miércoles, 14 de junio de 2017

La moción de censura devuelve la iniciativa al PSOE

Verdaderamente, El País ha perdido contacto con la realidad política. Sus valoraciones de última hora rezuman la paranoia de que viene haciendo gala. El editorial «El nuevo PSOE y el abrazo de Podemos» es clara expresión de sus temores. Concluye que entre un Rajoy y un Iglesias crecidos, el socialismo está a punto de ser laminado. Mostraré que es plausible una lectura bien diferente.

Aparentemente, buena parte del éxito que se atribuye a Podemos depende de la actuación de su portavoz, Irene Montero. Es evidente que ha causado impresión entre los periodistas (citemos a Iñaki Gabilondo, Enric Juliana e Isaías Lafuente), como lo es que, si los medios se empeñan, estamos ante una estrella fulgurante del arco parlamentario. Una consideración objetiva de su actuación la valoraría en términos más modestos, sin embargo. Fue valiente yendo a un choque con Rajoy que ni ella ni nadie esperaba. Por lo demás, se ciñó estrictamente al guion y sobreactuó continuamente, aunque esto parece marca de fábrica de su formación política.

Que Rajoy haya salido reforzado, al ofrecerse como la única alternativa viable al populismo, es una apreciación muy generosa de su resultado. El PP ha recibido críticas de la Cámara en pleno, excluidos UPN y Foro. Todos los demás grupos parlamentarios han denunciado por activa y por pasiva la corrupción y consiguiente degradación de las instituciones. Ha quedado de manifiesto que el PP gobierna sólo por un motivo, y no es haber ganado las elecciones sino el odio irreconciliable que Podemos profesa a Ciudadanos.

No se puede augurar un gran futuro a un partido que adolece de semejantes tics. Son apreciables también en el desprecio con que el candidato trató a cuatro partidos de ámbito autonómico: Coalición Canaria, Nueva Canarias, UPN y Foro de Asturias. Por cierto, que tan fiera como la de Montero fue la reacción de Oramas, y mucho más justificada, a la vista del paternalismo de Iglesias al recomendar a CC que se integrara en el PP. Los partidos no sólo son diputados sino también sus electores, y no se debe negar a éstos de esa forma la libertad de elegir. Podemos mostró un «complejo de gran potencia» que también explica su deseo de llevar adelante la moción de censura contra viento y marea.

Atención especial merece el juicio de los dos partidos nacionalistas, PNV y PDdeCat, sospecho que inspirado en el trato dado a los pequeños. Sin ambos, le resultará muy difícil a Podemos gobernar España en algún futuro previsible. Bien distinta es la posición de ERC, y por motivos comprensibles. Ayer lograron convertir la sesión de la tarde en un acto de afirmación republicana, con los parabienes de Bildu y el propio Podemos. Esta alianza, que cabría calificar de estratégica, es lo sustancial que han sacado los promotores de la moción. Está por ver, empero, que les sea de utilidad para forjar mayorías parlamentarias a partir de mañana.


Donde yerra de plano el editorialista de El País es en su valoración de la participación del PSOE. Ha sido de perfil bajo, de acuerdo, porque lo exigía la situación. A buen entendedor pocas palabras bastan. Sólo citaré un detalle, que es el crucial de todo el debate, a despecho de los fuegos artificiales que han abundado en todo su transcurso. Iglesias ha prometido solemnemente que respaldará todas las iniciativas del PSOE mientras Ábalos no sólo no se comprometía a nada parecido sino que incluso anunciaba la abstención de su partido. Esta asimetría, a mi juicio, define el resultado del debate. Porque éste era también un pulso para decidir quién dirigirá a la izquierda. Y ha quedado perfectamente claro. Lo hará el PSOE, aunque lo haga sin aspavientos.



martes, 13 de junio de 2017

La moción de censura de Podemos

Una de las cosas más importantes en política es no creerse uno el relato que los actores hacen de sí mismos. Si lo creyéramos, la moción de censura que hoy se debate en el Congreso se resumiría en que alguien tiene que impedir la normalización de la corrupción destapada en los últimos meses. Los que no la apoyen, es que miran para otro lado.

