viernes, 23 de noviembre de 2012

Profundos desacuerdos sobre el presupuesto comunitario


Mientras la cumbre comunitaria deja pasar las horas en debates sin acuerdo sobre el presupuesto de la UE, podemos ver al proyecto europeísta en sus horas más bajas desde 1984. Entonces, la resistencia de Thatcher a entrar en el carril diseñado para todos por Mitterand y Kohl se saldó, brillantemente, con una cesión de pequeña monta (el «cheque británico») a cambio del proyecto de crear un doble marco de actuación; uno, que englobara al Reino Unido (el «mercado único europeo») y otro que lo excluyera (la moneda común). A esa visión – podríamos decir - «a lo grande» de Europa siguieron casi dos décadas de crecimiento sostenido y sólo maleado por la burbuja final.

Lo que vemos hoy es casi el negativo de entonces. La crisis institucional ha venido servida por la estúpida confianza puesta por políticos mediocres en un Tratado insustancial, el de Lisboa. Como era de esperar, el entramado institucional se está demostrando incapaz de afrontar la crisis económica y financiera, como el existente hasta 1984 se demostró incapaz de afrontar con éxito la segunda crisis del petróleo y su secuela, la crisis de altos tipos de interés y de la deuda externa de los países en desarrollo. Todo eso es historia. Pero hoy, en lugar de un solo país, que se negaba a seguir el curso de todos sin querer abandonar el club, lo que tenemos es a un solo país con visión clara de Europa, nos guste o no nos guste, Alemania, al que los demás se resisten crecientemente a seguir por los costes que impone. Y no es que los demás sean capaces de formar un frente común, que sería invencible, sino que unos ven costes en la disciplina financiera que se les obliga a seguir mientras otros los ven en la insuficiencia de esa disciplina. Hay dos grupos bien delimitados, la Europa del Norte (Austria, Finlandia y Holanda, principalmente) y la Europa del Sur (España, Grecia, Italia y Portugal), con Alemania jugando el papel de árbitro entre los dos. Como la Europa del Norte no es más que un pequeño conjunto de países pequeños, que desempeñan el papel de «poli malo» que permite a Alemania jugar, aunque cada de vez de forma menos creíble, el papel de «poli bueno», el progresivo acercamiento de Francia al bloque del Sur situará a Alemania en un dilema: bien enfrentarse a Francia para defender su visión de Europa (la alemana), bien a refundar esa visión sobre bases comunes con Francia, como hace tres décadas hicieron Kohl y Mitterrand.

Uno sería optimista del género tonto (pensando: «Oh, sí; seguro que Francia y Alemania encuentran el camino, como siempre lo han hecho») si no fuera porque Hollande es una incógnita, Merkel parece tener sus días contados, en vez de una política dura pero realista como Thatcher está un superficial como Cameron, y en vez de González tenemos a Rajoy, por ejemplo. El único punto de genuino optimismo podría encontrarse en el hecho de que, en 1984, cuando el acuerdo de Fontainebleau, Mitterrand y Kohl llevaban poco tiempo en sus cargos (3 y 2 años, respectivamente). Pero eso mismo parecería indicar que deberíamos esperar a que Merkel sea sustituida el año que viene, y a partir de ahí todavía dos años más de crisis institucional, como poco. Siendo, así pues, optimistas pero no tontos, podríamos pensar en un posible acuerdo, que comportara una nueva visión de Europa y cerrara la crisis institucional, no digo nada de la financiera, hacia 2015.

Lo que me gustaría es saber qué va a aportar España a esa nueva visión de Europa. Tras nuestro ingreso en la CEE, en 1985, González replanteó el papel de la cohesión económica y social en la creación del mercado único europeo, lo que no fue poca cosa y nos facilitó recibir en el periodo 1989-2006 más de 200.000 millones de euros en concepto de fondos europeos, tres veces más que el siguiente país más favorecido (Italia) en la historia de las Comunidades Europeas. Ahora ya no se trata de lo mismo, porque vamos a un mundo sin subvenciones, o al menos con muchas menos. Pero Rajoy está hoy en Bruselas pidiendo dinero, como si las cosas no hubieran cambiado en un cuarto de siglo. Si España no está a la altura de Europa, lo que nos espera, incluso después de cerrarse la crisis institucional, será decadencia como país y un aumento a largo plazo de las tensiones sociales.