viernes, 10 de enero de 2014

Universidad: una reforma estructural pendiente

En un artículo de Megan McArdle, publicado por Bloomberg el pasado 3 de enero, se denunciaba que la universidad norteamericana se ha convertido en uno de los mercados con mayor explotación ("more exploitive") del mundo. Un número ingente de doctores, profesores en formación que esperan alcanzar una posición permanente, pueden llegar al final de la treintena o incluso después de los cuarenta a descubrir que nunca la alcanzarán; mientras, pueden pasarse veinte años dando clase a grupos masivos en los tramos inferiores de la enseñanza, mientras los profesores con una posición permanente ya consolidada reducen su docencia al minimo, que imparten en grupos pequeños, en programas de posgrado o doctorado, lo que les deja tiempo suficiente para dedicarse a su verdadera vocación, que no es tanto la docencia como la investigación. Naturalmente, a los profesores permanentes les parece muy mal la situación de los profesores en formación, cargados éstos de clases y alumnos, cobrando salarios misérrimos y sin la menor estabilidad laboral ni perspectivas de obtenerla, porque tampoco disponen de tiempo para poder investigar lo que se les exige para pasar a permanentes.

La situación la describo como de una subvención cruzada de la calidad de la enseñanza a los resultados de la investigación. En otras palabras, la universidad toma dinero que se debería dedicar a la formación de los alumnos (porque sale del bolsillo de éstos) para pagar a profesores permanentes con objeto de que se dediquen a la investigación. La investigación que se valora en el profesorado es una investigación sin valor de mercado (lo que se llama "investigación básica") y por eso hay que subvencionarla. El resultado es que no son los profesores permanentes quienes dan la mayoría de las clases, sino los profesores en formación, cuya calidad docente debería suponerse inferior. Así, la reducción en la calidad docente "paga" la investigación sin valor de mercado. Como la calidad docente es baja, quienes la imparten tienen que cobrar muy poco; de ahí la "explotación" del profesorado precario. A su vez, la calidad de los títulos universitarios se reduce; un efecto secundario es que, como la matricula debe pagar tanto una docencia deficiente como la investigación, y en Estados Unidos muchos alumnos financian las matrículas con préstamos, el valor actual del título acaba cayendo por debajo del importe del préstamo que financia su adquisición, con lo que muchos universitarios acaban en default, o sea, fallando en la devolución del préstamo.

La investigación universitaria está altamente sobrevalorada. El argumento es que el investigador excelente hace el mejor docente, lo que es radicalmente falso; para empezar, el investigador excelente se las arregla para dar las menos clases posibles y el sistema, en general, lo favorece. Investigar y enseñar son dos oficios distintos, como se ve todos los días. Hay cierta mística de la investigación básica como catalizadora de la innovación, que tampoco se se compadece con la experiencia. La investigación básica se publica en revistas internacionales, generalmente en inglés, y accesibles a los investigadores aplicados de todo el mundo. Con la investigación básica, si realmente es excelente, lo que se hace es facilitar la innovación en cualquier país del mundo, no necesariamente en aquél donde se investiga. Si esa investigación se paga con las matrículas de los alumnos, éstos están haciendo un mal negocio. En España, la cosa es mejor y peor. Es mejor porque en su mayor parte la universidad es pública, sufragada en parte por los contribuyentes además de por los alumnos, lo que permitiría financiar la investigación básica con impuestos y no bajando la calidad de la enseñanza, aunque ciertamente es el contribuyente quien hace un mal negocio si la investigación aplicada se hace en otros países. Es peor porque cuando el déficit público aprieta, el ajuste en la universidad no puede ser "fino" y se resienten tanto la calidad de la docencia como los recursos para la investigación.

Desgraciadamente, el consenso entre el profesorado permanente en España tiende a ser (eso creo) que la universidad debe reformarse, pero para aproximarnos más al "modelo americano"; es decir, para liberar recursos a favor de la investigación (o sea, liberar a los investigadores de docencia, conforme a su "excelencia"), lo que en un contexto de severa restricción presupuestaria sólo puede hacerse degradando aún más la docencia y poniendo más difícil todavía la promoción del profesorado precario. Ésta es la posición que representa Wert, con el añadido de aproximar el importe de la matrícula al coste real del título (más la subvención cruzada a la investigación, ¿no?). Así nos pareceremos cada día más a Estados Unidos, lo que parece el sueño dorado de muchos profesores universitarios.

Yo, en cambio, prefiero el modelo alemán. El profesor universitario investiga por vocación, no por obligación; sabe que investigar, para él, es un hobby. El investigador profesional trabaja en institutos de investigación separados de la universidad; el investigador profesional puede dar clases en la universidad, pero no se le considera profesor universitario a tiempo completo. ¿Que se quiere que el profesorado universitario tenga méritos investigadores? Si tiene cualidades, ofrezcásele la oportunidad de realizar estancias en institutos de investigación, si se quiere, en repetidas ocasiones a lo largo de la carrera académica y coordinadas con el paso a categorías superiores. Quienes no obtengan esa oportunidad, por falta de cualidades, sabrán pronto que no valen para el oficio, poniendo fin al muy prolongado, en realidad, prácticamente interminable periodo de prueba detectado por McArdle.

¿Y cómo financiar los institutos no universitarios de investigación? Sólo hay una solución: que la investigación básica termine encontrando salida al mercado, es decir, vinculando de forma muy estrecha la investigación básica a la aplicada. Es por eso que los institutos de investigación deben ser independientes y adoptar una gestión adecuada a sus fines, que se ha demostrado hasta la saciedad que la universidad no puede garantizar.