miércoles, 12 de julio de 2017

En el aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco

Vivimos tiempos extraños, como diría David Lynch. Uno que vio la transición con ojos de manifestante ilegal en el tardofranquismo, siempre esperando que le tocara una bala (de goma en el mejor de los casos, de verdad salida de aquellos juguetes que a la luz del sol brillaban como la plata cuando las enarbolaban los de la Social), leyó hace tres meses este tuit
El artículo en cuestión, «La importancia narrativa de ETA», comentaba la sentencia de la Audiencia Nacional que condenaba como delito un chiste sobre el que fuera presidente del Gobierno de España en el momento de su muerte, almirante Carrero Blanco. De paso, el artículo llevaba agua al molino de aquéllos a quienes el franquismo se está haciendo demasiado largo (muy pocos de los cuales vivieron el verdadero franquismo, dicho sea de paso).

La tesis del artículo era de una simplicidad pasmosa: la Transición la inició ETA al atentar contra Carrero Blanco; éste podría no sólo haberla retrasado sino incluso impedido por completo. El artículo no hace apología de ETA; más bien pone la circunstancia en relación con que la democracia, que en Grecia y Portugal vino de la mano de la movilización popular, en España en cambio la trajeron las élites: la élite terrorista, iniciando la transición, y la élite del poder, culminándola.

Lo nefasto del artículo no es lo que dice, sino lo que calla. Pues lo que calla hace que su juicio sobre ETA, aunque lejos de la apología, termine por ser ambiguo. Quienes estábamos allí sabemos qué es lo que calla. El mismo día que ETA eligió para su atentado se iniciaba el «proceso 1001», el juicio ante el Tribunal de Orden Público, por asociación ilegal, de los máximos dirigentes de Comisiones Obreras. ¿Casualidad? Las casualidades no existen: el juicio era público y ETA lo conocía. Eligió ese día para cometer su acto terrorista. Los que estuvimos en Las Salesas ese día, miles de personas formando cola para entrar, o mejor dicho: para quedarse uno fuera y hacer presión, sabemos lo que la noticia significó. El proceso duraría varios días, y el plan de las organizaciones democráticas en la clandestinidad era conseguir que cada día fuese más gente que el anterior, con el propósito de convertir el juicio a los dirigentes sindicales en un juicio a la Dictadura y quizá en el inicio de una dinámica comparable a las de Grecia y Portugal. No hubo ocasión. Con la noticia de la muerte de Carrero (nada menos que el presidente del Gobierno), la Brigada Político-Social hizo correr entre quienes formaban cola el rumor de que se preparaba un Estado de excepción, quizá para ser declarado ese mismo día. Se iba a allí dispuestos a recibir palos y a ser detenidos, incluso a correr el riesgo de un balazo; no a afrontar los cargos extra y las torturas en comisaría por tiempo indefinido que comportaba desafiar un Estado de excepción. La cola aguantó varias horas, y pudo considerarse un éxito de movilización. Al día siguiente, no se repitió.

Por eso cada vez que leo que ETA, en esa acción concreta, estuvo manipulada por servicios de inteligencia no puedo dejar de pensar que es muy verosímil. Desde luego, el atentado lo cometieron ciertas élites, cierta «vanguardia del proletariado» que ni Grecia ni Portugal tuvieron nuestra mala suerte de sufrir. Lo que el artículo calla, y en eso da una visión miserable de la realidad, es que en España también había movilizaciones populares; mucho más fuertes que las de Portugal, por cierto, donde la dictadura fue derrocada por el ejército mientras que aquí tendría que serlo contra él. Esas movilizaciones, en la fase más reciente, habían desembocado en acciones tan importantes como la huelga de la construcción de Madrid en 1971, y las huelgas generales de El Ferrol y Vigo, en 1972, y de Pamplona en 1973; todas con muertos, porque entonces las movilizaciones costaban vidas. Lo que se juzgaba en el «proceso 1001» era precisamente a quienes habían dirigido aquellas huelgas y la solidaridad que recibieron de toda España. Se trataba, por tanto, de un verdadero pulso entre la Dictadura y las fuerzas democráticas, más concretamente el movimiento obrero. ETA puso la goma-2 del lado de la Dictadura, forzó la desmovilización y el proceso terminó en un juicio de tantos del TOP, con los acusados yendo a dar con sus huesos en prisión hasta la amnistía de 1977.

