miércoles, 6 de febrero de 2013

Corrupción


El problema de la corrupción en España tiene su origen en el régimen legal de financiación de los partidos políticos. Por las razones que se verá enseguida, aquí no nos ha gustado nunca el sistema norteamericano por el cual la financiación de partidos procede de fuentes privadas. No termina de convencernos que sean las donaciones lo que sostenga a nuestros partidos. Y ello seguramente porque la izquierda teme que el gran capital se incline decididamente por uno de los partidos y lo anegue literalmente en dinero. Eso, en el criterio de nuestros intelectuales orgánicos, daría una ventaja decisiva a ese partido, que podría denominarse con toda justicia «partido del gran capital». Y así, los intelectuales orgánicos demuestran tener al dinero por mucho más de lo que en realidad es.

Hay razones para pensar que tal resultado no sería inevitable. Primero, porque el gran capital podría dividirse. Lo hace habitualmente en Estados Unidos. No hay unidad acción al respecto. Quienes piensan que el resultado es necesario vuelven a mostrar sus prejuicios, en este caso creer que la lucha de clases domina la actuación de los capitalistas. Más de siglo y medio de dejarse llevar por esa creencia ha conducido a la clase trabajadora a la situación en que se encuentra. Parecería que va siendo hora de revisar algunas ideas preconcebidas. Pero es que incluso para un marxista, que no sea un completo mecanicista, la lucha interna entre capitalistas, suscitada por las tendencias al monopolio y a resistir esas mismas tendencias, puede en muchos momentos tener tanta importancia como, o incluso más que el conflicto entre capital y trabajo. Repito que no hay más que mirar a Estados Unidos.

La segunda objeción al dogma de que la financiación privada de los partidos es mala es que, incluso si hubiera un partido del gran capital frente a otro de los trabajadores, el hecho de que el primero dispusiera de mucho más dinero que el segundo no supondría una ventaja decisiva, a condición de que la procedencia del dinero fuera absolutamente transparente. ¿Que el partido de los ricos podría ganar elecciones por la facilidad para desplegar campañas más espectaculares y costosas? Eso sólo da ventaja en sociedades atrasadas y dominadas por la incultura. En países con mejor nivel de formación, el dato inclinaría a la ciudadanía opuesta al gobierno descarnado del dinero precisamente del lado contrario. Para muchos, la abundancia de recursos de fuente privada sería justamente el indicio de que no deberían votar a ese partido. Incluso cabe la posibilidad, si la sociedad es muy culta, de que todos los partidos limiten el tamaño de las donaciones que reciben, para no perder demasiados votos. En eso se basa el equilibrio que Aristóteles encontró, entre el poder del dinero (oligarquía) y el poder de los votos (democracia), en la fórmula híbrida que él llamó república. ¿De qué le sirve al gran capital tener un partido muy rico, que pague elevados sobresueldos a sus cuadros, si apenas recoge votos? El gran capital dejaría de financiar a ese partido, como es lógico. Sería deseable dejar que estas cosas se regularan de una manera natural, a la vista de todos. Pero no; aquí preferimos reglamentar y prohibir. Así, la corrupción se hace invisible, y mucho más atractiva porque sus beneficios se convierten en astronómicos. He mencionado a la república. Lo que ocurre es que aquí algunos quieren una república que sea el calco exacto de la monarquía constitucional, sólo que cambiando al rey por un presidente al que elijamos cada cuatro años. Y eso no funcionará. Sólo tendremos más de lo mismo.

Podría ocurrir que el partido capitalista chiquito, con pocos votos, pudiera sin embargo comprar a los diputados de otros partidos con todo el dinero que tiene. Eso ocurre en Estados Unidos; lo llaman lobbies. Entonces lo que habría no es partidos pequeños pero ricos, sino lobbies. Bien, aceptemos los lobbies. ¿Qué problema hay? Desde luego, mucho si los lobbies dan lugar al «transfuguismo», que es un efecto de las listas cerradas y bloqueadas. Pero si los votantes eligen a la persona y no sólo al partido, cuando vean a su representante votar en sentido contrario al esperado y supongan que se debe a que lo han comprado, sencillamente, dejarán de votarle.

Hay lobbies siempre, nos gusten o no. Si no queremos verlos, serán invisibles; pero seguirán ahí. En Estados Unidos, y ése es el acierto de su sistema, aceptan los lobbies como una realidad natural de la política, y los mantienen estrictamente separados de los partidos. En España, donde no podemos ni ver a los lobbies, ni siquiera soportamos hablar de ellos, los hemos quitado de nuestra vista y se han incrustado en la estructura de los partidos. Lo que es infinitamente peor, como muestra el caso Bárcenas.