como una zona monetaria óptima, lo que hasta ahora no se ha dado demasiado bien que digamos. Harían falta reformas que a juicio de la propia Comisión Europea no se están acometiendo en Grecia, ni en Portugal, ni en España, ni en Italia. Mientras Grecia se resista, España e Italia se resistirán también. En 2012 este tira y afloja casi desencadenó la ruptura del euro. Si vuelve un pánico de esas características, la propia Comisión Europea dirá donde dije digo, digo Diego. ¿Y puede volver el pánico? Depende de cuánto estén dispuestos a tensar la cuerda los griegos. Es decir, la pescadilla que se muerde la cola. O el nudo gordiano, como decían los antiguos; nudo gordiano que, dicho sea de paso, Alejandro Magno cortó - como se sabe - de un tajo de su espada. Y en eso estaban los alemanes la semana pasada: dispuestos a cortar el nudo gordiano de la situación. Que la Comisión Europea venga hoy con la simpleza de decir que aquí no va a pasar nada es como para que estén diciendo por lo bajini: "No pasará nada, suponiendo que los griegos den su brazo a torcer, que naturalmente lo darán porque son buenos chicos". Si se profundiza más en la cosa, caben diversas interpretaciones. Y la mejor no es, desde luego, decir que la Comisión Europea ha salido al quite de los griegos, como si dijéramos para protegerlos de los abusos germanos; Jean-Claude Juncker no ha llegado a presidente del Eurogrupo, primero, y de la Comisión Europea, ahora, defendiendo al más débil. No. La interpretación menos mala es que la Comisión Europea ha querido poner un contrapunto decoroso a la brutalidad alemana; vaya, hacer de poli bueno en contraste con el poli malo. Ahora falta que los griegos se traguen el anzuelo.

Pero esa interpretación, con ser ominosa, no es en modo alguno la peor. Pongamos que es verdad que Alemania ha recapitulado y admitido las conclusiones de un muy citado informe de la Bertelsmann Stichtung, de 2013, según el cual Alemania ganará 1,2 billones de euros por su pertenencia a la Unión Monetaria en los doce años hasta 2025 o un 0,5% de su PIB, a razón de 100.000 millones anuales. Frente a eso, los 100.000 millones en juego en Grecia son una bonita suma, pero insuficiente para echarlo todo a rodar. Y es que se si expulsa a Grecia, habrá que terminar echando a Portugal, España e Italia, pues todas entorpecen el funcionamiento de la zona monetaria óptima previsto por la teoría que fundamenta el euro. La Fundación Bertelsmann subraya que incluso aunque hubiera quitas del 60% de la deuda que tienen con Alemania los cuatro países, el impacto sobre el PIB alemán seguiría siendo insuficiente para justificar la rotura de la baraja. Los moderados, entre los que se cuenta el SPD, partido socialdemócrata miembro de la coalición en el gobierno alemán, aconsejan negociar.

Lo que la Fundación Bertelsmann no dice es lo que cuesta a Alemania el imperfecto acoplamiento de la periferia sur de Europa a la Unión Monetaria. Si, funcionando tan mal como funcionan esos países, incapaces de reducir sus tasas de paro y restablecer sus mercados para absorber muchos más productos alemanes, Alemania ganará 1,2 billones de euros en los próximos doce años, ¿cuánto no ganaría si los mismos países hicieran las reformas necesarias para funcionar correctamente? Ésta es la pregunta que se hacen muchos alemanes. El reciente establecimiento de la Unión Bancaria da nuevas armas a Alemania para reforzar su control económico del Continente con vistas a imponer tales reformas y esas armas, que permanecen inéditas, acaso se puedan utilizar mejor con un país de fuera que con uno dentro del euro. La razón estriba en que un país dentro del euro siempre recibirá cierto apoyo del Banco Central Europeo (y sabemos que este asunto ha creado tensiones entre Draghi y el Bundesbank), aparte que de la forma en que ven los alemanes las cosas el mero hecho de no contar con la política monetaria ayuda a los más torpes al quitarles de las manos herramientas con las que se harían daño. Si Grecia o, para el caso, España salen del euro no dejarán de hacer burradas con sus recuperadas monedas, o eso creen los alemanes, de manera que será inevitable tener que rescatar sus bancos mediante el Mecanismo de Estabilidad Europeo, fondo que podrá expropiarlos o liquidarlos con facilidad. Sin crédito o con el crédito racionado la situación empeorará de tal forma que la población se dividirá y la intervención europea, ahora vista como una injerencia en la soberanía por muchos, pasará a ser vista como salvadora por la mayoría. Los países de la periferia sur de Europa, por mucho que dispongan de su propia moneda, con la economía hundida en el marasmo, la sociedad dividida y sin banca solvente, tendrán que hacer la reformas que se les exige o hundirse en la anarquía. Ésta puede ser la opción que baraja la CDU-CSU, el partido de la canciller Merkel. Sería demasiado arriesgado descartarlo.

