domingo, 5 de agosto de 2012

Sobre si el euro es un enfermo terminal


La cuestión se suscitó luego de que Nouriel Roubini, exasesor del presidente Obama, dijera recientemente que el euro caducará dentro de seis meses. Es sorprendente que tantos norteamericanos entiendan tan mal el problema. Parece como si, sencillamente, fueran incapaces de contemplar siquiera la idea de que un grupo de lo más dispar de países, sin gobierno central, pueda hacer circular una moneda común. Dan por hecho que tal moneda necesita perentoriamente una Hacienda federal (ya se sabe: mismos impuestos para toda la eurozona, eurobonos, y cosas así), como poco. Eso, sin embargo, es teoría económica del siglo XVIII, he de decir. Robert Mundell (premio Nobel de Economía en 1999, el año que se instauró el euro) elaboró una teoría más actualizada, hace menos de medio siglo. La teoría trata de áreas monetarias óptimas. Un área monetaria óptima es un territorio donde una moneda común resulta sostenible. Para que un territorio merezca calificarse de «área monetaria óptima» debe satisfacer ciertos requisitos. En primer lugar, los mercados de factores, capital y trabajo, deben ser flexibles en el ámbito local, de modo que sus remuneraciones respectivas se ajusten a su productividad. Además, los factores deben moverse libremente a través de las fronteras nacionales, con objeto de que su remuneración, de nuevo, se ajuste a desiguales cambios de productividad a escala de toda el área. Y eso es todo. (Hay una tercera condición que sustituye temporalmente a las otras dos, a saber, que haya transferencias de recursos desde los países con superávit exterior a los países con déficit exterior, pero sobre esto empieza a haber un consenso creciente de que no toca, o ya no toca más). La eurozona cumplió de forma bastante satisfactoria esos requisitos de 1999 a 2007. Desde 2008, las cosas se han puesto difíciles. Sin embargo, no ello no se debe tanto a un «fallo de construcción» como a una crisis de demanda efectiva.

Tras el bloqueo de los mercados mayoristas de liquidez, la crisis de demanda condujo a numerosos países, entre ellos la mayoría de los europeos, bajo recomendación del Fondo Monetario Internacional, a llevar a cabo «estímulos fiscales», es decir, gasto público por encima de los ingresos; en otras palabras, a presupuestar déficits públicos más o menos abultados. Siguiendo un inmisericorde enfoque ortodoxo de las finanzas públicas (1. «Nadie puede gastar más de lo que tiene», ¿les suena?, y 2. «No monetizar absolutamente nada del déficit, si lo hay», por cierto, lo contrario de lo que el gobierno español reclama a Europa como un derecho ahora), la situación generó una escalada en la deuda pública. El enfoque ortodoxo de las finanzas públicas era tan equivocado en 2009 como lo fue en 1933, pero eso carece de importancia para el problema principal: si el euro va a sobrevivir o no. Más aún, podría decirse que si el euro soporta una política tan absurda, se probará que su capacidad de resistencia es fuerte incluso bajo las más adversas circunstancias.

La política absurda generó elevado desempleo en varios países. Se abordó serias reformas para retornar al pleno empleo fomentando mayor flexibilidad en los mercados de bienes y servicios (libertad de horarios comerciales, por ejemplo) y de factores (reformas laborales sucesivas, en el caso de España), sin éxito ninguno. El problema, otra vez, era de demanda efectiva y no de rigidez de los mercados reales. Como resultado, las rentas tributarias menguaron y los déficits se mostraron intratables. Ahora bien, la solución propuesta por el segundo requisito de Mundell, que la gente pueda emigrar de los países con alto desempleo a otros con desempleo menor, es extraordinariamente difícil de poner en práctica, debido a barreras lingüísticas y culturales. A día de hoy, la emigración afecta a decenas de miles de personas, cuando tenía que afectar a millones. Así, la falta de demanda encadena alto desempleo, que no es absorbido por la emigración; el alto desempleo encadena disminuciones en los ingresos tributarios y déficits fiscales intratables, en tanto que déficits fiscales intratables empujan a los partidarios del absurdo enfoque ortodoxo de las finanzas públicas a recortar aún más el gasto público. No se trata de un bucle sin fin, empero. Los déficits necesitan financiación y cuanto más dura la situación de déficit, tanto más cara es la recompensa reclamada por los inversores («prima de riesgo»). Tan pronto como un país miembro de la eurozona deje de pagar su deuda, el riesgo de contagio a otros países sacude toda el área monetaria. Automáticamente, ésta deja de ser «óptima». El euro, como divisa convertible, entra en peligro de desaparición.