Prácticamente al día siguiente de esa amnistía, que la benefició más que a nadie, ETA volvía a matar. Desde ese momento, fuimos conscientes de vivir en una democracia tutelada. No tanto por el Ejército, según se supone habitualmente, como por ETA. El terrorismo fue el factor más constante de la política española durante las siguientes dos décadas. En ese tiempo ETA fue el supremo juez de lo que acaecía políticamente en nuestro país. Si adolecemos de las insuficiencias democráticas de que adolecemos, sobre todo hay que agradecérselo a ETA. En cada atentado, nos dejábamos jirones de la democracia porque la necesaria unidad de los demócratas para impedir que nuestra vida la decidieran unos asesinos inevitablemente restaba fuerza a cualquier otra lucha. 

Sé que hay gente que piensa ahora que habría sido mejor dejarnos llevar por ETA a donde quisiera llevarnos, si con eso se extirpaba de raíz el franquismo. Nada más lejos de la realidad: ETA fue el mejor aliado que podrían haber encontrado los franquistas, porque cada atentado reforzaba la impresión general de que no se podía luchar contra el terrorismo más que con los métodos del franquismo: pena de muerte, estados de excepción, torturas policiales, etc. Hubo que sufrir semejante presión un año tras otro, durante los veinte que van de las primeras elecciones al asesinato de Miguel Ángel Blanco, pasando por atentados tan crueles como los de la plaza de la República Dominicana en Madrid o de Hipercor en Barcelona, por citar los más sangrientos. Pero el secuestro de un edil democrático (cuyo pecado mortal, a juicio de sus verdugos, era sentirse español), y con él de toda España, que lo siguió como quien dice en directo, seguido de su tortura y asesinato superaron todo lo entonces imaginable. Ese día España entera dijo «¡No!», y fue el principio del fin de ETA.



jueves, 6 de julio de 2017

Un tuit de Eduardo Garzón sobre el BCE provoca debate en las redes sociales

El tuit en cuestión decía: «Una economía con su propia moneda fiduciaria puede evitar siempre que quiera la insolvencia; la deuda pública nunca le supone un problema». Como era de esperar, le llovieron las críticas. Entre ellas la de Toni Cantó (que no tiene formación económica, que yo sepa): «Vuelve el del monopoly». A lo que Garzón replicó: «Lo que he tuiteado no es de mi autoría; es un extracto literal (sic) de este boletín del Banco Central Europeo», y seguía la URL del boletín.

Dejando a un lado que un extracto no puede ser literal, lo que Garzón quería decir está claro: la idea no es suya sino que la ha tomado de la fuente citada. Luego resulta que se trata de un artículo de dos analistas del BCE, que tampoco representa la opinión de éste. No tengo ningún interés en hacer la hermenéutica del artículo. Lo que me importa es la claridad de las ideas económicas discutidas.

La idea, sea de Garzón o de quien se quiera, es sólo una verdad a medias. En este caso, doblemente cuestionable porque sobre ella se apoya cierta opinión partidaria de abandonar el euro para que la economía española retorne a «su propia moneda fiduciaria»; así se podrá evitar siempre que se quiera la insolvencia, o eso se nos dice. Es un error; quizá Garzón no extractó correctamente. Lo cierto es que así se podrá evitar la insolvencia a condición de que la deuda pública esté denominada en moneda nacional. Si está denominada en divisas extranjeras, no cabe ninguna duda de que puede dar en insolvencia, en cuanto no ingrese las suficientes divisas para hacer frente al servicio de la deuda. Luego entonces no es correcto decir que «la deuda pública nunca le supone un problema». No le supone un problema si está denominada en moneda nacional, puede suponérselo si está en divisas extranjeras.