Y todavía cabe una tercera posibilidad, intermedia entre las dos señaladas y en torno a la que podría estar fraguándose un consenso entre Alemania y la Comisión Europea. Quizá se está sopesando la potencia de las armas que ofrece la Unión Bancaria. Tal vez son lo suficientemente potentes como para dejar la soberanía nacional en papel mojado sin necesidad de expulsar a nadie del euro. En Europa, la financiación del déficit público depende de los bancos; antes de la crisis, los bancos de todos compraban la deuda de todos; ahora sólo los bancos nacionales compran la deuda de cada país, pero la siguen comprando a cambio de la promesa de rescatarlos (o negociar su rescate en Europa) si las cosas se ponen feas. Así, bastaría con llevar las cosas a un paso antes del límite; sólo suspender la financiación de la troika durante el tiempo suficiente como para que la prima de riesgo se dispare. Los bancos griegos, que adquieren la mayor parte de la deuda de su país, verán gravemente afectados sus balances; el Mecanismo de Estabilidad Europeo tendrá que intervenir esos bancos. Con los bancos intervenidos, el gobierno de Atenas no podrá sacar deuda pública a subasta si no lo consienten Bruselas, Berlín y Fráncfort; sin recursos frescos el gobierno no podrá pagar a sus funcionarios y tendrá que claudicar. Quizá el gobierno griego opte antes por sacar a su país del euro, como quien dice a la desesperada. Ningún problema: eso revertirá la situación al segundo supuesto. Las reformas se harán sí o sí.

Es la facilidad que ofrece la Unión Bancaria de intervenir los bancos griegos, y con ello de cegar las fuentes de financiación del déficit público de ese país, lo que constituye la verdadera novedad de esta situación con respecto a todo lo anterior.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Las diferencias culturales importan: IU y Podemos

Uno de los temas recurrentes de este 2014 que termina ha sido la cuestión de si Podemos intentaba una OPA hostil sobre IU, es decir, atraerse a los cuadros políticos de esta formación, para lo cual tenía a la vez que halagarlos individualmente y resistirse a cualquier proyecto de unidad orgánica. Alberto Garzón y Tania Sánchez Melero serían ejemplos de lo primero; la calculada ambigüedad respecto de las candidaturas de Ganemos/Guanyem lo es de lo segundo. La OPA de Podemos, en caso de que realmente la haya habido, ha fracasado de momento. Salvo en Madrid, feudo pepero de estratégica importancia para los líderes de Podemos y donde han llegado a un acuerdo con IU para el reparto de la presidencia de la Comunidad y la alcaldía, el resultado de la presión es que IU ha cerrado filas y contraatacado con lo que le queda. Muchos se preguntan: ¿Qué defienden los de IU y qué defienden los de Podemos, que enfrenta a ambos? Voy a tratar de dar respuesta a esta pregunta obviando los puntos de acercamiento, que doy por conocidos.