Las cosas, en realidad, son incluso más impactantes. Grecia ha quebrado ya una vez, hasta ahora. ¿Cuántas más veces se le permitirá entrar en bancarrota? Ni una sola vez más. Con todo, la solución es sencilla desde el punto de vista económico, aunque seguramente difícil de digerir desde el político. Es la incapacidad de Grecia de adaptarse a los requisitos del área monetaria lo que ha convertido a ésta en «subóptima». Bien, supongamos que Grecia es cercenada del euro. A continuación, España puede suponer un problema similar. Supongamos, por tanto, que España es cercenada de la eurozona, de igual modo. Y así sucesivamente, hasta que la eurozona recobre su condición de área monetaria óptima. ¿Cuán lejos podría llegar la eurozona en semejante rectificación de su geometría? Mi hipótesis es que la eurozona puede perder miembros, sin poner en verdadero peligro su existencia, mientras los Seis fundadores de la Comunidad Europea – Alemania, Francia, Italia y el Benelux – se mantengan juntos. Eso supondría una suerte de «vuelta a los orígenes», a empezar de cero. Pero no creo que sea necesario llegar tan lejos.

Adenda a la versión española de este artículo: Hay en todo este asunto, implícita, una pugna – tan absurda como el enfoque ortodoxo de las finanzas públicas – entre el poder de la política y el poder de la economía. Algunos parecen creer que el desencanto subsiguiente a una brutal rectificación de líneas, como la descrita, convertiría a la eurozona en inviable. Tal creencia carece de fundamento. La eurozona será o no viable dependiendo de fuerzas estrictamente económicas, no políticas. La política puede bloquear una salida económicamente viable, pero no puede lograr que lo que no es viable lo sea. Si un euro a Seis o a Ocho (los Seis originales, más Austria y Finlandia, por ejemplo) se sustenta en los flujos comerciales y financieros relativamente estables entre esos países, los mercados se dedicarán a ganar dinero con semejante euro, y aquí paz y después gloria. Ahora bien, si los flujos comerciales y financieros carecen de la necesaria estabilidad, ni toda la voluntad política de todos los políticos de toda Europa será capaz de mantenerlo en pie.

Por eso resulta particularmente decepcionante el argumento, esgrimido con arrojo muy español, eso sí, por el gobierno de Mariano Rajoy, de que «si cae España, cae el euro». Está fuera de la realidad, y los europeos lo notan, ¿que no? España ni forma parte del núcleo duro de la eurozona y la Unión Europea (como Alemania, Austria, Finlandia, Holanda y Luxemburgo) ni es miembro fundador de la Comunidad Europea (como Bélgica, Francia e Italia). España hizo una transición de la dictadura a la democracia juzgada modélica por todo el mundo, que inspiró transiciones comparables en los ochenta (Argentina, Chile) y noventa (si se quiere, los países excomunistas de Europa oriental). Eso ocurrió hace ya más de veinte años, sin embargo. España no va a estar viviendo siempre de las rentas de esa gesta política. Será duro para Europa sacar a España del euro, claro que sí. Pero no seremos el primer país que está fuera (nos preceden el Reino Unido, Suecia y Dinamarca), ni siquiera el primer país que está fuera por causa de fuerza mayor (pues nos precederá Grecia o puede que Irlanda). Y tampoco la debacle política va a ser mayor que la sufrida por el proyecto europeísta con el colapso de Plan Pleven para una comunidad de la Defensa, en noviembre de 1954. Si no se pone las pilas, por decirlo brevemente, y sospecho que no se las va a poner, España está fuera del euro. Como dos y dos son cuatro.