¿Y por qué el gobierno de un Estado soberano habría de emitir deuda en divisas extranjeras? Muy sencillo. Si su déficit supera la capacidad de ahorro de la economía nacional, no tendrá más remedio que recurrir al ahorro del resto del mundo. Naturalmente, no es forzoso acudir al ahorro exterior para financiar el déficit; ahí está el ejemplo de Japón, que con la mayor deuda pública del mundo en relación al PIB, la coloca prácticamente toda entre sus residentes. Pero eso es así por la gran capacidad de ahorro de la economía japonesa. El resto de los países, por regla general, tienen que endeudarse en el mercado internacional. Y mucha suerte, o una posición muy central en la economía mundial, como Estados Unidos, habrá de tener el país en cuestión para que el resto del mundo acepte deuda en su moneda nacional. Lo normal será que deba emitirla en dólares, euros o cualquier divisa convertible. De ahí que el término deuda pública se haya subsumido en el de deuda soberana, que incluye la deuda emitida tanto en moneda nacional como en divisas extranjeras.

Por tanto, salir del euro no nos libraría para siempre de los apuros de la deuda ni nos aseguraría que nunca volviera a ser un problema. En realidad, nos veríamos sometidos a las mismas restricciones presupuestarias que ahora, en cuanto tengamos que acudir al mercado internacional, sin el apoyo que nos ha supuesto y todavía nos supone el Banco Central Europeo.


domingo, 2 de julio de 2017

El Orgullo Gay y sus detractores

Leo con buenas dosis de asombro las protestas de ciertos heterosexuales ante la celebración del Orgullo Gay estos días en Madrid. Son de distinta índole, pero todas me inspiran reflexiones de uno u otro tipo, que paso a detallar.

Primero, están los que se quejan de que lo ‘homo’ desplaza a lo ‘hetero’; poco más o menos, vienen a decir que hay una discriminación positiva en favor de aquello y en detrimento de esto. Me parece ridículo, y preocupante del nivel de salud mental de este país. Soy heterosexual de siempre. Para mí, no es una opción: es lo que me pide el cuerpo, como se decía antes. Aclarado esto, nunca me he sentido agredido por comportamientos homosexuales; no creo que ocurra nada que pueda hacerlo suponer, fuera de las cárceles. Si acaso, cuando se trata de lesbianas tiendo a pensar que hay algo de desperdicio en ello; pero en fin, ellas les parecerá que el desperdicio lo comete mi pareja. Con los varones, solía decirme: dos competidores menos. Soy sincero. Ahora, esto de sentirse agredido me parece propio de gentes como que no tienen muy clara su orientación sexual, la que han elegido la tienen prendida con alfileres y cualquier influencia externa los puede descolocar. Deberían hacérselo mirar.

Segundo, los que protestan de las molestias generadas por la afluencia de dos o tres millones de personas (no sé si finalmente ha llegado a tanto) que ha alterado estos días la normal vida madrileña. Oigan ustedes, ése es un turismo que se ha dejado, según estimaciones de hoy, unos 200 millones de euros en la capital. El turismo genera ruidos (la gente aprovecha su tiempo libre y eso en España invita a salir de noche hasta las tantas), aglomeraciones, exhibiciones de costumbres y gustos distintos a los locales; molestias, en definitiva. ¿Qué se creen ustedes? ¿Qué el turismo de los años sesenta y setenta no las generaba? Pregunten, pregunten a quienes las sufrieron en sus carnes y las sufren todavía: en Palma de Mallorca uno se encuentra con carteles que piden al ayuntamiento que obligue al cierre anticipado de locales de ocio; así, desde hace décadas. Y no durante unos días, como en esto, sino en los largos meses de verano. Ahora vivimos de eso en gran parte. ¿Qué habría sido de este país si la población de la costa levantina hubiera tenido la piel tan fina como la de la madrileña?

