miércoles, 10 de octubre de 2012

El Fondo Monetario Internacional y España


La presentación del último informe del FMI está causando bastante revuelo en nuestro país. Y no es para menos. Sus previsiones desmienten por completo las del gobierno, empeorándolas considerablemente. La caída del PIB en los próximos ejercicios será mayor, la reducción del déficit público menor y la situación del desempleo más descorazonadora que las contempladas en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2013. Responsables del gobierno y el partido gobernante han salido a la palestra para decir: 1) que lo que nos pasa pasa porque le pasa a todo el mundo, y 2) que ellos están ahí para la heroica tarea de hacer que las previsiones se equivoquen. Patético.

Tampoco vayamos ahora a sacralizar al FMI, como ha dado en hacer la oposición parlamentaria. En este preciso informe, no da pie con bola. Por una parte, dice que, con arreglo a los fundamentos, la prima de riesgo española debería ser de 200 puntos menos, o sea, alrededor de 235. Por otra, formula una serie de temores y anuncia apocalípticamente que si Europa no toma las medidas necesarias, la prima de riesgo española se podría ir a 750 puntos básicos. ¿En qué quedamos? ¿O es que los señores del FMI ignoran el funcionamiento de los mercados? Si realmente los temores del FMI están justificados, los mercados harían bien en ir descontando la expectativa de una prima en 750 y subiéndola poco a poco, o a pequeños saltos, como de hecho están haciendo.

El FMI no termina de encontrar su hueco en la economía y las finanzas globales, y de ahí su nerviosismo. Ahora se confiesa «sorprendido» de la profundidad de la crisis española. Claro, España hace todo lo que se espera de ella, y a veces más, y sin embargo no sólo no sale de la crisis sino que se hunde más y más en ella. ¿Quieren decirnos que no se percatan de que son precisamente esas celebradas medidas las que nos están enterrando? ¿Tipos tan brillantes como Olivier Blanchard y José Viñals vienen ahora a caerse del guindo? No me lo trago. Ellos lo han sabido en todo momento, pero su cobardía les ha impedido hablar. Ya en el otoño de 2009, cuando Alemania y el Banco Central Europeo cerraron su alianza para declarar terminada la Gran Recesión en Europa y empezaron con la política de consolidación fiscal, el FMI, cogido a contrapié, protestó ante el peligro que entrañaba el retirar los estímulos fiscales demasiado pronto. Pero Europa, con Rodríguez Zapatero muy señaladamente a la cabeza, hizo caso omiso, y el FMI se terminó por callar. Y de defender tímidamente los estímulos fiscales, el FMI ha pasado a formar parte de la claque que aplaude recortes y reformas estructurales que conducen a dejar la economía parada. De aquel renuncio hace tres años a la «sorpresa» de ahora.

Y debe de ser cierto que a estas alturas ya no entienden nada. Por una parte, con los recortes de gasto público, servidores de la búsqueda neurótica del déficit cero, han echado todos los conocimientos de macroeconomía al retrete, y tirado de la cadena. Por otra, aprobando subidas de impuestos, sobre todo indirectos (el denostado IVA), se apartan de la doctrina más liberal, de la que se proclaman firmes defensores. Aprobando actuaciones como las de Rajoy, De Guindos y Montoro, manifiestan a las claras no saber más economía que éstos. O sea, ninguna. Porque es no saber economía decir, como se nos dice, que «ningún gobierno debe endeudarse más allá de lo que puede pagar». Quienes comulgan con esa simpleza deberían saber que depende de una prioridad a corto plazo concedida al ahorro con preferencia al empleo, en la esperanza (sólo esperanza, eh) de que el crecimiento del ahorro favorezca al empleo a largo plazo. Y dan en ignorar olímpicamente las relaciones entre renta y ahorro, tales que si cae la renta, o sea, el PIB, la tasa de ahorro deberá subir sólo para mantener el volumen de ahorro inalterado. Pero lo que estamos viendo es que en la crisis la tasa de ahorro no crece más que al principio, por un temor generalizado, para luego caer bruscamente. Con lo cual la esperanza de recuperar el empleo se vuelve vana. Y hacen falta muchos años de formación, ¿verdad?, para darse uno cuenta de por qué cae la tasa de ahorro. Porque buena parte de la gente emplea su ahorro en financiar el consumo de seres queridos que están en el paro. El ahorro de las familias viene así a dilapidarse en ayudas que impiden la explosión social. Y lo mismo que se exige la reducción del subsidio de desempleo, porque desincentiva la búsqueda de empleo y agranda el gasto público, habría que buscar la forma de reducir la solidaridad familiar y de todo tipo en una sociedad como la nuestra, porque también desincentiva la búsqueda de empleo e impide que se recupere el ahorro. Eso se podría conseguir fácilmente obligando al BCE a dejar que los tipos de interés alcanzaran su nivel «natural», en vez de mantenerlos artificialmente bajos. Así, cada cual podría ver de forma más clara el coste de oportunidad de ayudar a su hijo o a su hermano o a su mejor amigo, y presumiblemente se volvería un poco más egoísta. Tendríamos más miseria, pero también más ahorro. Lo malo es que la subida de los tipos de interés hasta encontrar su nivel «natural» asfixiaría las finanzas de las empresas que luchan por sobrevivir. Pero después de un periodo ciertamente no exento de convulsiones, hambre en el corazón de la civilización y conatos revolucionarios más o menos cruentos (como predice el Nobel Thomas Sargent), las aguas retornarían a su cauce y todo volvería a ser como debe ser.

Una cosa o la otra. Ni el FMI, ni Rajoy y los suyos, ni el BCE y la mismísima Merkel tienen estómago para afrontar una perspectiva semejante. Yo sinceramente dudo de que haya mucha gente capaz de afrontarla. Pero respetaría a quien tuviera la lucidez y la resolución de apostar por ella; creo que se olvida de que el ahorro cae con la renta y de que en algún momento habría que estimular la demanda, pero lo respetaría. Los poderes, en cambio, se mantienen a dos aguas, dando una de cal y otra de arena, dejando que la situación se pudra gradualmente y que la salida, por uno u otro lado, sea poco a poco más costosa e incierta a la vez.