lunes, 12 de junio de 2017

Progresismo y liberalismo: replanteamiento


Mucho se ha escrito sobre la distinción entre los dos términos que encabezan estas líneas. Con frecuencia se concluye que la frontera no es fácil de establecer, debido a la confusión de los términos que prevalece en Norteamérica. Creo, sin embargo, que si se identifica liberalismo con las ideas inspiradas en la obra de Adam Smith trazarla no es difícil.

Ambas ideologías ensalzan la libertad, pero de forma diversa. En el progresismo, lo relevante es la libertad para buscar la felicidad; importan las personas. En el liberalismo, lo es la libertad para crear riqueza; importan las empresas. Ese contraste tuvo su primera plasmación en la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Cierta leyenda sostiene que un borrador mencionaba, como «derechos inalienables», «la vida, la libertad y la búsqueda de la riqueza» pero en la redacción final el último de esos derechos se reescribió como «búsqueda de la felicidad». Ahí el progresismo habría ganado la partida al liberalismo.

Un ejemplo ayudará a fijar el contraste. El aborto es una libertad propugnada por el progresismo, porque los embarazos no deseados restringen la oportunidad de las mujeres para ser felices. En cambio la gestación subrogada es una libertad propugnada por el liberalismo, porque crea riqueza a través de concebir el embarazo como un servicio de la mujer gestante a terceros. ¿Puede haber progresistas o liberales que sean partidarios del aborto libre y de la gestación subrogada, al mismo tiempo? Puede haberlos, lo que podríamos llamar liberal-progresistas. Pero también puede haber, y de hecho hay, progresistas antiliberales que no aceptan la gestación subrogada, así como liberal-conservadores que no admiten el aborto. Lo que está claro, sin embargo, es que quien se opone a ambas libertades no puede ser liberal ni progresista; sólo puede ser conservador, puro y duro.

Cuando del individuo se pasa al interés general, el progresismo sostiene que la felicidad es mensurable y que son factibles las comparaciones interpersonales de felicidad. Se trata de maximizar la felicidad agregada. Para los cálculos pertinentes, se parte de dos postulados: todos los individuos son iguales y cada unidad de riqueza añade quantums decrecientes de felicidad individual. Supongamos que hay diez mil individuos. De ellos, 9.999 disponen de una única unidad de riqueza cada uno, y son muy desgraciados; uno dispone de 10.001 unidades, y es desproporcionadamente feliz. Si se quita una unidad al rico y se le entrega a uno de los pobres, éste dispondrá del doble y será mucho más feliz que antes mientras que ¿qué supone una sola unidad para el rico? La aplicación consistente de este razonamiento lleva a la conclusión de que el máximo de felicidad colectiva se alcanza cuando se iguala a todos en dos unidades de riqueza, desposeyendo al rico de 9.999 unidades y repartiéndolas entre el resto de los individuos. El desiderátum del progresismo es el comunismo, pero sólo será evidente para los progresistas antiliberales.

El liberalismo razona de forma inversa. No se pregunta qué distribución de la riqueza genera más felicidad, si una con un rico y muchos muy pobres u otra con todos igualmente ricos (o igualmente pobres, según se mire), sino cuál de las dos distribuciones creará más riqueza. En el fondo, presupone medir la libertad de una sociedad con arreglo a la que disfruta el individuo más libre dentro de ella. Si se llega a la conclusión de que una igualdad más o menos extrema bloquea o siquiera ralentiza los procesos económicos, para el liberal puro (lo que se ahora se llama, por razones que tendrían sentido en Norteamérica pero no en Europa, «neoliberal») será oportuno desposeer a la inmensa mayoría para enriquecer a cualquiera tomado al azar y aumentar así la libertad de todos para crear riqueza. Conclusión diríase que diametralmente opuesta al progresismo.

Así se llega a la frontera última entre ambos. No será progresista quien admita empobrecer a un pobre con la excusa de que así aumenta la libertad para crear riqueza, ni puede ser liberal quien acepta reducir las oportunidades de crear riqueza con la excusa de que así aumenta la felicidad del mayor número. Aunque sí es posible llegar a transacciones entre ambas ideologías que preconicen medidas que potencien la felicidad individual con tal de que no coarten la creación de riqueza (el matrimonio homosexual sería una de ellas) y otras que fomenten la riqueza incluso a costa de algunos individuos con tal de que beneficien al mayor número.