domingo, 12 de agosto de 2012

La burbuja educativa que viene (1)

Se ha convertido en un tópico decir que estamos o vamos a entrar en una sociedad del conocimiento. Es un tópico porque muchos lo mencionan pero me temo que estoy completamente solo en pronosticar que la próxima burbuja del capitalismo se organizará alrededor de la industria de la educación, ya que es precisamente a través de la educación como se adquiere el conocimiento.

¿Qué es exactamente lo que quiero decir? Que debemos prepararnos para un crecimiento extraordinario (y posiblemente excesivo) del sector educativo a escala mundial. Nótese que esto es algo más que simplemente decir que la educación va a convertirse en un sector clave de la globalización. La educación, o para el caso cualquier industria, puede ser estratégica en una determinada fase del desarrollo capitalista—como obviamente lo ha de ser la educación en la sociedad del conocimiento—sin necesidad de que haya una burbuja que tome a esa industria por motivo principal. ¿Por qué creo que el caso es, efectivamente, que la educación dará origen a una burbuja de dimensiones globales? Se me ocurren tres razones, de una lista que no tiene por qué ser exhaustiva. En esta entrada expondré la primera de esas razones, y dejaré para la próxima las dos restantes

La primera razón tiene que ver con el pinchazo de una burbuja previa, la de la I+D+i (Investigación, Desarrollo e innovación) de financiación pública. Esta burbuja empezó a inflarse durante la presidencia de Ronald Reagan, en Estados Unidos, con la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica (o, más popularmente, «Guerra de las Galaxias»), que posibilitó el desarrollo de tecnologías de doble uso, militar y civil a la vez. Internet, por ejemplo, es un subproducto de esa burbuja. La burbuja de las tecnologías de doble uso empezó a pincharse en 1991, con el desmantelamiento de la URSS y la desaparición del «enemigo global», momento en que se inició una desenfrenada carrera por dar uso civil a los conocimientos que habían estado «clasificados», o sea, obligados a mantenerse en secreto por su posible uso militar. Cuando esa carrera empezó a perder fuelle, se intentó volver a inflar la burbuja tecnológica de financiación pública a cuenta del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, diez años después. Pero está claro que mantener el nivel de inversiones de antaño contra al Qaeda y los talibanes, incluso contra Irán, es matar mosquitos a cañonazos. Ahora bien, si flaquea la inversión pública, como ha flaqueado desde 2008, empezará a fallar (está fallando ya) el sistema global de ciencia y tecnología montado sobre ella, y que bascula sobre la formación de excelentes investigadores seleccionados con arreglo a lo citada que es su obra entre los restantes científicos. En EE.UU., el acceso y continuidad en la docencia universitaria se ha condicionado a esa producción científica. La definición de «excelencia» con arreglo a tal baremo incluye a un número realmente reducido de gente ya que los mejores investigadores son citados por muchos pero ellos sólo se citan entre sí; por lo que para completar sus plantillas universitarias otros países (incluida España) han acudido a un proxy consistente en considerar «excelente» la publicación en una revista suficientemente citada—gracias a otros artículos—aunque el artículo en cuestión no lo sea mucho, o no lo sea en absoluto. Se considera que los filtros establecidos por la propia revista (comité editorial, evaluación por pares) ya suponen cierta garantía de «excelencia». De alguna manera había que cubrir las plantillas universitarias. Pero no para ahí la cosa. El crecimiento exponencial del número de universidades en todo el mundo ha estimulado una fuerte demanda de esa clase de filtros, o sea, de revistas científicas dotadas de comités editoriales más o menos rigurosos y asistidos por evaluadores anónimos entresacados de la propia Academia, revistas que han surgido para servir a los fines de lo que los economistas llaman screening, o sea, pura y simplemente, como soporte a la selección de personal docente e investigador.

Como consecuencia, se ha estimulado una clara sobreproducción científica. El esquema ha resultado ruinoso en términos del output final buscado, la i de «innovación». Los investigadores en «ciencia básica» (ciencia publicada, para que todo el mundo la lea) son con frecuencia incapaces de innovar, y eso es algo completamente natural; y, por otra parte, sus logros pasan en gran parte desapercibidos para una sociedad incapaz de valorar su trabajo excepto en términos de imagen. El efecto ha sido la acumulación de centenares de miles, quizá algún millón de artículos científicos, más o menos meritorios, que permanecen sin aplicación y con frecuencia desconocidos hasta para la propia comunidad científica. Pero no, en una pequeña fracción, para la gran empresa innovadora, que tiene expertos en revisar esa literatura buscando oportunidades de aplicación. Si la burbuja de la I+D+i se ha traducido en una producción científica que valora mucho la Academia pero en gran parte es perfectamente prescindible para la sociedad, y que en esa medida cabría calificar de «irrelevante», la burbuja educativa se traducirá en la formación de un numeroso cuerpo de expertos capaces de exprimir la potencial relevancia de toda esa literatura científica hoy carente de ella. Cuando la sociedad tome conciencia de que hay un inmenso capital científico acumulado, y del que no se saca provecho, surgirá una importante demanda de educación superior para formar expertos capaces de seleccionar parcelas científicas de aplicación industrial, expertos que se colocarán en toda clase de empresas, grandes y pequeñas, con el único requisito de que sean innovadoras. A su vez, el número de empresas innovadoras no aumentará considerablemente mientras no haya una abundante oferta de técnicos capaces de traducir esa ciencia que hoy resulta redundante, en tecnologías rentables. Esto nos llevará lejos del modelo actual, que busca difundir la ciencia en la sociedad replicando Silicon Valley en los lugares más inverosímiles del mundo mediante «parques científicos y tecnológicos», y nos acercará a otro basado en la división del trabajo entre expertos en plantilla de empresas innovadoras, que busquen oportunidades de aprovechamiento práctico de la literatura científica, y científicos aplicados, temporalmente contratados por esas mismas empresas o acaso autoempleados, que materialicen la mejora. Un nuevo modelo de innovación, en una palabra, que dependa menos de la formación de una élite científica (pues carece de sentido continuar amontonando conocimientos que pocos conocen y nadie aplica) y más de la de un par de profesiones con competencias de amplio espectro, repartidos sus miembros por todos los campos del saber y capaces de rentabilizar la ciencia de los últimos lustros. O dicho en la jerga característica de KM (Knowledge Management o «gestión del conocimiento»), un modelo innovador que bascule menos sobre el conocimiento codificado que producen los científicos y más sobre el conocimiento tácito que pueden hacer valer los expertos. Un modelo así, funcional a las necesidades industriales y financieras del presente, necesita educación de máximo nivel, aunque de otro tipo, para un mayor número que el declinante sistema de I+D+i.

(Haz clic AQUÍ para enlazar con el segundo artículo de esta serie).