Tercero, están las dudas sobre el uso de fondos públicos para promover el evento. Tras lo dicho, creo que tales dudas se solventan solas. Tan sólo añadiré que un gasto público que atrae gasto privado de esta es un ejemplo magnífico de lo que deben hacer los poderes públicos en una economía que se proponga competir con éxito a escala global.



jueves, 29 de junio de 2017

Plan para la desconexión monetaria de Cataluña

Los independentistas catalanes esperan una feroz represión, no la bobada de la inhabilitación con que se los está fustigando ahora. Ver cómo corre la sangre, tanques por la Diagonal aplastando barretinas empapadas de sesos de patriota, a lo Tiananmén, junio de 1989. Tengo malas noticias. No se verá nada parecido. El Plan B se llama «desconexión monetaria». Lo expondré a continuación.

Un día, el Parlament catalán aprobará su Ley de transitoriedad y el Gobierno dará órdenes a la fiscalía de procesar a los responsables. Éstos no se dejarán condenar ni desplazar de sus cargos. El fracaso de la administración de Justicia española en Cataluña anunciará la desconexión efectiva.

El día 1 tras la desconexión, el Banco de España enviará una circular a todos los bancos ordenándoles la segregación inmediata (72 horas parece un plazo razonable) de sus actividades en Cataluña, sin excepción, y la constitución en el mismo plazo de sociedades mercantiles independientes con arreglo a la legislación catalana. Si no hay legislación catalana aplicable, podrán acogerse a la que les dé la gana, con el permiso de la Generalitat. Transcurrido el plazo, el Banco de España notificará a Fráncfort la eliminación de todas las sucursales catalanas de la lista de oficinas incluidas en Target-2, al pasar a depender de un Banco Nacional de Catalunya que no forma parte del Sistema Europeo de Bancos Centrales. Las entidades españolas podrán transferir fondos a filiales suyas catalanas en las mismas condiciones que pueden hacerlo a Argentina o Brasil. Cualquier intento de mantener de facto a esas entidades en la zona euro será sancionado con arreglo a lo previsto en los Estatutos del Banco Central Europeo y calificado de presunto delito de evasión de capitales conforme a la legislación española. Una maniobra tan sucia, y tan efectiva, como la que obligó al gobierno de Tsipras a claudicar.

Este plan ya estará sobre la mesa de algún burócrata de Fráncfort. Y el BCE no pondrá ninguna traba, ya que nadie quiere una declaración de independencia que constituiría el desafío geopolítico más perturbador en Europa desde el desmembramiento de Yugoslavia. Tras la puesta en ejecución del plan auguro una semana, como mucho, hasta que el Govern dimita para convocar nuevas elecciones autonómicas.

El Govern tiene una alternativa: crear un Banco Nacional de Catalunya sin verdaderas competencias de banco central; seguir en la zona euro en una unión monetaria indisoluble con el resto del Estado. En definitiva, mantenerse bajo el paraguas del Banco de España. Algo así como Luxemburgo en relación con Bélgica. ¿Lo harán? Claro que sí. Cualquier cosa con tal de que el procés siga dando de qué hablar.



miércoles, 14 de junio de 2017

La moción de censura devuelve la iniciativa al PSOE

Verdaderamente, El País ha perdido contacto con la realidad política. Sus valoraciones de última hora rezuman la paranoia de que viene haciendo gala. El editorial «El nuevo PSOE y el abrazo de Podemos» es clara expresión de sus temores. Concluye que entre un Rajoy y un Iglesias crecidos, el socialismo está a punto de ser laminado. Mostraré que es plausible una lectura bien diferente.

