viernes, 11 de noviembre de 2011

Un euro a dos velocidades

Como era de prever, Italia y España se aprestan a seguir el camino de Grecia. Toda la voluntad política de Europa se está demostrando incapaz de torcer las leyes de la economía. Para colmo, el Viejo Continente parece a punto de precipitarse en una nueva recesión, según confiesa la Comisión Europea. Tras traspasar la línea roja de intereses de su deuda (7%), Italia ha terminado por darle a Berlusconi la pata de Charlot. No hay bien que por mal no venga. Pero el mayor morbo lo han dado una serie de supuestas conversaciones entre Merkel y Sarkozy para crear un «euro a dos velocidades». ZP ha llamado a la canciller alemana y, según nos cuesta con enfática vacuidad, ella lo ha tranquilizado: no hay tal intención. Suficiente, al menos para antes del 20-N.

Carezco de tan encumbrados informadores, vamos, que sé de esas conversaciones lo que todo Quisque. Pero puedo opinar sobre hasta qué punto es posible, y en qué condiciones podría serlo. Posible, lo que se dice, es posible. Y no hace falta que nos echen del euro para hacerlo realidad. Es decir, me parece perfectamente realizable.

El quid de la cuestión radica en que los países con mayor debilidad financiera no disponemos del recurso a la devaluación: 1 euro vale 1 euro en todo el territorio de la Unión Monetaria. No hay forma de hacer que el euro español valga menos que el euro alemán, pongamos por ejemplo. La única solución, en términos teóricos, consiste en que el país con déficit exterior, que por ello debe endeudarse, efectúe una así llamada devaluación interior, o sea, una reducción sensible en precios y salarios. La devaluación interior es algo muy difícil de conseguir; virtualmente imposible en la medida necesaria.

En ausencia de devaluación interior, la única posibilidad de sostener la moneda común es reintroducir los montantes compensatorios monetarios (MCM). Los MCM se introdujeron a finales de la década de 1960 para mantener la igualdad de los precios agrícolas – fijados por la PAC – cuando se producía una devaluación del franco francés (o cualquier otra moneda) vis-à-vis el marco alemán. Se abolieron en 1993, para establecer la unidad del mercado único. Lo que durante un cuarto de siglo se utilizó para neutralizar devaluaciones podría usarse ahora para simularlas, extendiéndolas desde la agricultura a todos los sectores productivos.

Funcionaría del siguiente modo. Habría que fijar un impuesto especial en aduana para todos los productos procedentes de otro país de la zona euro con que se registra un déficit comercial, y se pagaría una subvención de igual cuantía a todo producto exportado a ese mismo país. La cuantía del impuesto/subvención dependería de la magnitud del déficit en proporción al volumen del comercio. De esa forma, los productos que importásemos de Alemania, por ejemplo, pagarían ese impuesto al fisco español, y los que exportásemos a ese país, cobrarían esa subvención; como nuestras importaciones a Alemania superan a las exportaciones a ese país, el fisco español obtendría una recaudación neta, que facilitaría la reducción del déficit. Al mismo tiempo, las exportaciones españolas a Alemania se verían incentivadas y las importaciones alemanas en España, desincentivadas. El efecto general sería estabilizador. Los nuevos MCM se mantendrían hasta que la crisis de deuda soberana se hubiera conjurado.

Únicamente hay un problema: con estos MCM, se rompería la unidad de mercado. Pero eso, en realidad, no preocuparía más que a los puristas.