domingo, 2 de julio de 2017

El Orgullo Gay y sus detractores

Leo con buenas dosis de asombro las protestas de ciertos heterosexuales ante la celebración del Orgullo Gay estos días en Madrid. Son de distinta índole, pero todas me inspiran reflexiones de uno u otro tipo, que paso a detallar.

Primero, están los que se quejan de que lo ‘homo’ desplaza a lo ‘hetero’; poco más o menos, vienen a decir que hay una discriminación positiva en favor de aquello y en detrimento de esto. Me parece ridículo, y preocupante del nivel de salud mental de este país. Soy heterosexual de siempre. Para mí, no es una opción: es lo que me pide el cuerpo, como se decía antes. Aclarado esto, nunca me he sentido agredido por comportamientos homosexuales; no creo que ocurra nada que pueda hacerlo suponer, fuera de las cárceles. Si acaso, cuando se trata de lesbianas tiendo a pensar que hay algo de desperdicio en ello; pero en fin, ellas les parecerá que el desperdicio lo comete mi pareja. Con los varones, solía decirme: dos competidores menos. Soy sincero. Ahora, esto de sentirse agredido me parece propio de gentes como que no tienen muy clara su orientación sexual, la que han elegido la tienen prendida con alfileres y cualquier influencia externa los puede descolocar. Deberían hacérselo mirar.

Segundo, los que protestan de las molestias generadas por la afluencia de dos o tres millones de personas (no sé si finalmente ha llegado a tanto) que ha alterado estos días la normal vida madrileña. Oigan ustedes, ése es un turismo que se ha dejado, según estimaciones de hoy, unos 200 millones de euros en la capital. El turismo genera ruidos (la gente aprovecha su tiempo libre y eso en España invita a salir de noche hasta las tantas), aglomeraciones, exhibiciones de costumbres y gustos distintos a los locales; molestias, en definitiva. ¿Qué se creen ustedes? ¿Qué el turismo de los años sesenta y setenta no las generaba? Pregunten, pregunten a quienes las sufrieron en sus carnes y las sufren todavía: en Palma de Mallorca uno se encuentra con carteles que piden al ayuntamiento que obligue al cierre anticipado de locales de ocio; así, desde hace décadas. Y no durante unos días, como en esto, sino en los largos meses de verano. Ahora vivimos de eso en gran parte. ¿Qué habría sido de este país si la población de la costa levantina hubiera tenido la piel tan fina como la de la madrileña?

Tercero, están las dudas sobre el uso de fondos públicos para promover el evento. Tras lo dicho, creo que tales dudas se solventan solas. Tan sólo añadiré que un gasto público que atrae gasto privado de esta es un ejemplo magnífico de lo que deben hacer los poderes públicos en una economía que se proponga competir con éxito a escala global.