domingo, 23 de septiembre de 2012

Trampa mortal para la economía española


La economía española ha rebasado el umbral en que las políticas económicas, todas las políticas económicas se muestran inservibles. El gobierno actual ha terminado de hundirnos de hoz y coz en una severa depresión, de la que no vamos a salir con rescate o sin él.

Es ya un tópico de la derecha el decir que la culpa la tuvo el gasto público acordado por el gobierno de Zapatero en 2009. En términos económicos, es una equivocación. La política era correcta, pero se mantuvo durante un tiempo excesivamente corto. El Fondo Monetario Internacional vendió aquel verano la piel del oso antes de cazarlo y proclamó a los cuatro vientos que los indicadores de la economía norteamericana mostraban que la recesión iniciada el otoño anterior estaba llegando a su fin. En noviembre del mismo año, en vista de que los datos de la economía alemana confirmaban los de EEUU, el Banco Central Europeo puso fin a sus subastas extraordinarias de dinero a seis meses y a un año, que habían facilitado a la banca europea absorber la deuda soberana a bajos tipos de interés. Así entramos en la fase de consolidación fiscal, en que todavía nos encontramos.

Los estímulos fiscales de Zapatero—400 euros de desgravación en el IRFP, 8.000 millones del Plan E y las ayudas al automóvil—fracasaron porque se toparon con una brusca revisión a la baja de las expectativas a largo plazo de la economía española. La tasa de ahorro, que casi se dobló en pocos meses para alcanzar el 25% de la renta nacional, creció de forma tan rápida que la tasa marginal debe de haber estado muy cerca de 1. Endeudadas como estaban muchas familias españolas, el dinero de los estímulos, ante la amenaza de desahucio, se destinó en una elevada proporción a pagar hipotecas y quedó inmovilizado en bancos. Así, el multiplicador keynesiano no pudo actuar y los efectos de la política se agotaron en la inicial ronda de pagos del gobierno.

Ahora las perspectivas son poco más halagüeñas. Tres años de consolidación fiscal y reformas estructurales nos han hundido profundamente en la depresión. Pese a sus esfuerzos por desapalancarse, la economía española no consigue hacerlo por la sencilla razón de que el déficit con el exterior no se lo permite. Ese déficit se ha reducido un tanto, sobre todo porque la economía española está en proceso de contracción. Mientras haya déficit con el exterior, empero, el gobierno deberá incurrir así mismo en un déficit que no puede ser menor, en valor absoluto, que la suma del déficit exterior y el superávit privado que permitiría a familias y empresas reducir su apalancamiento. Si el gobierno no es consciente de la restricción macro, como parece que no lo es, y se empeña en reducir su déficit por debajo del déficit exterior (medidos ambos en porcentaje del PIB), el sector privado no podrá desapalancarse. Y si el sector privado no logra desapalancarse, las medidas de estímulo fiscal que puedan ponerse en marcha fracasarán ahora como lo hicieron en 2009.

Por tanto, se abre una difícil fase de la crisis. Durante un periodo indeterminado, los estímulos fiscales sólo servirán para que el sector privado disminuya su grado de apalancamiento y, presumiblemente, el multiplicador keynesiano se eleve. A partir de un cierto valor del multiplicador, los estímulos fiscales empezarán a hacer notar sus efectos en la actividad y el empleo. Pero no sabemos cuánto tiempo deberá pasar entre el primer momento y el segundo. Como también ignoramos si la espera será políticamente viable.