jueves, 19 de abril de 2012

YPF, Repsol y el mundo de ahora

El último barómetro del Instituto Elcano destaca que nueve de cada diez españoles rechaza la expropiación del 51% de YPF por el gobierno argentino. Un rechazo tan contundente no se producía, apostilla el Instituto, desde la guerra de Irak. El Mundo, en su afán de moderar las cosas, habla de «enfado de proporciones bélicas», lo que no se sabe si significa que los españoles estaríamos dispuestos a ir a la guerra por este agravio o es un chistoso juego de palabras en alusión al comentario sobre la guerra de Irak. Sea de ello lo que fuere, queda clara la ignorancia de la sociedad española en asuntos de economía y política globales, lo que a su vez explica en buena medida las tribulaciones que sufrimos, realmente, a juicio de muchos, sin saber por qué.

Empezaré por el principio. Imaginemos que la principal empresa española de refino y distribución de petróleo se llamara Royal Dutch Shell-Repsol y que su consejo de administración estuviera presidido por alguien llamado Voser; que el principal banco del país se llamara ING-Santander, y no pasara de ser una sucursal del banco de la cuenta naranja; que el principal generador de energía eléctrica se llamara Elektriciteits Produktienaatschappij Zuid-Nederland/España; que el principal operador telefónico fuera KPN; que… A mayor abundamiento, imaginemos que Iberia también era una filial de Arke Reizen, un tour operador holandés, pero se la expropiamos hace unos años porque era evidente la mala gestión que había llevado a cabo esta empresa, en suspensión de pagos en Holanda. Los españoles pensaríamos que estamos un poco colonizados, económicamente hablando, por Holanda. ¿O no? Esto no es absurdo. Es algo que podría ocurrir dentro de diez años, si las cosas siguen como hasta ahora, España tiene que ser rescatada y necesitamos acudir al capital extranjero para salir del agujero en que nos estamos metiendo. Es verdad que no todo el capital sería holandés, pero ésa es la licencia que me tomo para explicar el caso.

Los argentinos han sido bastante pacientes porque, en vez de un pueblo extraño para ellos, como para nosotros son los holandeses, quienes los han «colonizado» económicamente hemos sido los españoles, la Madre Patria. Ocurrió en los años noventa, en la euforia de la globalización. Argentina quería salir del agujero en que la había sumido, como a otros países latinoamericanos y del entonces llamado Tercer Mundo, la crisis de la deuda de 1982. Entonces les tocó a ellos, ahora nos ha tocado a nosotros. La década de los ochenta, según el Banco Mundial, fue para todos ellos una «década perdida». A principios de los noventa y bajo la recomendación del Fondo Monetario Internacional, Argentina adoptó medidas drásticas, como la dolarización de la economía, la privatización de las empresas públicas, y otras muchas que favorecían a los inversores extranjeros. Coincidió que las empresas españolas, las grandes de Ibex 35 y algunas otras, empezaban a tener beneficios que invertir en el exterior. Toda América Latina, pero muy especialmente Argentina, tenía la inestimable ventaja del idioma, ya que los españoles en aquella época apenas hablábamos inglés. Telefónica compró Entel y la rebautizó Telefónica de Argentina, Iberia compró Aerolíneas Argentinas para luego cedérsela a Marsans, Endesa adquirió SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) y la rebautizó Edesur, el BBV compró el Banco Francés (ahora llamado BBVA Francés); finalmente, Repsol se hizo con YPF. Todo esto se hizo, merece la pena repetirlo, por recomendación del FMI y con todos los parabienes de la comunidad internacional.

En 2001, los argentinos pudieron comprobar que aquella política los había conducido al desastre. El corralito les privó de sus ahorros. Durante varios años, el gobierno mantuvo trabajosas negociaciones con el FMI y los acreedores. Desde 2003, con Néstor Kirchner en la presidencia, las cosas fueron de mal en peor. Todavía en 2005 hubo un canje de bonos que suponía una reestructuración de la deuda argentina. A comienzos de 2006, Argentina declaró que no podía pagar una parte de los nuevos bonos. De resultas de esa decisión, Argentina es el único país del G20 excluido de los mercados financieros internacionales. Eso significa que, no pudiendo endeudarse, ha de pagar todas sus importaciones «a tocateja», como si dijésemos, con las divisas que obtiene de sus exportaciones. Así las cosas, las finanzas del país han pasado por las mayores dificultades. Tras una experiencia a mi juicio decepcionante con los Bonos del Sur, emitidos por Venezuela para financiar a Argentina, ésta encontró cierto alivio hacia 2009 en la aproximación de China al país sudamericano. China tiene un problema estratégico con las fuentes de alimentación: 1.600 millones de chinos necesitan comer todos los días y además les encanta la soja, de la que Argentina es el tercer productor mundial. La balanza de pagos mejoró, exportó más y pudo también importar más. Pero nuevamente en 2011 la situación ha llegado a un punto límite.