Las diferencias culturales en política importan. Cuando Antonio Gramsci habló del intelectual orgánico y su función legitimadora, no se refería tanto al desiderátum de un "pensamiento colectivo" como al partido político como catalizador de síntesis entre culturas diferenciadas y a veces contrapuestas. Esto se lograría con discusiones rigurosas, generación de un lenguaje propio y una cosmovisión de partido; lograrlo sería un requisito previo a la toma del poder. Tales rasgos caracterizan a lo que en las décadas finales del siglo XX se denominó "cultura tradicional del movimiento obrero". A pesar de la "sopa de letras", a pesar de las escisiones, a pesar de los pesares, esto es algo que ha trabajado a fondo IU. Y ahora vienen los de Podemos con un discurso que niega ese trabajo previo (y las casi tres décadas de antigüedad de IU), un discurso que afirma que el poder se puede tomar por asalto sin más requisito que un adecuado uso de los medios de comunicación que establezca una nueva noción de sentido común capaz de romper el discurso legitimador de los opresores (aquí llamados "la casta"). Y que, con menos de dos años de preparación, un grupo cohesionado y decidido puede hacerse con el gobierno en unas elecciones. Los de IU, aparte de escépticos, están más cabreados que una mona. Todo se les vuelve decir que Podemos es una "moda" y que, cuando la moda haya pasado, lo que quede serán los restos del naufragio de treinta años de esfuerzos del movimiento obrero por reorganizarse tras la debacle del Partido Comunista en 1982.

¿Es posible una síntesis entre ambas culturas políticas? Parece realmente difícil. Podemos representa la cultura política de los perjudicados por la crisis. Clases medias endeudadas, empobrecidas y desposeídas; también asalariados marginales jamás sindicalizados que no salieron de la precariedad ni en lo mejor de la burbuja, y ahora condenados al paro de larga duración o a no llegar a fin de mes pese a trabajar más que nunca por casi nada. Ninguna política económica devolverá al primer grupo el estatus perdido; únicamente la subordinación de la economía a las personas mejorará la condición de ambos. Los dos coinciden en la búsqueda de culpables. Hace quince o veinte años se preciaban de "pasar" de política; ahora son vagamente conscientes de que aquel pasotismo ha traído esta corrupción, como lo son de que su empobrecimiento corre paralelo de una acumulación primitiva - es decir, "por las bravas" - de capital que favorece a los más ricos. También son conscientes de la fuerza que la democracia da al mayor número, y ellos son millones. Su cultura política está dominada por claves simbólicas de la pequeña burguesía: el fin del gobierno es la felicidad del mayor número; si no lo consigue, el gobierno ha fracasado. Derecha e izquierda son términos antiguos: "el pueblo unido jamás será vencido". Rechazan la dirección de los partidos sobre la sociedad y, por tanto, la hegemonía del movimiento obrero; aborrecen a los sindicatos. Si los partidos no dan al electorado lo que éste desea, no lo representan, se han corrompido y hacen falta otros nuevos. Idealizan a las clases medias pretendiendo organizar a toda la sociedad de conformidad con sus valores (honestidad, mérito, dignidad). Lo más importante es moralizar la política.

En el fondo, no es tan difícil de entender lo que están tratando de hacer los líderes de Podemos: un partido dirigido por exmarxistas que organice rápidamente a la pequeña burguesía proletarizada y al proletariado más pobre mientras las heridas de la crisis aún sangran. Esta política tiene sentido siempre y cuando la dirección del movimiento obrero sobre el partido no sea evidente; de ahí que el marcar distancias con IU sea algo más que una táctica para arrebatarle cuadros políticos. Esto es incluso más importante que no incurrir en pequeñas desviaciones del ideal moralizador (con tal de que sean efectivamente pequeñas). Si el influjo del obrerismo se hiciera presente, todo el proyecto se vendría abajo; por eso se enfatiza los efectos no clasistas del capitalismo: pobreza en general, desahucios, estafas financieras, deterioro del Estado de bienestar, corrupción... El mayor reto es la construcción de ese sentido común alternativo al de la lógica dominante, pues o el nuevo sentido común cae en la trivialidad o debe contener una importante carga de aceptación de la utopía. Ahí Podemos se enfrenta a la cuadratura del círculo y ahí, también, el conflicto cultural con IU alcanza su clímax. Pues IU, que aspira a una nueva sociedad (aunque, hoy por hoy, no sepa bien cuáles serían sus características), ve cualquier situación intermedia como una necesaria transacción entre el poder popular en construcción, partidario de la nueva sociedad, y la lógica dominante; una concesión, por así decirlo, al realismo político. Mientras que Podemos propone seguir en esta sociedad sólo que con un nuevo sentido, más "sano", de lo que es lógico, y para generar ese nuevo sentido común tiene que luchar sin descanso por demostrar en todo momento la sensatez de la utopía. Esto provoca la hilaridad de los viejos luchadores de IU.