Aparentemente, buena parte del éxito que se atribuye a Podemos depende de la actuación de su portavoz, Irene Montero. Es evidente que ha causado impresión entre los periodistas (citemos a Iñaki Gabilondo, Enric Juliana e Isaías Lafuente), como lo es que, si los medios se empeñan, estamos ante una estrella fulgurante del arco parlamentario. Una consideración objetiva de su actuación la valoraría en términos más modestos, sin embargo. Fue valiente yendo a un choque con Rajoy que ni ella ni nadie esperaba. Por lo demás, se ciñó estrictamente al guion y sobreactuó continuamente, aunque esto parece marca de fábrica de su formación política.

Que Rajoy haya salido reforzado, al ofrecerse como la única alternativa viable al populismo, es una apreciación muy generosa de su resultado. El PP ha recibido críticas de la Cámara en pleno, excluidos UPN y Foro. Todos los demás grupos parlamentarios han denunciado por activa y por pasiva la corrupción y consiguiente degradación de las instituciones. Ha quedado de manifiesto que el PP gobierna sólo por un motivo, y no es haber ganado las elecciones sino el odio irreconciliable que Podemos profesa a Ciudadanos.

No se puede augurar un gran futuro a un partido que adolece de semejantes tics. Son apreciables también en el desprecio con que el candidato trató a cuatro partidos de ámbito autonómico: Coalición Canaria, Nueva Canarias, UPN y Foro de Asturias. Por cierto, que tan fiera como la de Montero fue la reacción de Oramas, y mucho más justificada, a la vista del paternalismo de Iglesias al recomendar a CC que se integrara en el PP. Los partidos no sólo son diputados sino también sus electores, y no se debe negar a éstos de esa forma la libertad de elegir. Podemos mostró un «complejo de gran potencia» que también explica su deseo de llevar adelante la moción de censura contra viento y marea.

Atención especial merece el juicio de los dos partidos nacionalistas, PNV y PDdeCat, sospecho que inspirado en el trato dado a los pequeños. Sin ambos, le resultará muy difícil a Podemos gobernar España en algún futuro previsible. Bien distinta es la posición de ERC, y por motivos comprensibles. Ayer lograron convertir la sesión de la tarde en un acto de afirmación republicana, con los parabienes de Bildu y el propio Podemos. Esta alianza, que cabría calificar de estratégica, es lo sustancial que han sacado los promotores de la moción. Está por ver, empero, que les sea de utilidad para forjar mayorías parlamentarias a partir de mañana.


Donde yerra de plano el editorialista de El País es en su valoración de la participación del PSOE. Ha sido de perfil bajo, de acuerdo, porque lo exigía la situación. A buen entendedor pocas palabras bastan. Sólo citaré un detalle, que es el crucial de todo el debate, a despecho de los fuegos artificiales que han abundado en todo su transcurso. Iglesias ha prometido solemnemente que respaldará todas las iniciativas del PSOE mientras Ábalos no sólo no se comprometía a nada parecido sino que incluso anunciaba la abstención de su partido. Esta asimetría, a mi juicio, define el resultado del debate. Porque éste era también un pulso para decidir quién dirigirá a la izquierda. Y ha quedado perfectamente claro. Lo hará el PSOE, aunque lo haga sin aspavientos.



martes, 13 de junio de 2017

La moción de censura de Podemos

Una de las cosas más importantes en política es no creerse uno el relato que los actores hacen de sí mismos. Si lo creyéramos, la moción de censura que hoy se debate en el Congreso se resumiría en que alguien tiene que impedir la normalización de la corrupción destapada en los últimos meses. Los que no la apoyen, es que miran para otro lado.

Para creer ese relato, uno tiene que olvidarse de que hace un año la corrupción ya campaba por sus respetos en España. ¿O es que no se conocía el famoso SMS: «Luis, sé fuerte»? Y hay que olvidarse, también, de que hace un año hubo una oportunidad de desalojar al PP del Gobierno y Podemos no lo permitió. No es que se abstuviera, como hará hoy el PSOE; en un alarde de sinceridad bronca, voto en contra. El relato, en ese punto, merece atención. Había un pacto PSOE-Ciudadanos, y Podemos dice que no se le ofreció entrar en él. Con un poco de memoria, uno recuerda que la excusa entonces no fue ésa, sino que «Naranjito es el partido del Ibex» y claro, con ellos no puede ir nunca Podemos: ofreció un pacto «a la valenciana». Era el gobierno de Sánchez, pero Podemos tenía que marcar las directrices.