Para creer ese relato, uno tiene que olvidarse de que hace un año la corrupción ya campaba por sus respetos en España. ¿O es que no se conocía el famoso SMS: «Luis, sé fuerte»? Y hay que olvidarse, también, de que hace un año hubo una oportunidad de desalojar al PP del Gobierno y Podemos no lo permitió. No es que se abstuviera, como hará hoy el PSOE; en un alarde de sinceridad bronca, voto en contra. El relato, en ese punto, merece atención. Había un pacto PSOE-Ciudadanos, y Podemos dice que no se le ofreció entrar en él. Con un poco de memoria, uno recuerda que la excusa entonces no fue ésa, sino que «Naranjito es el partido del Ibex» y claro, con ellos no puede ir nunca Podemos: ofreció un pacto «a la valenciana». Era el gobierno de Sánchez, pero Podemos tenía que marcar las directrices.

Dejando las excusas de lado, la cuestión no era entrar en ningún pacto o dirigir los pasos de Sánchez sino apoyar desde fuera la formación de un gobierno que echaría al PP. ¿Es que los dirigentes de Podemos, tan profesores de ciencia política, ignoran que la política a veces exige decisiones como ésa? Claro que no lo ignoran. Aparentemente, el acuerdo PSOE-Ciudadanos los había pillado con el pie cambiado: el mismo día de ir Pedro Sánchez a hablar con el Rey, había salido Pablo Iglesias a los medios exigiendo una vicepresidencia y el control del servicio secreto, entre muchas otras cosas. La consulta a las bases sobre la posición del partido ante el pacto PSOE-Ciudadanos fue, desde este punto de vista, un abuso de confianza: «Si votamos que Sí, dejamos a nuestro líder con el culo al aire», con los resultados esperados.

¿Fue un error aquella salida a los medios? Claro que no. Se dice que los dirigentes de Podemos son buenos estrategas, y hay que concederles el beneficio de la duda. Si no de un error, fue fruto de un cálculo. Estaba claro que aquello tensionó internamente al PSOE, y probablemente es lo que se buscaba. El ala más integrada en el sistema, con suficiente cobertura mediática, presionó al ala más radical y la condicionó en todos sus actos; Sánchez pudo hablar con Ciudadanos pero no con Podemos. Eso era lo que se buscaba, porque dejaba a Podemos con las manos libres para votar que No, forzar nuevas elecciones e intentar el sorpasso… que no salió. Fue un primer contratiempo para los estrategas. Pero era un riesgo calculado: la buena noticia fue que el PSOE en junio bajó de votos y escaños comparativamente a diciembre. Después de haber estado a un paso de formar gobierno, estaba claro que Sánchez se aferraría al «No es No» y que el ala derecha del partido acabaría con él. Tras la formación de la gestora y la abstención frente a Rajoy, todo marchaba con arreglo a la estrategia. El PSOE quedaba de nuevo englobado en el sistema (antes «la casta», ahora «la trama») y Podemos, como única alternativa y representante absoluto de la izquierda.

La conclusión es que la moción de censura no responde a esta coyuntura. Con toda probabilidad se decidió a la vista de los resultados de las elecciones de diciembre de 2015. Tan sólo había que desplazar al líder del PSOE, un tipo aparentemente débil, y facilitar que los dirigentes históricos se hicieran con el control directo del partido. Cuando esto fue un hecho, se escenificó la asamblea de Vistalegre II, donde se purgó a los errejonistas en aplicación de la máxima «el partido se fortalece depurándose». A partir de ahí, se trataba de esperar un momento propicio. Éste vino de la confluencia entre la operación Lezo y las primarias del PSOE, donde el triunfo de la candidata del aparato parecía cantado…

La vuelta de Pedro Sánchez era lo último que podían esperar los estrategas. Ése ha sido su error: hay vida en la izquierda fuera de Podemos. Hoy lo pagarán con la soledad más absoluta en el parlamento (la soledad de verse apoyados sólo por los independentistas vascos y catalanes) y simpatías más que tibias, cuando no verdadera indiferencia en la calle. Mal servicio para la imagen de «izquierda patriótica» que han prodigado.






lunes, 12 de junio de 2017

Progresismo y liberalismo: replanteamiento


Mucho se ha escrito sobre la distinción entre los dos términos que encabezan estas líneas. Con frecuencia se concluye que la frontera no es fácil de establecer, debido a la confusión de los términos que prevalece en Norteamérica. Creo, sin embargo, que si se identifica liberalismo con las ideas inspiradas en la obra de Adam Smith trazarla no es difícil.