Con casi medio siglo de retraso al no habérselo permitido en su momento la dictadura franquista, la izquierda española está enfrascada en su versión particular - un poco descafeinada, eso sí, por falta de referencias intelectuales de peso - del debate de Mayo del 68.

martes, 9 de diciembre de 2014

Qué futuro nos espera con Podemos

Los pronunciamientos más recientes de los líderes de Podemos, en línea con un mayor realismo de sus propuestas, muestran qué se puede esperar de ese partido en caso de que entre en el gobierno. Ese mayor realismo – hay que decirlo – se intenta presentar por sus detractores alternativamente como prueba de su mendacidad o de su absoluta falta de preparación. Creo que se puede interpretar, y lo correcto sería interpretarlo, de otra manera. Resumiendo mi argumento, Podemos hará lo que hay que hacer y podría hacer cualquier otro partido, sólo que con mayor credibilidad y, en aspectos como la corrupción, con mayor contundencia, que es lo que espera la mayoría de los ciudadanos.

Lo que hay que hacer.

Podemos seguirá pagando la deuda soberana de España. Posiblemente no lo vean todavía del todo claro, como se desprende del hecho de que de vez en cuando sigan hablando de “deuda ilegítima”. Pero ahora hablan de “reestructurarla”, y ése es otro lenguaje. Podemos es un partido orientado de una manera muy decidida al poder y está empezando a comprender que sólo quien atiende sus obligaciones internacionales puede mantenerse en el poder. De las últimas declaraciones de Pablo Iglesias se desprende que ellos no quieren para España la pesadilla en que viven Venezuela y, en menor medida, también Argentina. Si todavía los dirigentes de Podemos no han aprendido el principio de partida doble, no cabe la menor duda de que pronto lo aprenderán. Vaya si lo aprenderán.

Podemos perseguirá el fraude fiscal con mayor ahínco que ningún gobierno anterior. Esto debería verse con buenos ojos en el Norte de Europa. Se eliminarán bolsas de elusión que favorecen a ilustres familias cuyo patrimonio está exento en el 90% y que ni siquiera pagan por el 10% restante. Esa clase de privilegios, por más que vengan del Antiguo Régimen (el régimen anterior a 1808, donde la nobleza no pagaba impuestos), sí son ilegítimos y odiosos. Podemos tratará de apretarle las tuercas, por ejemplo con una tasa Google, a tanta multinacional española que tributa en paraísos fiscales, lo que también gustará en Alemania. Lo que no va a hacer es promulgar nuevas amnistías fiscales; el rollo de atraer capitales por ese medio no va con su retórica, ni con el sentido común tampoco. Aumentará los recursos de la Agencia Tributaria… mientras cada nuevo euro invertido en la inspección produzca más de un euro de nuevos ingresos fiscales. Cuando el último euro invertido genere 99 cents de recaudación Podemos dejará de añadir recursos a combatir el fraude, como es lógico, porque nadie quiere tirar el dinero. Dejará de pagar compensaciones milmillonarias, como la de ACS por el fisco de Castor. (Pero ojo con el TTIP).

