miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dos tácticas del nacionalismo catalán ante la autodeterminación


El debate sobre el referéndum y los pronunciamientos, sobradamente claros, de la Unión Europea en el sentido de que la secesión de Cataluña de España situaría a la primera fuera del marco comunitario, plantean la cuestión de la sinceridad del nacionalismo catalán a la hora de promover un referéndum por la independencia. Se puede distinguir, a tales efectos, entre dos posiciones completamente distintas, pese a que, a partir de ahora, probablemente vayan a recorrer un trecho del camino juntas.

1) El independentismo, posición que se identifica con el partido Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Hunde sus raíces históricas en la II República Española, y tradicionalmente ha perseguido tres fines, no siempre fáciles de hermanar. Por un lado, es un partido nacionalista; por otro, propugna formas republicanas de gobierno; por otro, en fin, se declara inclinado a adoptar una posición de izquierda en el modelo de sociedad. Tras la promulgación de la Constitución Española de 1978, el partido no tuvo problemas en presentar su nacionalismo como claro separatismo, toda vez que así servía a sus dos de sus propósitos, al entender que una Cataluña independiente no podría ser más que republicana. Para el análisis de la situación actual, tiene importancia secundaria que ERC fuera ya separatista durante la II República, lo que ayudó a vencer la sublevación militar en 1936 pero probablemente facilitó la ruptura de la zona republicana en dos, en 1938.

2) El soberanismo, posición que se identifica con la coalición Convergència i Unió (CiU). Ocupa el espacio político que históricamente asumió, en las primeras décadas del siglo XX, la Lliga Regionalista, sólo que, tras la Constitución de 1978, ya no había espacio para el regionalismo en Cataluña. Digamos que CiU está un paso más allá del regionalismo y un paso más acá del independentismo; esa posición ha dado en llamarse «soberanismo».

Lo interesante es la dinámica que puede generar la interacción de ambas fuerzas políticas. Sin duda alguna, el soberanismo es más fuerte, hoy por hoy, que el independentismo. En las elecciones autonómicas de 2012, convocadas por adelantado por una Generalitat en poder de CiU, el soberanismo ha conseguido casi dos veces y media más de escaños que el independentismo. Entre los dos, ostentan la mayoría absoluta del Parlament catalán. A primera vista, tienen apoyos suficientes para convocar un referéndum por la autodeterminación, similar al que ya han pactado los gobiernos de Londres y Edimburgo para Escocia en 2014. La diferencia, sin embargo, es clara. Escocia está gobernada por euroescépticos a los que no importaría salir de la UE y que no tendrían siquiera necesidad de salir de la libra esterlina porque el Royal Bank of Scotland tiene el privilegio de emitir libras, lo mismo que el Banco de Inglaterra. El privilegio es puramente simbólico, pero indicativo de que una Escocia independiente seguiría en el área de la libra esterlina, entre otras cosas porque tanto al Reino Unido como a una república escocesa les interesaría. Es una peculiaridad británica, que seguramente se escapa a muchos nacionalistas catalanes, que no querrían ver a Cataluña fuera ni de la UE ni de la eurozona, pero parecen dejar ese problema para más adelante. En ERC, que es un partido donde la ideología pesa lo que la historia, han debido de llegar a la conclusión de que ya se verá todo esto, en su momento. Por un lado, no se terminan de creer eso de que se deje fuera de la UE a un pedazo de Europa; por otro, no tienen una posición definida sobre el euro, ya que, como buenos representantes de al menos una fracción de la indignación en Cataluña, es al euro al que se atribuye muchas de las tribulaciones actuales.

Mucho más matizada es la posición de CiU. En su calidad de representantes tradicionales de la burguesía catalana, pensarán que con cosas serias (como la pertenencia de Cataluña a la UE y al euro) no se juega. Precisamente, Artur Mas quiso hacer del eslogan «Un estado catalán en la UE» el lema de su campaña para las pasadas elecciones, hasta que desde Bruselas se le cortó en seco. CiU ha querido presentar la pérdida de votos (unos 80.000) como resultado del desgaste de la gestión en tiempos de crisis: «Es algo que está pasando en toda Europa», han sentenciado Mas y Durán i Lleida. Quizá tienen razón, pero la causa de no haber ganado los votos que esperaban ganar no puede estar ahí, pues ya contaban con ello, sino justamente en la metedura de pata sobre las posibilidades de Cataluña de mantenerse en la UE. Dicho de otra forma, los convergentes-i-unionistes se formaron expectativas antes de la reconvención comunitaria y luego, en el fragor de la campaña electoral, no fueron capaces de ajustarlas de manera realista. Un grave error en estadistas burgueses, como ellos, para los que la máxima virtud es el pragmatismo, o sea, que toda gestión se justifica o no se justifica por sus resultados.

Ahora es, sin embargo, cuando emergen, con todo vigor, las propiedades carismáticas del soberanismo. CiU ya ha dicho que continúa con su plan de referéndum. ¿Contra Europa? Aparentemente, sí; a la corta. No en sus planes a largo plazo. Lo único que está haciendo Mas es subir las apuestas en el juego de redefinir el encaje constitucional de Cataluña en España. Esto debe de saberlo ERC, a los que uno no se imagina como unos pasmados; de ahí, las reticencias que han manifestado a entrar en un gobierno de coalición. Pero el soberanismo está jugando con habilidad sus cartas. Insistiendo en que CiU y ERC podrán ir juntos a un referéndum, para el que tienen apoyos suficientes, si y sólo si los independentistas se corresponsabilizan de los recortes, desvían la atención de la cuestión fundamental, que no es otra que ¿qué piensa hacer CiU cuando haya ganado el referéndum? Con un plebiscito favorable a la constitución de Cataluña como estado soberano en la UE, Mas podrá volver a Madrid, o mejor, esperar que Rajoy vaya a Barcelona, a renegociar el encaje de Cataluña; ahora, desde una posición de fuerza. Así las cosas, y con un tal pronunciamiento de la ciudadanía catalana, ¿cómo podrá Bruselas apoyar que Madrid no negocie para llegar a un acuerdo? La pelota habrá pasado a estar en el alero de España, que tendrá que esforzarse en buscar una solución que no deje a varios millones de europeos fuera de la Europa política por lo que a los demás europeos, aburridos ya del culebrón, terminará por parecer un quítame allá esas pajas, vaya, un asunto puramente doméstico.

Tan sólo una cosa cambia con respecto al plan de hace unas semanas. Si Mas, con mayoría absoluta, habría podido continuar parsimoniosamente con sus retallades a cuenta del entusiasmo nacionalista, ahora es evidente que no podrá hacerlo. Ahora, el incentivo es a pisar el acelerador, dejar los recortes para más adelante y poner la preparación del referéndum en primer plano de su acción política, a sabiendas de que esa táctica atraerá a ERC como la miel a las moscas. CiU subirá los impuestos de sucesiones y patrimonio; quizá, puede incluso que ensaye un aumento de la progresividad del IRPF en su tramo autonómico, para lo cual necesitará poner en marcha una agencia tributaria catalana, etcétera, etcétera. Es decir, tiene que dejar el equilibrio de las cuentas a un lado y ponerse a construir un verdadero estado, desafiando inevitablemente al gobierno español en muchas cuestiones de detalle. Pero incluso esa mayor agresividad ahora le valdrá el aplauso unánime de la clac nacionalista. El único riesgo proviene de olvidar la máxima de que las prisas son malas consejeras. Una actuación agresiva de construcción estatal, guiada por motivaciones populistas y contra la más áspera resistencia del estado «realmente existente», puede acabar hundiendo a Cataluña en un verdadero caos.