Ambas ideologías ensalzan la libertad, pero de forma diversa. En el progresismo, lo relevante es la libertad para buscar la felicidad; importan las personas. En el liberalismo, lo es la libertad para crear riqueza; importan las empresas. Ese contraste tuvo su primera plasmación en la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Cierta leyenda sostiene que un borrador mencionaba, como «derechos inalienables», «la vida, la libertad y la búsqueda de la riqueza» pero en la redacción final el último de esos derechos se reescribió como «búsqueda de la felicidad». Ahí el progresismo habría ganado la partida al liberalismo.

Un ejemplo ayudará a fijar el contraste. El aborto es una libertad propugnada por el progresismo, porque los embarazos no deseados restringen la oportunidad de las mujeres para ser felices. En cambio la gestación subrogada es una libertad propugnada por el liberalismo, porque crea riqueza a través de concebir el embarazo como un servicio de la mujer gestante a terceros. ¿Puede haber progresistas o liberales que sean partidarios del aborto libre y de la gestación subrogada, al mismo tiempo? Puede haberlos, lo que podríamos llamar liberal-progresistas. Pero también puede haber, y de hecho hay, progresistas antiliberales que no aceptan la gestación subrogada, así como liberal-conservadores que no admiten el aborto. Lo que está claro, sin embargo, es que quien se opone a ambas libertades no puede ser liberal ni progresista; sólo puede ser conservador, puro y duro.

Cuando del individuo se pasa al interés general, el progresismo sostiene que la felicidad es mensurable y que son factibles las comparaciones interpersonales de felicidad. Se trata de maximizar la felicidad agregada. Para los cálculos pertinentes, se parte de dos postulados: todos los individuos son iguales y cada unidad de riqueza añade quantums decrecientes de felicidad individual. Supongamos que hay diez mil individuos. De ellos, 9.999 disponen de una única unidad de riqueza cada uno, y son muy desgraciados; uno dispone de 10.001 unidades, y es desproporcionadamente feliz. Si se quita una unidad al rico y se le entrega a uno de los pobres, éste dispondrá del doble y será mucho más feliz que antes mientras que ¿qué supone una sola unidad para el rico? La aplicación consistente de este razonamiento lleva a la conclusión de que el máximo de felicidad colectiva se alcanza cuando se iguala a todos en dos unidades de riqueza, desposeyendo al rico de 9.999 unidades y repartiéndolas entre el resto de los individuos. El desiderátum del progresismo es el comunismo, pero sólo será evidente para los progresistas antiliberales.

El liberalismo razona de forma inversa. No se pregunta qué distribución de la riqueza genera más felicidad, si una con un rico y muchos muy pobres u otra con todos igualmente ricos (o igualmente pobres, según se mire), sino cuál de las dos distribuciones creará más riqueza. En el fondo, presupone medir la libertad de una sociedad con arreglo a la que disfruta el individuo más libre dentro de ella. Si se llega a la conclusión de que una igualdad más o menos extrema bloquea o siquiera ralentiza los procesos económicos, para el liberal puro (lo que se ahora se llama, por razones que tendrían sentido en Norteamérica pero no en Europa, «neoliberal») será oportuno desposeer a la inmensa mayoría para enriquecer a cualquiera tomado al azar y aumentar así la libertad de todos para crear riqueza. Conclusión diríase que diametralmente opuesta al progresismo.

Así se llega a la frontera última entre ambos. No será progresista quien admita empobrecer a un pobre con la excusa de que así aumenta la libertad para crear riqueza, ni puede ser liberal quien acepta reducir las oportunidades de crear riqueza con la excusa de que así aumenta la felicidad del mayor número. Aunque sí es posible llegar a transacciones entre ambas ideologías que preconicen medidas que potencien la felicidad individual con tal de que no coarten la creación de riqueza (el matrimonio homosexual sería una de ellas) y otras que fomenten la riqueza incluso a costa de algunos individuos con tal de que beneficien al mayor número.