Podemos controlará, con toda probabilidad, el déficit en casa mientras lucha denodadamente contra los dictados de Merkel en Europa, por otro nombre Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero tendrá que reflexionar muy a fondo sobre si la cultura económica en España no está muy escorada del lado del disfrute de la vida y en contra del trabajo necesario para sufragar ese disfrute. Y quizá ajuste a la baja las pensiones en euros, manteniendo su poder adquisitivo, si continúa la deflación. No sacará a España del euro ni de la OTAN, y nuestro país continuará cumpliendo tan escrupulosamente como pueda sus obligaciones internacionales. Habrá mucha imaginación para tratar de promover inversión pública con la que crear empleo, probablemente con modestos resultados.

Podemos no detendrá los desahucios, pero arbitrará un uso distinto de las viviendas de la SAREB. Y cuando no queden viviendas de la SAREB por ocupar, se meterá mano al stock en poder de los bancos. Y la renta básica universal se concretará en una generalización de los subsidios que el Gobierno saca ahora sólo en años electorales. Lo que veremos reducirse drásticamente, eso sí, serán los sueldos de diputados y senadores y, en general, de cargos públicos, así como los gastos suntuarios de protocolo, incluidos los de la Casa Real, que sí están necesitados de una buena auditoría. Los expresidentes sufrirán un poco y las puertas giratorias serán reguladas con más rigor. Habrá un notorio esfuerzo por reducir los privilegios.

Después de todo, reducir privilegios es lo que demanda la gente. Un gobierno como el de Rajoy vino a acabar con el paro y reducir el déficit. El paro ha batido récords y el déficit, aparentemente bajo mayor control ahora, amenaza por desbocarse debido a que la tan cacareada devaluación salarial ha tirado por los suelos las cotizaciones sociales, que quedan muy por debajo del pago de pensiones. Es necesario un nuevo esfuerzo de contención, como vienen pidiendo los organismos internacionales. Pero Rajoy, sobre quien pesa la acusación de Bárcenas de haber cobrado sobresueldos no declarados, carece de credibilidad para exigir nuevos sacrificios de esa clase a la población. Tampoco la tiene el PSOE, cuya travesía del desierto tras la manirrota gestión de Zapatero no ha sido suficientemente larga. Sólo queda Podemos.

Y Podemos está capacitado, como no lo están ni el PP ni el PSOE, para perseguir implacablemente la corrupción. Quienes se esconden tras la presunción de inocencia para la inacción política no merecen la confianza del público en esta cuestión. Y tampoco pueden actuar con contundencia en el terreno judicial porque… ¡si los imputados hablaran! Medidas como instruir las causas en seis meses o un máximo de dieciocho, pensadas para librar a los corruptos, pueden volverse contra ellos con Podemos. Éste no tiene más que establecer el jurado popular para los delitos de corrupción. Hoy el veredicto de Camps sería muy diferente.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Qué futuro espera a Cataluña

Que el proceso soberanista en Cataluña está muerto no debería ser un secreto para nadie: lo único que falta es que sus protagonistas den testimonio de ello, lo que puede hacerse esperar todavía un tiempo. Lo principal, sin embargo, es que el procés está herido de muerte, y nada puede ya remediarlo. Veamos.

El 9N Artur Mas le ha asestado, a su vez, un golpe casi mortal al régimen de 1978. Por un momento, pudo vanagloriarse de ello; pero una reflexión un poco detenida le ha debido de convencer de que continuar por ese camino, más que un suicidio político, significaría su condena ante la Historia. Él contaba con tres cosas, de las cuales la consulta no le ha proporcionado sino sólo una de ellas y tampoco el todo. Las tres eran: primero, la salida de España del euro, prometida por Andreu Mas-Colell en el verano de 2012; les parecía a ambos que, expulsada España del euro por no pagar sus deudas, Cataluña sería recibida con los brazos abiertos en la eurozona, como la parte más "seria" de la economía española y la única digna de pertenecer a la élite monetaria. Hasta tal punto llega la fatuidad catalanista. (Incidentalmente, se puede añadir que esa misma fatuidad es la que les ha hecho pensar que, independizada Cataluña de España, es impensable que a aquélla la expulsen, bajo ningún concepto, del euro). En segundo lugar, los dos paladines de CDC contaban con un apoyo creciente de la sociedad catalana; lo han recibido, sin duda, pero en menor medida de la esperada tanto en las autonómicas de 2012 como en la consulta del 9N. No pretendo minimizar los efectos de esta última. He empezado por decir que supone un golpe casi mortal al régimen de 1978 el que casi dos millones de personas, probablemente la parte más dinámica de la sociedad catalana, se hayan movilizado contra el Tribunal Constitucional y, por unas horas, hayan convertido a la propia Constitución en papel mojado ante la impotencia del Gobierno. Pero en 2014 no hay muchos más soberanistas que dos años antes, aunque su posición estratégica parezca ahora más fuerte. Únicamente lo parece, ya que les falta también la tercera pata de su proceso, una pata sin la cual todo el edificio "estatal" que tan diligentemente han construido se sostiene sobre el entusiasmo de las masas, permanece en equilibrio inestable y se vendrá inevitablemente a abajo cuando el entusiasmo se enfríe. Esa tercera pata era el reconocimiento internacional, cuya consecución en su fatuidad característica daban por hecha pero en la que han fracasado estrepitosamente.