Dejando las excusas de lado, la cuestión no era entrar en ningún pacto o dirigir los pasos de Sánchez sino apoyar desde fuera la formación de un gobierno que echaría al PP. ¿Es que los dirigentes de Podemos, tan profesores de ciencia política, ignoran que la política a veces exige decisiones como ésa? Claro que no lo ignoran. Aparentemente, el acuerdo PSOE-Ciudadanos los había pillado con el pie cambiado: el mismo día de ir Pedro Sánchez a hablar con el Rey, había salido Pablo Iglesias a los medios exigiendo una vicepresidencia y el control del servicio secreto, entre muchas otras cosas. La consulta a las bases sobre la posición del partido ante el pacto PSOE-Ciudadanos fue, desde este punto de vista, un abuso de confianza: «Si votamos que Sí, dejamos a nuestro líder con el culo al aire», con los resultados esperados.

¿Fue un error aquella salida a los medios? Claro que no. Se dice que los dirigentes de Podemos son buenos estrategas, y hay que concederles el beneficio de la duda. Si no de un error, fue fruto de un cálculo. Estaba claro que aquello tensionó internamente al PSOE, y probablemente es lo que se buscaba. El ala más integrada en el sistema, con suficiente cobertura mediática, presionó al ala más radical y la condicionó en todos sus actos; Sánchez pudo hablar con Ciudadanos pero no con Podemos. Eso era lo que se buscaba, porque dejaba a Podemos con las manos libres para votar que No, forzar nuevas elecciones e intentar el sorpasso… que no salió. Fue un primer contratiempo para los estrategas. Pero era un riesgo calculado: la buena noticia fue que el PSOE en junio bajó de votos y escaños comparativamente a diciembre. Después de haber estado a un paso de formar gobierno, estaba claro que Sánchez se aferraría al «No es No» y que el ala derecha del partido acabaría con él. Tras la formación de la gestora y la abstención frente a Rajoy, todo marchaba con arreglo a la estrategia. El PSOE quedaba de nuevo englobado en el sistema (antes «la casta», ahora «la trama») y Podemos, como única alternativa y representante absoluto de la izquierda.

La conclusión es que la moción de censura no responde a esta coyuntura. Con toda probabilidad se decidió a la vista de los resultados de las elecciones de diciembre de 2015. Tan sólo había que desplazar al líder del PSOE, un tipo aparentemente débil, y facilitar que los dirigentes históricos se hicieran con el control directo del partido. Cuando esto fue un hecho, se escenificó la asamblea de Vistalegre II, donde se purgó a los errejonistas en aplicación de la máxima «el partido se fortalece depurándose». A partir de ahí, se trataba de esperar un momento propicio. Éste vino de la confluencia entre la operación Lezo y las primarias del PSOE, donde el triunfo de la candidata del aparato parecía cantado…

La vuelta de Pedro Sánchez era lo último que podían esperar los estrategas. Ése ha sido su error: hay vida en la izquierda fuera de Podemos. Hoy lo pagarán con la soledad más absoluta en el parlamento (la soledad de verse apoyados sólo por los independentistas vascos y catalanes) y simpatías más que tibias, cuando no verdadera indiferencia en la calle. Mal servicio para la imagen de «izquierda patriótica» que han prodigado.






lunes, 12 de junio de 2017

Progresismo y liberalismo: replanteamiento


Mucho se ha escrito sobre la distinción entre los dos términos que encabezan estas líneas. Con frecuencia se concluye que la frontera no es fácil de establecer, debido a la confusión de los términos que prevalece en Norteamérica. Creo, sin embargo, que si se identifica liberalismo con las ideas inspiradas en la obra de Adam Smith trazarla no es difícil.

