lunes, 11 de febrero de 2013

De qué va esta crisis


Supongamos que tenemos delante una caja. Se nos dice que contiene bolas de madera pintadas de esmalte, del tamaño de las de billar. La caja es opaca y está dispuesta de forma que no hay manera de ver su contenido más que sacando bolas, una a una. ¿Cuál es el color de las bolas? Incierto. ¿Son todas del mismo color o de colores diversos? Incierto, incierto. La naturaleza de la incertidumbre tiene que ver con preguntas como ésta y la falta de respuestas.

Una historia bien conocida cuenta las cosas de forma diferente. En 2005, Takashi Hashiyama, CEO de la firma electrónica Maspro Denkoh, decidió desprenderse de los cuadros de pintores impresionistas, incluyendo algún Van Gogh y algún Cézanne, propiedad de la compañía. Optó por subastarlos. Pero dudaba entre encargar la gestión a Christie’s o a Sotheby’s, líderes mundiales en subastas de obras de arte. Propuso a ambas casas jugar entre ellas un «piedra, papel ó tijera». El ganador subastaría todo el lote. Tras un breve periodo de reflexión, según ella misma, Sotheby’s eligió al azar jugar «papel». A la vista del resultado, cabe dudar de que fuera al azar. Christie’s optó por una estrategia distinta. Consultó a las gemelas de 11 años, hijas de su director internacional, Nicholas MacLean. Conociendo que «piedra» es la elección obvia, por más frecuente (según una muestra obtenida por ellas mismas en cientos de desafíos similares), las gemelas dedujeron que Sotheby’s jugaría «papel», y ellas sin dudarlo jugaron «tijeras». Christie’s subastó el lote completo.

Lo que la historia de Hashiyama revela es que el azar completo no existe. En el juego relatado, «piedra» es la elección más probable y «tijeras» la menos probable, seguramente porque esta última comporta mayor esfuerzo neuronal y físico que aquella; «papel» ocupa un lugar intermedio a tal respecto. Las dos últimas son jugadas en cierto modo antinaturales, en mayor o menor grado, que exigen planteamientos estratégicos. Jugar «papel» incorpora un paso de backward induction (proceso inductivo hacia atrás). Jugar «tijeras» incorpora dos de tales pasos: es una estrategia más sofisticada. Por razones análogas, las bolas de nuestra caja serían de color más incierto en Norteamérica; en Europa serían sobre todo blancas. Esto es lo que llamaríamos probabilidades a priori.

Sacamos una primera bola. Es negra. Todas nuestras conjeturas a priori han resultada falsadas por la evidencia empírica. ¿Cuál es la predicción más razonable acerca del color de la próxima bola? Negra. Sacamos una segunda bola: también es negra. Nuestra confianza en que todas las bolas son negras, crece. La tercera bola es blanca. Nuestro cálculo de probabilidades acerca del color de la cuarta bola (que aún no ha salido) cambia. Suponemos un 66,6% negra frente a un 33,33% blanca. Seguimos sacando bolas. Cuando hemos extraído la milésima, resulta una cuenta de 501 blancas y 499 negras. Prácticamente el 50% de cada color. ¿Cuál será el color de la 1001ª bola? Con un error despreciable, podríamos predecir que será blanca o negra, con la probabilidad de arrojar una moneda al aire. Sacamos la bola. Es roja. ¡Cuando estábamos seguros de que todas las bolas eran blancas o negras, sale una maldita bola roja! Una serie de 20 ó incluso 200 bolas negras seguidas no nos habría sorprendido tanto. Tan sólo habría reducido la probabilidad de aparición de bolas blancas. Pero una bola roja nos obliga a preguntarnos: ¿cómo diablos llegó allí la bola roja? Ojalá tuviéramos al respecto la certeza de la gemelas MacLean acerca de «piedra», «papel» ó «tijeras». Pero carecemos de su experiencia. ¿Es un hecho singular, irrepetible, o podemos esperar a partir de ahora la proliferación de bolas rojas? ¿Sigue siendo la probabilidad de una bola blanca, o una negra, igual a (1 – x)/2, donde x es la ignota probabilidad de una nueva bola roja, o cabe suponer que todas las probabilidades se tambalean? De pronto, estamos en los dominios de la incertidumbre.

En la incertidumbre, los analistas se dividen, pierden las referencias comunes y sus lenguas se confunden. Tras una nueva serie de 6 ó 7 nuevas bolas blancas y negras, los optimistas se dicen: «Bien. Las aguas vuelven a su cauce. Únicamente había una bola roja. Incluso es posible que la bola roja nunca haya existido. Quizá era una bola blanca, o negra, a la que vimos roja por un efecto óptico. Business as usual.». Los críticos, por su parte insisten: «¡Farsantes! Había una bola roja, costó billones de euros (o dólares) y millones de puestos de trabajo… Y, en cualquier momento, puede aparecer otra». Los primeros replican: «Nada de eso. La bola roja en todo caso fue un aviso (¿de Dios, quizá?). Las pérdidas de riqueza y empleo provienen de la rigidez de los mercados. Hay que flexibilizarlos con reformas estructurales». Y los mercados son cada vez más flexibles. Pero, ante la extracción de cada nueva bola, todos se echan a temblar. Crisis de incertidumbre.