Para Artur Mas, que es un estadista considerablemente superior a Rajoy aunque éste triunfe y aquél fracase, era crucial ir logrando parabienes de la comunidad internacional mientras avanzaba el proceso. Lo único que ha conseguido es un silencio glacial, cuando no lacónicos comentarios de que se trata de un asunto interno del Estado español o explícitas advertencias que la secesión sacaría a Cataluña del euro e incluso de la Unión Europea. Mas ha tenido tiempo de pedir aclaraciones y de que se le ponga en claro, como vengo sosteniendo desde hace un par de años, que, sin llevarse un mínimo de 200.000 millones de euros de la deuda soberana de España, Cataluña sería declarada en default ipso facto por las agencias de calificación de riesgos crediticios. Pero ya ni siquiera eso es lo más importante. Los soberanistas catalanes han conseguido demostrar que el Gobierno de Madrid, en estos momentos en manos de la derecha española, es incapaz de hacerse con el control del Estado; por la brecha abierta, se está haciendo fuerte una oposición antisistema que puede convertir ese Estado en ingobernable. España está en riesgo de convertirse en un Estado fallido, y la aparición de un Estado fallido en la eurozona y en la Unión Europea podría ser la chispa que encienda un fogonazo que haga arder la burbuja de unos mercados financieros sobrevendidos cuando la economía global está a las puertas de una nueva recesión; esto, en el momento en que el liderazgo europeo es más débil que nunca. La perspectiva de pegar fuego a la estabilidad tan trabajosamente lograda tras cinco años de austeridad puede hacer las delicias de Oriol Junqueras, pero no las de Artur Mas. Ésa es la diferencia entre CDC y ERC, sencillamente.

Creo que ésta es la clave en que hay que leer la disputa sobre lista única o listas separadas en unas elecciones plebiscitarias. Como han intuido Junqueras y tantos otros, Mas quiere perder las elecciones plebiscitarias aunque conservando un número de votos suficiente como para poder negociar. Sabe, por otra parte, que así destruiría a ERC como fuerza política independiente, lo que le permitiría hacerle una OPA hostil que le compensara, en número de votos, los que perdiera de Unió; pues Durán ya ha advertido que su coalición durará mientras quiera Mas, es decir, mientras Mas no se alíe con los republicanos. ¿Y si no hay lista única porque ERC y la CUP se resisten a entrar en ella? Si no hay lista única, entonces no habrá elecciones plebiscitarias. En su lugar habrá un acercamiento de Mas a Rajoy o al sucesor de Rajoy en el PP (y quizá a Pedro Sánchez), con el Gobierno ya obligado a negociar por el descrédito a causa de la corrupción, al efecto de recomponer el régimen del 78 y cerrar el paso a Podemos y a un nuevo proceso constituyente.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Las pensiones y su necesaria reforma

Me está pareciendo que todas las propuestas sobre pensiones andan desencaminadas. No habrá solución viable mientras no se reconozca que sus problemas derivan de que en España tenemos un sistema de reparto, que casi todo el mundo se empeña aquí en vender (y reformar) como si fuera de capitalización. Es absurdo.