Hay muchas interpretaciones de los motivos por los que el gobierno argentino ha expropiado YPF. Que si populismo, que si luchas de poder en el peronismo, que si CFK es incapaz de gestionar el «capitalismo de amiguetes» montado por su difunto marido. Mi sincera opinión es que los españoles somos cada vez menos simpáticos en Argentina. Y esto lo digo de uno de los dos países, junto con Cuba, que más quiere a España en la América Latina. Somos menos simpáticos por nuestras inconsecuencias y por los botarates que tenemos por gobernantes. Hace dos meses, Rajoy le dijo a Cameron, el premier británico, que quería conversaciones sobre Gibraltar. Cameron respondió tururú que te vi. Pero los argentinos tomaron buena nota y creyeron que íbamos en serio. ¿Nosotros en serio? ¡Qué va! Nosotros hablamos por hablar. Según se acercaba el trigésimo aniversario de la guerra de las Malvinas, Argentina montó una ofensiva diplomática para intentar recuperarlas de forma pacífica, ofensiva que culminó el fin de semana pasado en la Cumbre de las Américas, donde la reivindicación argentina encontró apoyo unánime, excepto en Estados Unidos. Argentina creyó de buena fe que también encontraría el apoyo de España pues ¿no nos unen, aparte de los lazos históricos, el interés común de descolonizar partes de nuestro territorio frente al mismo colonizador? Resulta que, desde hace unos lustros, el Reino Unido ha desarrollado una política muy hábil de ofrecer a los pescadores españoles que no van encontrando acomodo en la política pesquera común, un huequecito en las aguas territoriales de las Malvinas. El 40% de las concesiones pesqueras del archipiélago están en manos de armadores españoles. Los argentinos, que son casi tan ilusos como nosotros (debe de ir en la sangre) creyeron que España daría un golpe mortal a la soberanía británica renunciando a esas concesiones y arrojándoselas a la cara a los hijos de la Gran Bretaña. Naturalmente, a nosotros ni se nos pasó por la cabeza y, si hubo algún gesto diplomático en ese sentido, lo ignoramos olímpicamente, como ignoramos todo lo que no pasa aquí. Los argentinos se mosquearon. Pero aún, pensaron que nuestro talante, en general, es tirando a «blandito», porque nos habíamos arrugado de buenas a primeras con lo de Gibraltar por un plato de lentejas.

Ahora los argentinos se encuentran con que tienen un sector público inexistente desde los años noventa, y que lo perdieron por seguir un modelo que los condujo a la bancarrota y los expulsó como a apestados de la comunidad internacional (Argentina entró en el G20 gracias a los buenos oficios de Brasil, su socio en Mercosur). Si el neoliberalismo y las privatizaciones la han conducido a la ruina, ¿por qué tiene Argentina que seguir jugando a eso? Sí, desde luego, está el argumento de la seguridad jurídica y el derecho internacional, que tanto juego está dando en esta crisis, no sólo al gobierno sino también al principal partido de la oposición. ¿Derecho internacional, de qué? No hay derecho internacional de la seguridad jurídica de las inversiones, salvo el que libremente pacten entre sí los Estados soberanos. Repsol no fundó YPF. Ésta fue creada como sociedad estatal en 1922. Décadas después, el gobierno encontró oportuno privatizarla y la «vendió» a Repsol en 1999. Técnicamente, un Estado nunca vende derechos; de forma explícita o implícita e independientemente del lenguaje que se use, el Estado otorga o cede privilegios, siempre sujetos a reversión. La única forma de dificultar en serio la reversión es un tratado internacional, al que se sometan conjuntamente el Estado anfitrión y el Estado huésped, o sea, en este caso, Argentina y España. Hay un tratado de este tipo, llamado «código», entre varios países, realmente los más desarrollados del mundo, agrupados en la OCDE. Pero, ay, Argentina no pertenece a ese organismo, y por tanto, el código OCDE sobre seguridad jurídica de las inversiones no la obliga en absoluto. Y por otra parte España nunca se ha preocupado de dar seguridad a sus inversiones en Argentina con un tratado bilateral. Como de costumbre, pensamos que las cosas se nos deben «por nuestra bella cara», o porque si no se nos dan nos enfadamos, como ahora. O quizá, y esto sería mucho peor, porque en el fondo esperamos que la OCDE, que se ha dotado de un código de conducta tan racional, y con ella EEUU y Europa bien podrían enviar allí tropas de la OTAN a hacer valer la sacrosanta legalidad internacional en este tema. Pues me temo que «verdes las han segado». Para que luego algún ministro bastante poco inteligente diga que la frialdad de EEUU, por ejemplo, se debe a que temen por el futuro de sus propias inversiones en el país. Nada se puede hacer, y nada serio se va a intentar contra Argentina.

¿Qué se puede hacer, entonces? Lo repito: nada, sino esperar lo que Argentina quiera darle a Repsol, que, según mis cálculos, rondará los 3.000 millones de euros, lejos de los 8.000 que la compañía reclama. Y luego ya será problema de Repsol; lo tomará o lo dejará. Mejor que lo tome y dé fin a este penoso asunto, por el bien de todos. ¿Qué habría que haber hecho, y qué habría que hacer en el futuro por las restantes empresas españolas en Argentina? Lo primero, tomar buena nota de que no hemos adquirido derechos hasta el día del Juicio Final, como algunos parecen creer. Darnos cuenta de la moraleja de la ficción con que empezaba este artículo. Si somos los principales inversores extranjeros en Argentina y controlamos los sectores estratégicos, más tarde o más temprano a los argentinos no les gustará, como no nos gustaría a nosotros. Por otra parte, hay que ser conscientes de que a Argentina tampoco le interesa echar a España de allí. ¿Para qué, para caer de nuevo en manos de los yanquis (que no la apoyan contra el Reino Unido) o de nuevas en la de los chinos? No. España es un magnífico inversor en Argentina, pero hay que ser un poco sensibles a los problemas de los argentinos, que por lo demás son nuestros hermanos y les debemos devoción filial. Con este espíritu, y no con amenazas, lograremos defender el interés de España en América Latina de la mejor forma posible. Y, sobre todo, no pretendiendo dar lecciones a otros países, ni de buena gestión, ni de seguridad pseudo jurídica, ni de secreciones de testosterona.

Éste es el mundo de ahora, y no es mundo para idiotas.