domingo, 6 de noviembre de 2016

La comunidad de la inteligencia apuesta por Trump

La declaración del director del FBI ante un comité del Congreso de Estados Unidos, revelando que entre los 600.000 correos electrónicos recientemente publicados por Wikileaks hay algunos remitidos por una asistente de Hillary Clinton que podrían comprometer la integridad de la candidata a la presidencia, ha dado un vuelco inesperado a las encuestas y a las expectativas de triunfo en estas elecciones. El todavía presidente Obama ha censurado al director del FBI por interferir en la campaña electoral; los partidarios de Clinton lo acusan de hacer el juego a Putin, ya que dan por hecho que Wikileaks es una herramienta del servicio secreto ruso. Lo cierto es que el director del FBI no se habría atrevido a dar el paso sin el respaldo de la CIA y de los otros catorce (quince, si incluimos a la Oficina de Evaluación Neta, que depende directamente del secretario de Defensa) servicios de inteligencia de Estados Unidos. La ambigüedad de las revelaciones es tal (no se sabe cuántos correos, ninguno es de Hillary Clinton) que éstas sólo pueden entenderse como una apuesta de la llamada «comunidad de la inteligencia» por la victoria de Donald Trump. De ser un candidato contestado incluso en su propio partido, ha pasado a ser el favorito en estas elecciones. ¿Cómo ha ocurrido y por qué?

La clave está en una percepción distinta de la posición de Estados Unidos en el mundo. Quiérase o no, Bill Clinton y Barack Obama, no menos que George W. Bush, han sido tributarios de la noción de un «nuevo orden mundial», preconizada por George Bush padre. En esa visión, Estados Unidos ha sido el guardián de la legalidad internacional y el garante de la democracia en todo el orbe. Como tal, se ve obligado a intervenir en todas partes, apoyando igual las primaveras árabes que el fallo del tribunal de La Haya sobre el Mar de la China meridional y la soberanía de Ucrania sobre Crimea. Hillary Clinton representa la continuidad de esta dinámica. Trump, al que se acusa de aislacionista, representa la tendencia opuesta. Según él, Putin no es el enemigo (de ahí que muchos vean en el candidato a una marioneta del ruso); una eventual guerra con Rusia en Ucrania o por Ucrania, Estados Unidos no puede ganarla por razones logísticas evidentes. ¿A qué mantener entonces la tensión? Buscar un acomodo sería lo más razonable según Trump. En Oriente Medio sus ideas no son tan claras, pero entrañan una crítica profunda de las inconsistencias de la política de Obama, quien fue advertido por la CIA en 2012 de que algo como el Estado Islámico podía surgir en la frontera entre Siria e Irak como consecuencia de la política de apoyar a todo rebelde al régimen de Damasco. Y en Extremo Oriente, ¿de qué vale defender el fallo de La Haya a favor de Filipinas, si el propio presidente filipino se aleja de Estados Unidos para aproximarse a China?

El espaldarazo de la comunidad de la inteligencia a Trump no asegura el triunfo de éste, pero le da una enorme ventaja, incluso psicológica, sobre su contrincante. El pueblo norteamericano puede opinar diferente. Pero incluso si Clinton gana, tiene motivos para reflexionar sobre una política exterior de la que ella, como secretaria de Estado, ha sido protagonista activa en los pasados años.