El absurdo de ver en las pensiones públicas españolas un sistema de capitalización resulta evidente en cuanto se piensa un poco la clase de problemas que preocupan a todo el mundo. ¿O es que alguien cree que si de capitalización se tratara sería un problema el envejecimiento de la población, como claman unánimemente los expertos? En un sistema de capitalización lo cotizado para cada perceptor por él mismo y su empleador antes de jubilarse se invertiría mejor o peor, pero no habría riesgo de quiebra porque entran pocos cotizantes al sistema; el sistema empequeñecería y empequeñecería, si se quiere hasta extinguirse, pero cada cual seguiría cobrando lo suyo hasta fallecer. Si hay miedo a que las nuevas cotizaciones no sean suficientes es, precisamente, porque la capitalización brilla por su ausencia.

Entonces, ¿por qué unos pensionistas cobran más que otros, como si fuera respondiendo al hecho de que los primeros han cotizado más y por tanto, aparentemente, porque su capitalización es mayor? Nada de eso. El sistema es de falsa capitalización, y la prueba es que es que lo que se cobra no guarda ninguna relación razonable de capitalización con lo que se ha cotizado.

Si es así, ¿por qué hay un fondo de reserva, que presuntamente se invertiría para capitalizar las cotizaciones? Lo cierto es que la existencia del fondo de reserva responde a otras cuestiones. Cuando se creó, a finales de los años cuarenta del siglo pasado, respondía sencillamente al hecho de que la población laboral era joven, con muchos más cotizantes que perceptores, lo que (tras pagar a éstos una pensión "razonable") dejaba un remanente que, al acumularse año tras año, formó el fondo de reserva. Al régimen franquista le vino muy bien para financiar al Instituto Nacional de Industria (INI). A mediados de los noventa, los flujos de prestaciones y de cotizaciones se habían equilibrado y el miedo a que la relación pudiera invertirse impulsó el Pacto de Toledo. Pero la corriente inmigratoria que vino después volvió a resultar favorable, con efectos parecidos a (aunque más moderados que) lo ocurrido cincuenta años antes. Luego vino la crisis actual, entre tres y cuatro millones de trabajadores se fueron al paro y dejaron de cotizar. Entonces se puso de nuevo en peligro, y de forma más dramática, el reparto. Con todo, se había creado un fondo de setenta mil millones de euros en sus mejores momentos, que los expertos están de acuerdo en considerar un amortiguador de las crisis. Ahora lleva unos años disminuyendo, como corresponde a la coyuntura. Mientras se agota por completo, su presencia ha resultado muy oportuna para relajar la presión de los mercados sobre el Tesoro público, ya que dicho fondo está invertido, en su práctica totalidad, en deuda soberana española.

No entiendo cómo se puede meter nadie a diseñar una reforma del sistema español de pensiones ignorando estas cosas, que son elementales.

Por ignorarlo, la mayoría de la propuestas, si no todas, ignoran también el principal riesgo del sistema, que no es a muy largo plazo como el derivado del envejecimiento de la población, sino quizá a corto o medio dependiendo de la evolución de la coyuntura. Si entráramos en deflación, la caída de los salarios llevaría a un descenso proporcional de las cotizaciones mientras la legislación vigente garantiza las pensiones en términos nominales. El agujero del sistema, agrandándose en ese caso, acelerará el vaciado del fondo de reserva. Y la única solución que se les ocurrirá a los expertos será cambiar la legislación para rebajar las pensiones.

En cuanto a propuestas, una vez se acepta que el sistema es de reparto, son fáciles de plantear. Un sistema de reparto se debe financiar con cargo a impuestos; IVA, IRPF, Impuesto de Sociedades, el que sea, pero impuestos. Sufragarlo con cargo a cotizaciones sociales es hacer tributar a las empresas por los puestos de trabajo que crean. Si se quiere que lo paguen las empresas, es mucho más adecuado hacerlo con arreglo a los beneficios que con cargo al empleo creado. Es tan evidente que no merece la pena ni argumentarlo.