martes, 14 de agosto de 2012

La burbuja educativa que viene (y 2)

(Haz clic AQUÍ para enlazar con el primer artículo de esta serie).


Una segunda causa de la burbuja educativa es de carácter sistémico, determinada por la clase de contradicciones en que el capitalismo se enreda sin cesar. Los viejos socialistas – p.e., Karl Kautsky – creían que el capitalismo se derrumbaría bajo el peso de sus contradicciones. Hoy sabemos lo equivocados que estaban. El capitalismo es un sistema avezado en moverse entre contradicciones. Multiplica su número y las profundiza día a día y, sin embargo, eso no lo destruye. Al revés, resurge de ellas con renovada fuerza, como si su capacidad de sobrevivir a contradicciones aparentemente irresolubles paralizara, por lo que sucede ante sus ojos, a una humanidad atónita. Quizá esto tenga un final dentro de décadas. Muy próximo, sinceramente, no veo ese final.

La entrada de ayer (Peak oil) me ayuda a explicar cómo se traduce esto en mayor demanda de educación. Las contradicciones actuales del capitalismo parecen poner en peligro la existencia misma de la vida en el planeta. Pero el sistema no deja de jugar a ellas. Tras dos tremendos accidentes, uno en la extracción de crudo en el Golfo de México y otro nuclear en Fukushima, Rusia y Noruega se proponen perforar el Océano Ártico y el gobierno japonés planea construir más centrales nucleares, pese a la oposición de más del 80% de la población de su país. El capitalismo actúa así en todo. Lo mueve una mezcla explosiva de afán de lucro privado y de necesidad insuperable de control. Así, se introduce en situaciones donde arriesga la pérdida absoluta de control y ésa es quizá la principal de sus contradicciones. Los dos accidentes mencionados son buenos ejemplos. Y esto ocurre en una sociedad que se llama a sí misma «del conocimiento».

Una sociedad del conocimiento no es necesariamente una sociedad con conciencia. Siendo realistas, la sociedad del conocimiento hacia la que avanzamos es una sociedad capitalista con enormes dosis de mala conciencia por todo lo que está sacrificando en aras del beneficio privado y del control. Soporta contradicciones de múltiples clases: energéticas, relativas a los ecosistemas, a la dificultad creciente de gestión de conflictos, humanitarias… La conciencia bienpensante querría evitar esas contradicciones, y superar con ello el capitalismo; eso, o el diluvio. La experiencia nos dicta que no hay diluvio, que el capitalismo puede continuar avanzando, incrementando la complejidad de sus contradicciones. Pero, para poder continuar, el capitalismo se ha tenido que hacer experto en la gestión de sistemas complejos. El mundo podrá multiplicar sus centrales nucleares y generar vertidos de crudo en los casquetes polares, pero tendrá que multiplicar aún más los expertos formados en gestionar sus riesgos. No científicos capaces de aumentar nuestro conocimiento de lo que es la energía nuclear, que esa clase de conocimientos ya vimos en el primero de estos artículos excede ahora mismo de la capacidad de aplicarlos; sino técnicos capaces de reducir poco a poco sus riesgos haciendo uso de mucha de esa ciencia que hoy no sirve para nada. En general, el capitalismo se obliga a incrementar considerablemente la cantidad de educación, precisamente para gestionar riesgos y contradicciones en todos los ámbitos donde el auri sacra fames y la necesidad de control lo ponen en débito con la naturaleza o con la humanidad. Invirtiendo en la educación de expertos que mantengan la esperanza de que ciertos problemas se irán resolviendo poco a poco, a largo plazo, el mundo puede continuar embarcándose, sin vacilaciones estériles, en nuevas agresiones al ecosistema del planeta o a la estabilidad de los biosistemas, agresiones que sin embargo permiten ir sorteando los problemas de corto plazo. Esto configura a la inversión es esa clase de educación como una verdadera burbuja.

La gestión de sistemas complejos es algo para lo que nuestro sistema educativo forma particularmente mal. El signo de la educación, hasta ahora, ha sido la especialización; una suerte de ignorancia reglada, según la cual tengo que saber de lo mío e ignorar lo demás porque de eso se encargan otros. La gestión de sistemas complejos exige lo que en inglés se llama cross breeding («fertilización cruzada») o en el español «interdisciplinariedad». En realidad, la interdisciplinariedad está penalizada en el sistema educativo por su estado mayor, la Academia, como cuando comités evaluadores de la actividad investigadora del profesorado universitario deniegan tramos de investigación porque el interesado se ha presentado a Métodos Matemáticos para la Economía cuando su investigación es en Matemática pura (caso rigurosamente exacto); o, más en el origen del problema, cuando referee tras referee desaconsejan la publicación de un artículo, pese a su reconocido interés, por no encajar en el «perfil» – especializado – de sucesivas revistas de impacto (no menos verídico). Se necesita educación, por tanto, para formar en la interdisciplinariedad no sólo a nuevas generaciones de profesionales de todos los campos del saber, sino también a los que hasta ahora han sido educadores en la especialización y hasta a los grandes gurús de la ciencia, si se me apura.

Por último, una tercera razón por la que la educación va a crecer de forma exponencial en las próximas décadas es que, en un mundo como el actual, la educación, y sobre todo cierta clase de educación, se presenta como una ventaja incontestable a la hora de encontrar empleo. Muchos titulados universitarios terminan de cajeros en grandes superficies. Es un despilfarro social; un signo característico de la burbuja, si se quiere, pero desde el punto de vista individual no deja de ser una ventaja tener educación frente a no tenerla. (Otro exceso de la educación como screening). Esto continuará ocurriendo, de modo que la demanda individual, no ya la sistémica, de educación va a seguir creciendo. En un mundo donde prevalezca la interdisciplinariedad, el currículo perderá importancia frente al criterio capaz de añadir valor al conocimiento de los especialistas. Pero la demanda de educación para-tener-currículo, aunque cada vez menos estimulada por el sistema, seguirá inflando la burbuja. Hasta un límite, naturalmente, toda vez que la educación es mayor ventaja de cara al empleo cuanta menor proporción de gente dispone de ella. Cuando aumenta la proporción de personas con educación, la ventaja de cara al empleo se reduce. Llegados a un punto, la ventaja se anulará por completo y entonces se pinchará la burbuja. Pero convendrá el lector en conmigo en que todavía falta algún tiempo para llegar a eso.