Ambas ideologías ensalzan la libertad, pero de forma diversa. En el progresismo, lo relevante es la libertad para buscar la felicidad; importan las personas. En el liberalismo, lo es la libertad para crear riqueza; importan las empresas. Ese contraste tuvo su primera plasmación en la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Cierta leyenda sostiene que un borrador mencionaba, como «derechos inalienables», «la vida, la libertad y la búsqueda de la riqueza» pero en la redacción final el último de esos derechos se reescribió como «búsqueda de la felicidad». Ahí el progresismo habría ganado la partida al liberalismo.

Un ejemplo ayudará a fijar el contraste. El aborto es una libertad propugnada por el progresismo, porque los embarazos no deseados restringen la oportunidad de las mujeres para ser felices. En cambio la gestación subrogada es una libertad propugnada por el liberalismo, porque crea riqueza a través de concebir el embarazo como un servicio de la mujer gestante a terceros. ¿Puede haber progresistas o liberales que sean partidarios del aborto libre y de la gestación subrogada, al mismo tiempo? Puede haberlos, lo que podríamos llamar liberal-progresistas. Pero también puede haber, y de hecho hay, progresistas antiliberales que no aceptan la gestación subrogada, así como liberal-conservadores que no admiten el aborto. Lo que está claro, sin embargo, es que quien se opone a ambas libertades no puede ser liberal ni progresista; sólo puede ser conservador, puro y duro.

Cuando del individuo se pasa al interés general, el progresismo sostiene que la felicidad es mensurable y que son factibles las comparaciones interpersonales de felicidad. Se trata de maximizar la felicidad agregada. Para los cálculos pertinentes, se parte de dos postulados: todos los individuos son iguales y cada unidad de riqueza añade quantums decrecientes de felicidad individual. Supongamos que hay diez mil individuos. De ellos, 9.999 disponen de una única unidad de riqueza cada uno, y son muy desgraciados; uno dispone de 10.001 unidades, y es desproporcionadamente feliz. Si se quita una unidad al rico y se le entrega a uno de los pobres, éste dispondrá del doble y será mucho más feliz que antes mientras que ¿qué supone una sola unidad para el rico? La aplicación consistente de este razonamiento lleva a la conclusión de que el máximo de felicidad colectiva se alcanza cuando se iguala a todos en dos unidades de riqueza, desposeyendo al rico de 9.999 unidades y repartiéndolas entre el resto de los individuos. El desiderátum del progresismo es el comunismo, pero sólo será evidente para los progresistas antiliberales.

El liberalismo razona de forma inversa. No se pregunta qué distribución de la riqueza genera más felicidad, si una con un rico y muchos muy pobres u otra con todos igualmente ricos (o igualmente pobres, según se mire), sino cuál de las dos distribuciones creará más riqueza. En el fondo, presupone medir la libertad de una sociedad con arreglo a la que disfruta el individuo más libre dentro de ella. Si se llega a la conclusión de que una igualdad más o menos extrema bloquea o siquiera ralentiza los procesos económicos, para el liberal puro (lo que se ahora se llama, por razones que tendrían sentido en Norteamérica pero no en Europa, «neoliberal») será oportuno desposeer a la inmensa mayoría para enriquecer a cualquiera tomado al azar y aumentar así la libertad de todos para crear riqueza. Conclusión diríase que diametralmente opuesta al progresismo.

Así se llega a la frontera última entre ambos. No será progresista quien admita empobrecer a un pobre con la excusa de que así aumenta la libertad para crear riqueza, ni puede ser liberal quien acepta reducir las oportunidades de crear riqueza con la excusa de que así aumenta la felicidad del mayor número. Aunque sí es posible llegar a transacciones entre ambas ideologías que preconicen medidas que potencien la felicidad individual con tal de que no coarten la creación de riqueza (el matrimonio homosexual sería una de ellas) y otras que fomenten la riqueza incluso a costa de algunos individuos con tal de que beneficien al mayor número.